El que calla, otorga
El dedo en los labios, el extraordinario libro de Lola Pons, es una historia del silencio. Por supuesto, tratándose de obra de lengua, la celebrada filóloga andaluza aclara que “No existe historia de la ciencia sin la historia de una lengua que dé nombre a los conceptos” (pág. 215), lo que significa que el libro historiará, al mismo tiempo, los usos lingüísticos del silencio en relación con prácticas culturales, pero también en relación con paradigmas científicos, lo que excede largamente la concepción tradicional de los manuales de historia de la lengua.
Lola Pons es catedrática de la Universidad de Sevilla y tiene una larga y reconocida trayectoria como, justamente, historiadora de la lengua. Pero, además, es dueña de un dispositivo escriturario que le permite apartarse de los rigores de la monografía especializada y escribir para, como se dice, “el gran público”, que habría que entender como una masa de lectores curiosos en relación con la historia del pensamiento y de sus vías no solo de expresión sino, como se dijo, de consolidación como tal: el lenguaje.
Más allá de ese mérito precioso, ya conocido por sus libros previos, El dedo en los labios propone lecturas deslumbrantes en relación con el silencio (las formas de callarse, de acallar a los otros, o de interrumpirlo: romper el silencio).
De inmediato Lola se topa con la dimensión política del asunto. El silencio no es sencillamente una interrupción del flujo discursivo, sino una estrategia para dominar o para enfrentar al poder. Imponer el silencio no es lo mismo que desempeñarlo bajo protesta. Hay silencios administrativos, silencios situacionales, silencios organizativos, minutos de silencio y silencios tácticos.
Otra fortaleza del libro es la atención que presta a los acontecimientos (lingüísticos y culturales) a este lado del Atlántico, algo respecto de lo cual, por lo general, la filología española peca de pereza. En los diccionarios bolivianos, en las campañas promocionales argentinas y en los archivos mexicanos la autora encuentra los hilos con los que teje un tapiz que atraviesa las eras y las millas marinas, situando, dando vida a quienes sostuvieron en su tiempo el silencio o lo hicieron hablar con un sentido u otro. ¿Cuántas mujeres fueron obligadas a callar? ¿Cuántas protestas silenciosas cambiaron la historia del mundo? ¿Cuántos imperativos de complicidad se ovillan en el guardar silencio?
Copio acá uno de los más bellos hallazgos del libro, que restituye a la filología (o a la posfilología que yo digo practicar) toda la dignidad que se le ha querido quitar últimamente. Escribe Lola Pons: “Crear un mensaje divino, traducir el silencio de Dios y hacer hablar a la divinidad para fijar luego su palabra en un texto sagrado ha sido la operación filológica más arriesgada de la historia del mundo” (pág. 56)
Y tiene razón, claro. Dios no es solo una operación intelectual, porque nos habla, o porque sabemos que nos habla aunque no podamos escucharlo. La operación filológica vuelve accesible la palabra de Dios: la arranca del silencio.
De ahí en más, todas las vías se cruzan con la historia de las naciones, de los imperios y de las lenguas (sí, porque Lola se obliga a pensar también en lo que nos viene de otras comunidades lingüísticas, como el caso del minuto de silencio, que nace en inglés).
Al promediar el libro una se pregunta cómo es posible la prestidigitación prodigiosa que Lola realiza. El secreto queda revelado en la página 208: “Miro dentro del verbo meditar”, dice el libro.
El verbo, los nombres, las palabras tienen, en la perspectiva de Lola, un interior y allí se guarda no sólo su propia historia sino las circunstancias que la hicieron posible y el vínculo con otras palabras, de la misma lengua o de otra. La palabra no es una superficie sino un depósito de tiempos y de espacios.
Wittgenstein (a quien Lola convoca, en un gesto también importantísimo) postuló que el lenguaje es una caja de herramientas. Lola encuentra insuficiente esa analogía. Claro que reconoce la capacidad de las palabras para hacer cosas, pero además encuentra que esas cosas pueden hacerse porque dentro de la palabra está la memoria de esa potencia, y hay que abrir bien las palabras para poder desplegar esas variables espaciotemporales.
La interpretación corriente del aforismo de Wittgenstein (“Sobre aquello sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse”) le parece a Lola también insuficiente. A lo mejor no se trata de que no se puede hablar de asuntos éticos o religiosos, que escapan a la capacidad de decir del lenguaje, sino que hay una interdicción presente. Desde ese punto de vista, la lectura de Wittgenstein cambia radicalmente. Como cambia, también, la percepción de nuestros propios dichos: “¿Hablo yo o pasa un carro?”.