No será fácil despolitizar la visita papal
El cargo de papa, como se sabe, es exclusivamente masculino. Sin embargo, debido a la leyenda del siglo XIII sobre la papisa Juana -ambientada en el año 855 tras la muerte del papa León IV- el femenino de papa persevera, como ocurre también con otras palabras como vampiresa, sin necesidad de que la realidad histórica lo avale.
La utilización pública más recordada del sustantivo pontificio femenino salió de la boca de Cristina Kirchner. Fue cuando se empezó a discutir la sucesión de Benedicto XVI. “Decí que no hay papisa -afirmó risueña en un acto por cadena el 14 de febrero de 2013-, si no yo estaba disputando algún lugar”.
Circulaban por entonces versiones de que la presidenta se había inmiscuido en los asuntos romanos, pero no para llegar ella al papado sino para que no llegase Jorge Bergoglio. Las versiones daban cuenta de que desde el gobierno kirchnerista se había efectuado una operación política en el cónclave de cardenales para desprestigiar a Bergoglio mediante información difamatoria que lo presentaba como un cómplice de la última dictadura.
Es apenas un ejemplo. También una prueba de lo lábiles que pueden ser a veces las posiciones políticas radicalizadas.
Si uno mira para atrás sobran anécdotas sobre las recurrentes tensiones políticas entre gobiernos argentinos y el Vaticano -desde Rivadavia hasta Milei- debido sobre todo a problemas de delimitación entre el Estado soberano y la autoridad de la iglesia. Muchas de esas tensiones están vinculadas, pues, con el poder, algunas se refieren a interminables pulseadas ideológicas o doctrinarias y una buena cantidad se ensaña a la vez con temas precisos, como la enseñanza religiosa, el divorcio o el aborto.
Pretender que la visita de un papa no sea un hecho político además de religioso -la de León XIV será la tercera de la historia, las dos primeras fueron las de Juan Pablo II en 1982 y 1987- es una empresa tan noble y seguramente bienintencionada como utópica. ¿Se puede hablar de pobreza, exclusión, inequidad, riqueza, injusticia o de trato a los más desfavorecidos sin rozar la dimensión política de las cosas? Para lacrar la idea de que la misión pontificia es pastoral y nada más que pastoral los antecedentes tampoco ayudan.
El único papa que hasta hoy vino al país fue quien nos salvó (gracias a la habilidad diplomática del cardenal Samoré) de una guerra absurda organizada por dos dictaduras, la guerra con Chile de 1978 por tres islas que ya nadie recuerda. En su primer viaje, producido durante los últimos días de la guerra de Malvinas, Juan Pablo II dejó claro que ahí no estaba mediando ni se metió en la cuestión de la soberanía, pero desarmó en alguna medida el relato triunfalista de la dictadura. “Mi visita se coloca por encima de toda intencionalidad política”, dijo en la Basílica de Luján. Tiempo después Galtieri opinaba en privado que la presencia del papa había sido perjudicial para el país.
En su segundo viaje Juan Pablo II compartió el balcón de la Casa Rosada con el presidente Alfonsín. Le dio un espaldarazo ante el mundo a la democracia naciente. En Córdoba hizo un discurso muy duro en defensa del matrimonio indisoluble, que sin embargo no afectó los planes del gobierno radical de aprobar la ley de divorcio hoy vigente, cosa que ocurrió apenas tres meses después.
Por estas horas se repite que el Episcopado y el gobierno confluyen en el anhelo de que no se sobreinterprete en clave política cada palabra que diga León XIV en suelo argentino. Pero en términos menos específicos la pretendida despolitización choca con el carácter de jefe de Estado que también inviste el líder religioso más influyente del mundo y, sobre todo, con el escarpado, largo recorrido del vínculo y todas sus secuelas. Un vínculo que se engarza con la historia del país a niveles que pueden llegar a resultar sorprendentes.
Para demostrarlo sólo bastaría con recordar por qué motivo en 1961 Perón se casó con María Estela Martínez, quien al enviudar, en 1974, sería su sucesora en la Casa Rosada. En la España católica y conservadora, donde el general llevaba un año exiliado, el concubinato no estaba bien visto. A Perón no le preocupaba tanto la opinión de Franco, quien ya había autorizado su residencia condicionada, como la del Vaticano. Si pensaba volver alguna vez al poder en la Argentina tenía que revertir la excomunión dictada en tiempos de Pío XII en el marco de una nebulosa documental, cuando durante la segunda presidencia se peleó brutalmente con la Iglesia, hecho que tendría enorme incidencia en el bombardeo de Plaza de Mayo y en el derrocamiento.
