← Volver
infobae.com · hace 7 horas · Julio Bárbaro

El fin del principio

Infobae

La de Estados Unidos no fue una simple elección de medio término, fue el final y el rechazo de una política donde el egoísmo hecho crueldad imponía sus normas al resto de la humanidad.

Fue uno de los momentos más abyectos de nuestro Occidente, hasta el punto de generarnos cierta vergüenza por nuestra pertenencia a esa parte del mundo. Estados Unidos quiso romper con Europa y humillar a los débiles de su sector; Putin, ese agresor nefasto que intentaba humillar la dignidad de Ucrania, se convertía en aliado y las víctimas, en enemigos; Israel, cuya política había sido digna expresión de lo mejor de la humanidad, giraba en torno a un personaje repudiado que provocó una ola antisemita inimaginable hasta ahora en el mundo libre. Fue una elección trascendente, en la que el absoluto triunfo de la diversidad aplastó para siempre la mediocridad selectiva de los codiciosos, de los financistas, de los banqueros. En otro tiempo, no muy lejano, un personaje tan mediocre y oscuro, tan nefasto, con su ambición a flor de piel, se había instalado como uno de los jefes del mundo, y la injusticia se imponía con la soberbia de los perversos. El uso del poder económico y militar para aplastar a los adversarios convertidos en pueblos, convertidos en enemigos, nos traía el atroz recuerdo de aquel Vietnam donde la dignidad impuso a los norteamericanos una derrota que, según parece, algunos no terminaron de aprender.

Por otra parte, el oscuro y mediocre personaje de Bolsonaro expresaba el lógico cansancio de un pueblo ante una política que iba por su cuarto gobierno. Su derrota y su patética huida desnudan que esa frivolidad extrema se abraza fácilmente con el presidente que nos gobierna y con el turbio personaje de “Toto” Caputo, que ni siquiera llegaron a ser la expresión de un imperio triunfante. Lo son tan solo de los restos de una agonía autoritaria. Bolsonaro desapareció de Brasil para siempre como les va a pasar, sin duda, a algunos de los que hoy denuestan a la democracia en tanto sistema político.

Nos alegra recorrer la colección de las diversas figuras que se impusieron en nueve de los diez distritos más importantes de Estados Unidos y observar que en cada uno de ellos se manifiesta la expresión de esas debilidades o historias humanas que el trumpismo, Netanyahu y el mileísmo, en su desesperación, creían estar a punto de erradicar para siempre. La riqueza de la diversidad humana ha triunfado en una simple elección intermedia, ha impuesto su vigencia como pocas veces se había logrado.

Y así es la historia, capaz de convertir un hecho secundario en esencial. La demencia de la “Era Trump”, con el triunfo de los poderosos sobre las clases populares, de la codicia sobre la solidaridad, de la discriminación y la destrucción, solo unas horas más tarde, termina estallando en Paraguay como expresión de la miseria de los banqueros que se imponen sobre los productivos, de los financistas, que imperan a costa del esfuerzo de los trabajadores. Allí se advierte lo peor de la codicia: un presidente que había manejado un banco en el que estaba asociado y en el que tres millones de ciudadanos de bajos recursos tenían guardado el escaso dinero que percibían por sus doce horas de trabajo diarias. Extremos de la ruindad humana, ya que no solo explotan sus esfuerzos, además, saquean sus ahorros, en un fraude financiero cometido por la máxima autoridad de Paraguay, Santiago Peña, quien fue elegido democráticamente. Ejemplos sobran y los argentinos recordamos perfectamente esa consecuencia de las políticas neoliberales con Cavallo y su corralito, y la brutal represión de De la Rúa y su Estado de sitio en diciembre de 2001.

Llama la atención cómo algunas empresas, por ejemplo, las de los teléfonos celulares y tantas otras, ganan fortunas incalculables mientras se niegan a distribuir la más mínima riqueza entre aquellos que con sus desvelos las sostienen, es decir que las ganancias de los ricos no se transforman jamás en renta para los trabajadores.

Nuestra dependencia intelectual y cultural permite que nuestros choferes, trabajadores de la calle, sean explotados por aplicaciones de casi nula tecnología ni seguridad para el pasajero, sean parasitados en sus sacrificios y sus ganancias sean trasladadas en dólares, sin pasar siquiera por la obligación de construir tecnologías propias para impedir que esas ganancias impliquen una nueva forma de dependencia tanto económica como cultural. Que las aplicaciones de viajes prevalezcan sobre los taxis, sin que el poder político se ocupe de mencionarlo, muestra a las claras la mezquindad y la irresponsabilidad de nuestra dirigencia.

Algunos oficialistas, todos económicamente poderosos —salvo algún distraído, quizás— sueñan con la inexistencia de un opositor y olvidan que esa carencia significa la peor de las ruinas porque los gobiernos mediocres y extraviados suelen disolverse solos.

La estabilidad de la economía no alcanza para convertirla en un proyecto colectivo destinado a 50 millones de habitantes, y la mediocridad de los que hablan del riesgo Kuka es de sobra patética e insuficiente frente a la urgencia de una unidad nacional, de patriotismo y de diálogo, virtudes que dañarían a financistas y estafadores; son las únicas que les devolverán la dignidad y el poder a los esforzados y a los necesitados, es decir, a los más vulnerables.

Y finalmente, mientras se llevan a cabo estas miserias de los codiciosos, nos visita el Santo Padre León XIV como remedo de una visita que los sectores enriquecidos trataron de impedir a Francisco, quien solía decir: “Si no soy un factor de unidad, no voy a viajar a mi patria”.

Hoy los enemigos, aquellos que se dedican a sus negocios financieros, hacen un indigno silencio. El mismo que guardó José Alfredo Martínez de Hoz, más tarde, Domingo Felipe Cavallo y luego, Luis “Toto” Caputo, durante el gobierno de Macri. Esta es la cuarta vez que se da una concentración de riqueza tan extrema con un riesgo país que tarde o temprano nos llevará al estallido.

Por qué la IA acelera tu trabajo pero no tu empresa