Diplomacia, para que la guerra de la IA pase de moda
“Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos”. Lo dijo ante todo el Cuerpo Diplomático reunido en la Santa Sede el Papa Leon XIV en enero de este año.
La guerra es guerra. La injusticia es injusticia. La discriminación es discriminación. La inteligencia artificial para la guerra no es ni inteligencia ni es artificial. Porque dispara una carrera por la destrucción mutuamente asegurada del competidor, en lugar de buscar puentes de encuentro y caminos de confluencia para construir un camino rumbo al desarrollo humano integral.
En la residente audiencia que nos concedió a los miembros de la Comisión Vaticana dedicada a la inteligencia artificial, el Papa se pronunció por la importancia de crear agencias globales capaces de negociar reglas claras para el avance de esta tecnología, estableciendo estándares, salvaguardas, límites comunes e instancias de monitoreos cruzados que siembren confianza en lugar de disparar tambores de conflicto.
Multilateralismo, negociación, realismo político sano, no son malas palabras, sino que son las herramientas que la humanidad fue capaz de activar cada vez que estuvo al borde del abismo. Y hoy estamos al borde de ese abismo, cuando se suceden de modo híbrido múltiples ataques que involucran a la ciber-seguridad de instituciones críticas y a la bioseguridad que puede terminar afectando la salud de la humanidad.
San Juan XXIII lo hizo con una diplomacia silenciosa en la crisis de los misiles de 1961, y paró una guerra nuclear, tendiendo puentes de diálogo entre John Kennedy y Nikita Kruschev, cuando ni siquiera el Vaticano tenía relaciones diplomáticas formales con Estados Unidos y la Unión Soviética.
San Paulo VI lo gritó con fuerza ante la Asamblea de la ONU en 1965: «¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!» y llamó a crear un Fondo Mundial de alimentos para los más pobres con los recursos que se gastaban en armamento.
San Juan Pablo II lo reafirmó jugándose por entero para que pudiera dar fruto un tratado de limitación nuclear entre las grandes potencias, y también evitando una guerra fraticida entre Chile y la Argentina.
El gran Papa Francisco lo repitió con claridad para respaldar desde Laudato Si una agenda climática que se coronó con el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y llamó a establecer principios comunes, fácilmente monitoreables y con sanciones e incentivos apropiados, tanto para la huella ecológica de un consumismo exacerbado como para la huella tecnológica de la IA.
El 9 de enero de este año, frente al cuerpo diplomático reunido en la Santa Sede, el Papa León XIV fue contundente: “La debilidad del multilateralismo es motivo de especial preocupación a nivel internacional. La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende”.
En Magnífica Humanitas resalta el valor de la diplomacia y de la negociación, y se pronuncia más allá de las teorías del “todo o nada” que buscan imponer políticas de dominio. Repasemos sus definiciones clarísimas:
Construir puentes de confianza: “Se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad, mientras que, en realidad, la globalización no ha generado automáticamente unidad y paz, sino que ha suscitado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas. El resultado está lejos de un auténtico multilateralismo: se presenta más bien como un multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro”.
La paz más allá de la ingenuidad. ”Lo que es verdaderamente irresponsable es la Realpolitik, esta forma de “realismo” político, que siembra en las conciencias y en la cultura la resignación ante una guerra ineludible, y califica la paz y el diálogo como posiciones utópicas o irracionales, que ignoran los riesgos en juego. Por el contrario, la paz no es una esperanza ingenua ni sólo una ausencia de guerra: es fruto, siempre posible, de la justicia y la caridad”.
Cambiar el mundo con realismo. “Necesitamos un sano realismo, que evite tanto el idealismo político como el cinismo. De hecho, existe un idealismo que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones... El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos”.
No a las múltiples grietas. El Papa formula una apelación que tiene que ver con la IA, pero que también es un mensaje claro de renovada actualidad frente a su visita a nuestros países polarizados, enfrentados en fracciones extremas y sujetos a la lógica del descarte de quien piensa distinto: “No reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles”.
Argentina tiene la gigantesca tarea por delante de escuchar y hacer cuerpo y vida estas palabras. No sólo impulsando una diplomacia global que ponga en valor a América Latina en un universo de paz y desarrollo, sino también sembrando caminos de encuentro en nuestra Patria, frente a la fatiga del insulto, la descalificación y la guerra emocional permanente, no pocas veces alimentada por el vértigo de la IA. Quien quiera oir, que oiga.