El 13 de febrero de 1963, por fin, un obispo le llevó a Madrid una copia del decreto del Vaticano que levantaba su excomunión. Fue así que se removió un enorme obstáculo político y simbólico para un eventual regreso a la Casa Rosada.
Hace apenas veinte días el periodista Damián Nabot publicó una extraordinaria entrevista que le realizó en Roma al abrepuertas del Vaticano Giancarlo Elia Valori, medio siglo atrás operador infatigable de la logia masónica Propaganda Due, en la que éste revela que Paulo VI participó de manera personal en la restitución del cadáver de Evita (https://www.lanacion.com.ar/politica/el-ultimo-misterio-de-peron-el-encuentro-secreto-con-el-papa-en-una-iglesia-de-roma-y-la-carta-por-nid14102026/). Valori ventila una carta inédita enviada por Perón al papa con fecha 30 de octubre de 1972 en la que Perón le agradece sus “cristianos esfuerzos para la devolución de los restos de la señora María Eva Duarte de Perón”. Era algo que hasta ahora se desconocía. No sólo eso. Valori le deja entrever a Nabot, si bien no lo dice en forma taxativa, que en 1972 Perón tuvo un encuentro secreto en una iglesia romana con Paulo VI. Sólo se sabía que el papa le había denegado una audiencia previa al retorno a la Argentina tras 17 años de exilio, que por algo se organizó en un chárter que partió de Roma, no de Madrid.
En otras palabras, hasta hace veinte días se creía que Perón nunca en su vida había visto a un papa en persona. A diferencia del presidente electo Héctor Cámpora, quien en marzo de 1973 fue recibido por Paulo VI en la Biblioteca Privada del Palacio Apostólico, el mismo lugar donde un año más tarde les dio audiencia a la entonces vicepresidenta Isabel Perón y al “Brujo” José López Rega. Vaya si hay historias de gobernantes argentinos con los papas.
El primer presidente argentino recibido en el Vaticano fue Arturo Frondizi, en 1960, para quien Juan XXIII reservó una calidez por completo contraria a lo que había sucedido en el siglo anterior. Todo empezó cuando Rivadavia, quien como ministro bonaerense expropió bienes de la iglesia, destrató al enviado del papa Pío VII, monseñor Giovanni Muzi, que llegó acompañado por un joven secretario llamado Giovanni Mastai-Ferreti, más tarde el célebre papa Pío IX. Los obligó a desembarcar de noche sin honores oficiales y luego se negó a permitirle al enviado papal tareas como ordenar sacerdotes sin autorización del gobierno. La Constitución de 1826 declaraba a la religión católica como la oficial del Estado pero mantenía el control civil sobre los asuntos eclesiásticos, lo cual no fue del agrado de los caudillos provinciales que tenían un lema que no se prestaba a demasiadas discusiones: “religión o muerte”. El anticlericalismo de Rivadavia aceleró su caída.
Rosas, “restaurador” de la fe y el orden, fusionó el culto religioso con la propaganda oficial. Los sacerdotes debían usar el rojo punzó en las sotanas. Junto a las imágenes de santos y vírgenes, en las iglesias se colocaron retratos del gobernador. Pero nunca derogó la reforma eclesiástica de Rivadavia, que le servía para controlar a los curas.
Con Roca el Estado le quitó a la iglesia la tarea los nacimientos, matrimonios y defunciones. En su primera presidencia (1880-1886) impulsó una laicización tan profunda que provocó la ruptura de relaciones con el Vaticano. Monseñor Luigi Matera, el enviado de León XIII, viajó a Córdoba, bastión católico, para instar a las familias a no enviar a sus hijos a las escuelas laicas. Roca lo expulsó del país. León XIII, dicho sea de paso, es el papa a quien Robert Francis Prevost honra con su nombre pontificio.
Otro pico de tensión se produciría en 1923 cuando el presidente Alvear desafió a Roma imponiendo sin éxito a monseñor Miguel De Andrea, un cura católico social demasiado progresista para los sectores conservadores, como arzobispo de Buenos Aires. En la década del treinta el auge del nacionalismo católico dio vuelta las cosas (en 1934 se celebró el Congreso Eucarístico Internacional). No sería la última vez.
