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clarin.com · hace 4 horas · Clarin.com - Home

En memoria de un polaco amante del español

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En una venta de libros usados cerca de casa, descubrí un librito estropeado, de portada azul, perteneciente al hoy extinto catálogo del Ministerio de Educación de Venezuela: Lengua y cultura de Hispanoamérica, del conocido filólogo y lingüista Ángel Rosenblat. Se trata de una conferencia dictada por el estudioso de la lengua española en la Universidad de Berlín en febrero de 1933. Pero también de un puente entre Venezuela y Argentina.

El nombre de Rosenblat me llevó de inmediato a mis tiempos en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, donde estudié su obra y donde fue, años antes, profesor.

Pero lo que me convenció de comprar aquel ejemplar semidestruido fue la dedicatoria que encontré garrapateada en la esquina superior de una de sus primeras páginas:

No sé quién pueda ser Estelita, pero se me hizo un giro fantástico del destino que ese libro impreso y autografiado en Caracas llegara a mí en Buenos Aires. Pagué gustoso los cinco mil pesos de rescate, con la impresión de haber hallado no sé si un tesoro, pero sí un fragmento de algo propio en tierras lejanas.

Quizá porque Rosenblat fue un extranjero en todas partes. O tal vez en ninguna. Nacido en 1902 de una familia judía de Wegrow, Polonia, llegó a los seis años a Argentina, donde se formó en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. Fue discípulo de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña, grandes referentes de la cultura letrada latinoamericana, y participó en la preparación de lo que luego fue la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana (1930-1946). Al momento de aparición de esta famosa colección de estudios lingüísticos, sin embargo, Rosenblat estudiaba en la Universidad de Berlín y, años más tarde, integraba el Centro de Estudios Históricos Ramón Menéndez Pidal, en la Madrid previa a la Guerra Civil Española.

La llegada de Rosenblat a Venezuela desde Argentina se produjo en 1946, por invitación del ensayista merideño Mariano Picón Salas, con quien fundó en 1947 el Instituto de Filología Andrés Bello de la Universidad Central. Allí también fue profesor de la Escuela de Letras, donde tuvo como alumna a la escritora María Fernanda Palacios, de quien tuve yo a la vez el honor de ser alumno, y también produjo el grueso de su obra filológica y lingüística, dedicada al español de América en sus numerosas variantes. En 1950 se nacionalizó venezolano y vivió el resto de sus días en Caracas, donde conoció a su esposa Carmen Elena Mendoza, con quien tuvo tres hijos. Falleció en septiembre de 1984, casi dos años después de mi nacimiento.

Me gusta pensar que la obra de Rosenblat conecta de algún modo mis dos mundos. Que su defensa de la unidad del español, en contra de la sospecha de que se trata de una lengua en disgregación, es un gesto de amor por la lengua que no conoce fronteras. Pues, como dice el propio Rosenblat en sus memorias, “Los viajes sabe uno cuándo empiezan, nunca cuándo terminan y dónde”.

Doce años en el sur

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