¿Amor o dinero? el dilema de Manon
Casi todos los bailarines profesionales, ellos y ellas, tienen a Manon entre sus obras favoritas. No solo es una pieza desafiante en lo técnico, que suma interés para un intérprete, sino que además exige al máximo la capacidad actoral para dar forma a un puñado de personajes poco perfectos, poco edificantes, demasiado humanos.
Tomando como punto de partida la novela Manon Lescaut, escrita en 1731, por el abate Prévost, el coreógrafo Kenneth MacMillan compuso en 1974 y para el Royal Ballet una lectura de aquel libro corriendo el foco y alumbrando a la chica: no es la historia de amor de Des Grieux sobre Manon, sino la lucha de Manon por lograr amor y una vida maravillosa, cuando no siempre esos dos términos se entienden bien.
Porque Manon es una adolescente pobre, provinciana y preciosa, que se da cuenta de lo que esa belleza genera en los hombres (y de las puertas que abre, de los lujos que permite, de las posibilidades a las que accede). ¿Debe apostar al amor genuino o a una vida confortable? Ese es el dilema.
"Manon generó una gran conmoción en la audiencia del Royal Ballet en 1974. La crudeza del argumento que se bailaba, el realismo con que se presentaban las miserias humanas y la complejidad psicológica y amoral de sus personajes, especialmente de su heroína, desafiaban todas las convenciones del mundo del ballet", recuerda la historiadora uruguaya Lucía Chilibroste.
Esa conmoción se disparó en dos sentidos opuestos: la prensa criticó con dureza la obra mientras el público quedó fascinado por la audacia de la obra. "Los segundos triunfaron –retoma Chilibroste–. Y desde su estreno Manon nunca se dejó de bailar".
Esta semana, la obra volverá al Teatro Colón. Será con coreografía de Kenneth MacMillan, la música de Jules Massenet, y el protagonismo del Ballet Estable y dos étoiles del Ballet de la Ópera de París, Dorothée Gilbert, recientemente retirada, y Hugo Marchand.
En Buenos Aires, entonces, las miradas volverán sobre esa chica incapaz de decidir entre el amor y el dinero, mientras su vida se degrada cada vez un poco más ante la mirada espantada de un público segurísimo de que obraría bien si estuviera en su lugar.
Un público dispuesto a condenarla y, paulatinamente, entenderla, acompañarla y, finalmente, con el corazón apretado, llorarla porque Manon es, sobre todo, humana.
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