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clarin.com · hace 6 horas · Clarin.com - Home

1926: el año de la literatura argentina (segunda parte)

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En 1926 el mundo está viviendo un montaje de experiencias superpuestas, dando inicio a la velocidad fragmentaria del tiempo. En su libro sobre aquel año, el historiador H. U. Gumbrecht se pregunta cómo era estar vivos en aquella época.

Los 20 son los años en que se instituye una experiencia fragmentaria del tiempo. Comienza a instalarse la sensación de una aceleración de las cosas. Se empiezan a ver con más frecuencia los automóviles y los aviones. Y cada vez hay más máquinas en las fábricas.

La modernidad no es solo una transformación técnica sino que viene acompañada de cambios en la perceptiva: cambia la comprensión histórica.

Se comienzan a presentar los deportes como espectáculo. La fotografía está en su apogeo. Y el cine, que todavía es mudo, comienza a popularizar las salas de películas como lugares de encuentro.

En 1926 la radio es la gran novedad: porque propone una simultaneidad auditiva entre territorios distantes. El mundo comienza a experimentarse como imagen y transmisión.

Europa todavía sigue marcada por la guerra, el trauma y la desorientación. La pérdida del sentido convive con una explosión del sentido en todas partes, lo que está alimentando la imaginación de artistas y escritores. Las ciudades mismas se imponen como laboratorios de experiencias abiertas a posibilidades. 1926 es el año en que por primera vez se asiste a la explosión de una experiencia expandida, saturada de estímulos difíciles de procesar. El tiempo deja de avanzar linealmente sino que se espesa.

No tan lejos de todo ello, en la Argentina, la literatura comienza a ser un sistema de publicación: los escritores empiezan a publicar libros como una forma de procesar la serie de transformaciones que todo esto produce sobre la subjetividad.

En el mismo año aparecen Días como flechas, de Leopoldo Marechal, con sus metáforas expansivas y sus imágenes de vanguardia; El violín del diablo, de Raúl González Tuñón, que encuentra en los puertos, los bares y los personajes marginales de la ciudad una nueva materia poética; Los días y las noches, de Norah Lange, donde la intimidad se abre a los ritmos y los paisajes de la modernidad urbana; La musa de la mala pata, de Nicolás Olivari, que incorpora lo grotesco, lo sórdido y la ironía a una poesía que desconfía de toda solemnidad; y El vaso intacto y otros cuentos, de Salvadora Medina Onrubia, que suma una voz de mujer fuerte a la narrativa de una época de transformaciones.

En el mismo año Alfonsina Storni publica Poemas de amor, donde la experiencia amorosa se convierte en una escritura de la intimidad y el deseo: “¡Amo! ¡Amo!... Quiero correr sobre la tierra y de una sola carrera dar vuelta alrededor de ella y volver al punto de partida. No estoy loca, pero lo parezco. Mi locura es divina y contagia. Apártate.”

1926 no inaugura la literatura argentina, pero cambia su escala de conversación. Libros distintos procesan una experiencia común y comienzan a responderse entre sí. La literatura comienza a reconocerse como sistema.

Juan Mendoza

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