Los dos pre papas que visitaron la Argentina
Como bien se sabe, Juan Pablo II fue el primer Papa que visitó la Argentina, pero antes lo hicieron dos sacerdotes que luego fueron papas: en 1824, el cardenal Juan María Mastai, quien más tarde se convertiría en el papa Pío IX, y en 1934, el cardenal Eugenio Pacelli, quien en 1939 fue instituido como Santo Padre con el nombre de Pío XII.
Mastai dejó testimonio en un diario de viaje de su experiencia en la Argentina y Chile, incluyendo un cruce en burro de la Cordillera de los Andes, cuyos senderos de cornisa y precipicios, lo aterrorizaron. Mejor descibir su impresión con palabras propias: “En cuatro sitios me dispuse para bien morir; los cuales atravesé con los ojos cerrados, dejándome guiar por la mula que montaba y recitando jaculatorias”.
El joven y refinado sacerdote, entonces de 31 años, formó parte de una misión diplomática de la Santa Sede, que en territorio argentino pasó por las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Mendoza. En su estadía en Buenos Aires, la delegación de El Vaticano recibió al general José de San Martín, quien estaba próximo a exiliarse en Europa.
Ciento diez años más tarde, en ocasión de celebrarse el XXXII Congreso Eucarístico Internacional, entre el 9 y el 14 de octubre de 1934, Buenos Aires fue escenario de las mayores concentraciones de las que se tenía memoria en el país. Familias enteras llegadas de todas partes, miles y miles de sacerdotes con sus sotanas y monjas con sus hábitos poblaron durante esos cinco días las calles de la ciudad.
El entonces papa Pio XI designó Legado Papal al Congreso Eucarístico a su secretario de Estado, el cardenal italiano Eugenio Pacelli, quien lo sucedería en 1939 para cumplir a su vez un largo papado de 29 años, hasta 1958.
Las movilizaciones de feligreses de la Capital Federal, sus inmediaciones, las provincias y aún de otros países fueron impresionantes, especialmente las que se congregaron en torno al monumento a la Constitución Nacional y a las Cuatro Regiones Argentinas, más conocido como Monumento de los Españoles, en el amplio cruce entre las avenidas del Libertador y Sarmiento. Allí fueron emplazados cuatro altares presididos por una cruz de 35 metros de altura, obra del ingeniero Jorge Mayol, que fue el símbolo del evento. En ese mismo lugar fueron oficiadas las ceremonias principales.
Testimonios de la época hablan de la presencia de más de un millón de personas para asistir a la misa oficiada por el cardenal Pacelli, coronada por un mensaje de seis minutos del papa Pío XI emitido desde el Vaticano y propalado por altavoces, en el que impartió la bendición a los presentes, invocó a la Virgen de Luján y a los mártires jesuitas del Paraguay, Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo.
Pacelli, a quien se observó en todo momento como un hombre ensimismado, no pudo evitar un módico gesto de asombro en la jornada dedicada a los niños, cuando un nutrido grupo de sacerdotes administró la primera comunión nada menos que a 107 mil niños y niñas. “Presenciar eso fue como haber estado en el Paraíso”, dicen que se le escuchó comentar.
Más profano resulta comentar que en previsión de la visita de decenas de miles de peregrinos fueron programadas múltiples actividades turísticas y comerciales. El Congreso Eucarístico fue auspiciado por numerosas empresas nacionales e internacionales y grandes tiendas comerciales. Se promocionaron visitas a La Plata, Luján, Tigre, San Carlos de Bariloche, Iguazú y Mar del Plata, con tarifas subsidiadas.
Para la ocasión se instrumentó un voucher para los visitantes, donde constaban los datos del titular, domicilio en el que se alojaba y servicios turísticos contratados. Las empresas de ferrocarril vendieron “paquetes” para viajes de media y larga distancia. Las de transporte urbano, abonos de tranvía con notables descuentos. Los colectivos, en cambio, no ofrecieron nada. Sabían que su propuesta fracasaría. Es que entonces eran tan angostos sus pasillos que ninguna mujer se hubiera atrevido a subir.
El paseo más demandado resultó el de Luján, principalmente la Basílica. Hasta allí fue Pacelli y lo recordó en 1947, ya siendo papa, cuando en un mensaje al Congreso Mariano Nacional celebrado en esa ciudad, dijo que al arribar a la sacristía de la Basílica sintió haber llegado al “fondo del alma del gran pueblo argentino”.