Evita fue recibida como primera dama cuando tenía 28 años por Pío XII. Sucedió en 1947, época en la cual la iglesia apoyaba, o más bien patrocinaba a Perón, quien al asumir como presidente había consagrado legalmente la enseñanza obligatoria de la religión católica en todas las escuelas. Es sabido que la iglesia lo ayudó a ganar las primeras elecciones. El laicismo de la legendaria ley 1420 (año 1884) resultó interrumpido sesenta años después por la Revolución del 43, cuya materia gris era el coronel Perón. Cuando Perón se bandea para el otro lado y se pelea a muerte con la iglesia (giro que la mayoría de los historiadores evalúa como el error mayúsculo del líder) no sólo deroga la enseñanza religiosa sino que legaliza los prostíbulos y en una veloz reforma del Código Civil incrusta un artículo que legaliza para los separados la posibilidad de volver a casarse. La sociedad se polariza mucho más de lo que estaba. En los púlpitos el gobierno es tildado de “antidiós” y apóstata. Al bombardeo de Plaza de Mayo en aviones de la Marina que llevaban el emblema “Cristo vence” le sigue la quema de las iglesias por grupos de choque peronistas. Poco después, la Revolución Libertadora repone la indisolubilidad matrimonial. Pero con el ascenso de la facción liberal laica, el gobierno militar conserva la derogación de la enseñanza religiosa dispuesta por Perón. Los sectores católicos serían recompensados con la creación legal de universidades privadas, esencialmente confesionales, lo que dio origen al largo y hondo conflicto “laica o libre”.
Los papas no se consagran a tareas pastorales cuando tratan con gobernantes y los gobernantes en general no ven a los papas -hoy capaces de movilizar multitudes sólo comparables con las del fútbol- como meros hombres de fe.
Detrás de la visita de León XIV es imposible no hallar ecos de la singularidad que nos tocó respecto del mismísimo rubro de las visitas papales: produjimos el único papa ”extranjero” (no italiano) que nunca más volvió a su tierra. Como si el papado hubiera remedado los proverbiales exilios o autoexilios de Rosas, San Martín, Rivadavia, Sarmiento, Carlos María de Alvear, Juan Bautista Alberdi, los de Borges y Cortázar y demás figuras argentinas que al igual que Bergoglio murieron lejos del país.
Cuando el cardenal polaco Karol Wojtyla fue entronizado en 1978 (a esa ceremonia no asistió ninguna autoridad gubernamental argentina; Videla ya había estado en Roma un mes antes para la inauguración del pontificado de Juan Pablo I), habían pasado 455 años de pontífices exclusivamente italianos. La designación de Juan Pablo II revolucionó el catolicismo. Primero por su origen y segundo por la calidad de su pontificado. En 2005, en sus funerales, se produciría la mayor concentración de lideres mundiales de la historia, más de 75. Pero Néstor Kirchner decidió no viajar. Lo mandó a Daniel Scioli. Kirchner sí fue a la entronización siguiente, la del alemán Joseph Ratzinger, el segundo papa no italiano de la era moderna. Entre todos los mandatarios y reyes, el presidente argentino se destacó entonces por ser el único que no realizó la genuflexión ritual ni le besó el anillo al pontífice.
Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI volvieron el primer año a sus respectivas patrias. Juan Pablo II tardó siete meses y once días en visitar Polonia desde que fue entronizado. Luego fue ocho veces más. Benedicto XVI sólo tardó tres meses y 25 días en retornar a su Alemania natal, adonde haría otras tres visitas, la última como papa emérito. Con su decisión de no volver nunca más, Bergoglio gestó una paradoja que hoy se reactualiza: para que no se politizara su visita al país, la suprimió. Lo cual dejó instalado el foco en el problema de la politización indeseable casi como si se tratara de un exclusivo rasgo argentino.
Prevost, primer papa nacido en Estados Unidos, primer papa que vota en elecciones norteamericanas, que desarrolló gran parte de su vida pastoral y misionera en Perú, el papa de las dos patrias o “yanqui-latino”, marcará un camino desconocido en este continente, un insoslayable contraste con Bergoglio. No tanto cuando llegue este domingo a la Argentina sino unos días después, cuando arribe a Chiclayo y Lambayeque, en su patria adoptiva.
© Copyright 2026 SA LA NACION | Todos los derechos reservados. Dirección Nacional del Derecho de Autor DNDA - EXPEDIENTE DNDA (renovación) RL-2023-95334553-APN-DNDA#MJ.Queda prohibida la reproducción total o parcial del presente diario.