Bomba neutrónica
Tomemos el caso de quienes piensan que es preferible que no haya manifestaciones de protesta en las calles de la ciudad, ya que entorpecen la libre circulación de los automóviles. Y tomemos el caso de quienes adhieren a la pronta y efectiva recuperación de inmuebles para sus legítimos propietarios. Tomemos el caso de quienes deploran la venta callejera con exposición de mercancías sobre mantas, ya que ocupa media vereda y entorpece la libre circulación de los peatones, además de perjudicar a los comerciantes que alquilan locales y tributan al fisco. Tomemos el caso de quienes rechazan la presencia de vendedores ambulantes o de cuidadores de coches en la vía pública, ya que suelen provocar algo del orden de la insistencia o del acoso, si es que no de la franca intimidación. Tomemos estos casos, ya que es evidentemente a ellos a quienes apunta la campaña publicitaria del gobierno de la ciudad de Buenos Aires con consignas como “orden y respeto” y con ilustraciones alusivas de las fuerzas represivas en acción. Tomemos todos estos casos y demos provisoriamente por buenos los argumentos con que puedan respaldar su postura (asumiendo que existen tales argumentos y no se trata de meras descargas de odio como las que abundan en las redes sociales). Dejemos para otro momento la eventual discusión sobre su validez o invalidez, para poder ocuparnos ahora de otro asunto.
Las imágenes publicitarias dan a ver paisajes de avenidas y veredas despejadas, de casas custodiadas por la policía al cabo de su reciente intervención. Hay, no obstante, algo así como un fuera de campo que bien puede suscitar algunas preguntas. Por ejemplo: ¿qué pasó con lo que aquellos manifestantes reclamaban o con las circunstancias por las que protestaban? Porque no marchaban por marchar ni cortaban por cortar, estaban pidiendo algo (algo urgente, indispensable): trabajo digno, asistencia social básica, mejoras estructurales en sus condiciones de vida. Ese algo, ¿se solucionó? Las personas ya quitadas de esas casas que no eran suyas, luego de eso, ¿adónde fueron? Ahora mismo, ¿dónde están? ¿Dónde viven, dónde duermen, se cobijan? Los que vendían frutillas o paltas, o anteojos y relojes truchos, y ahora ya no venden más, ¿de qué trabajan, de qué viven, cómo se las arreglan para obtener su sustento?
No me basta (por pueril, por banal, por cínica, por cruel, por sonsa) la explicación que aportó nuestro Presidente: que no los vemos muertos en las calles. Al igual que la bomba neutrónica, que dejaba intacto el paisaje urbano pero eliminaba implacablemente a las personas, hay en todas estas medidas (incluso si se las acepta, incluso si se las justifica) algo que parece estar quedando desatendido. David Viñas observó hace años que, en las imágenes urbanas del envés de los billetes (la Casa de Gobierno en Buenos Aires, el Monumento a la Bandera en Rosario) no se veía a ninguna persona. Absolutamente a nadie. Y eso no podía sino cobrar un sentido ideológico de fondo, que había ciertamente que interrogar.