La gestión emocional en las escuelas
Históricamente, el sistema educativo ha centrado sus esfuerzos en el desarrollo intelectual y académico, relegando en gran medida el plano emocional de los estudiantes. Sin embargo, la irrupción de problemáticas como la depresión juvenil, el bullying, la ansiedad y la descomposición del entramado social evidencia que la escuela ya no puede dejar la dimensión afectiva al azar. Aprender matemática, lengua o historia es fundamental, pero enseñar a niños y adolescentes a comprender y gestionar su universo interno es necesario para su bienestar.
Las investigaciones en neuropsicoeducación confirman que la cognición y la afectividad están profundamente entrelazadas. Estados emocionales como el miedo, la ansiedad o el estrés negativo no solo generan malestar, sino que bloquean la memoria de trabajo, la atención y la comprensión, perjudicando el desempeño escolar.
Sin embargo, cuando se le brindan al estudiante herramientas para nombrar y comprender sus emociones, disminuyen las respuestas agresivas ante los conflictos y se aprende a gestionar lo que sienten.
Tal como señalé anteriormente, la escuela no es solo un ámbito de transmisión de contenidos; es una institución donde se forman subjetividades y se construyen vínculos interpersonales. Bajo el enfoque de la pedagogía del cuidado, el aula se transforma en un territorio seguro donde la escucha y el diálogo permiten elaborar el malestar social y las secuelas afectivas, las que dejó la pandemia o las que atraviesan los niños día a día con algunas situaciones familiares. En ese proceso, el docente actúa como sostén y modelo de referencia emocional.
Incorporar la educación socioemocional responde directamente a los pilares promovidos por la UNESCO de “aprender a ser” y “aprender a convivir”. No se trata de una moda pasajera, sino de una política pública imprescindible para dotar a las nuevas generaciones de las competencias humanas que exige el siglo XXI.
Para dar respuesta institucional a este desafío, el Senado de la Nación, días pasados, dio media sanción al proyecto de ley S-1142/2026, que propone la creación del Programa Nacional de Desarrollo Socioemocional, aplicable a todos los establecimientos de educación obligatoria (estatales y privados) del país. Esta norma exige articular acciones entre la Secretaría de Educación de la Nación (autoridad de aplicación) y el Consejo Federal de Educación, es decir, cada uno de los ministerios de Educación provinciales.
El proyecto establece objetivos estratégicos, tales como fomentar competencias socioemocionales (el autoconocimiento, la autorregulación, la empatía y la resolución pacífica de conflictos); garantizar la formación docente continua en el acompañamiento socioafectivo; prevenir la violencia y el acoso escolar, promoviendo un clima institucional de respeto e inclusión, y detectar de forma temprana factores de riesgo como el ausentismo, la vulnerabilidad o la desvinculación escolar para proteger las trayectorias educativas.
Aprobar e implementar el Programa Nacional de Desarrollo Socioemocional es apostar por un sistema educativo que no solo instruya en conocimientos, sino que contenga, acompañe y prepare a nuestros chicos para habitar el mundo con resiliencia, sentido de comunidad y empatía.
No obstante, esta tarea no debe recaer de forma exclusiva sobre la institución escolar. La familia constituye el primer eslabón de aprendizaje emocional. Por ello, la construcción de un clima de corresponsabilidad educativa entre el Estado, la escuela y el hogar resulta indispensable para garantizar el bienestar de las infancias y adolescencias.
Pero para que el desarrollo socioemocional no quede en una mera declaración de intenciones, hay mucho por hacer en casa y en la escuela.
- Enseñarle a expresar sus sentimientos y pensamientos, en el lugar y momento oportuno, expresando comprensión hacia las posturas, sentimientos y demandas de los otros.
- Reforzar las capacidades. Cuando el niño se comporte de forma correcta, es adecuado dirigir un halago y enseñar a actuar mejor en caso de conductas erróneas.
Y respecto de las escuelas, en mis trabajos con docentes y directivos propongo que incluyan en sus rutinas escolares actividades, algunas ya conocidas por muchos, que ayuden a los más chicos a reconocer, comprender y gestionar las emociones:
- Caja de preocupaciones: un espacio anónimo donde los chicos pueden dejar escrito aquello que los inquieta y que sea insumo para futuras soluciones institucionales que aborden el problema.
- El árbol de valores y de decisiones: trabajos introspectivos en los que los adolescentes grafican sus principios y fortalezas en las raíces y tronco, y sus metas en las ramas, o analizan y toman conciencia del impacto de sus elecciones pasadas para mejores decisiones en el futuro.
- El diario de preocupaciones: dispositivos donde los alumnos vuelcan por escrito las inquietudes que los abruman. Esto les permite medir la magnitud del problema, evaluar qué parte depende de ellos y definir una acción concreta para abordarlo.
- Check-in Emocional y Medidor del Clima (Mood Meter): Al iniciar la clase, los más chicos identifican su estado de ánimo mediante cuadrantes que señalan el nivel de energía y el grado de bienestar, o expresan la magnitud de lo que sienten utilizando escalas numéricas de intensidad. Esta rutina ayuda a conocer y reconocer lo que sienten y amplía el vocabulario afectivo al identificar decenas de emociones.
- Pausas de atención enfocada y conciencia plena: Ejercicios breves de respiración consciente (como soplar un molinete a ritmos lentos o rápidos) que invitan a los niños a registrar sus sensaciones corporales, calmar la mente y recuperar el foco antes de iniciar una tarea.
- El semáforo emocional: estrategias visuales para gestionar la frustración o el enojo. La luz roja indica parar, la amarilla pensar y respirar, y la verde actuar de forma constructiva. Del mismo modo, la técnica de la tortuga enseña a replegarse momentáneamente para calmarse y buscar una solución antes de reaccionar con impulsividad.
- Comunicación no violenta (cuento del lobo y la jirafa): dinámicas que contraponen el “lenguaje del lobo” (agresivo, culpabilizador o crítico) con el “lenguaje de la jirafa” (honesto, claro y enfocado en manifestar hechos, emociones y necesidades sin agredir).
Para concluir, la educación socioemocional no puede depender de la voluntad, la sensibilidad o la iniciativa individual de algunos docentes. Debe convertirse en una política de Estado, con presupuesto, capacitación continua y compromiso institucional.
Una escuela que enseña a pensar, pero no enseña a reconocer lo que sienten, deja incompleta su tarea. Educar también es enseñar a vivir con otros, a tramitar el dolor, a tolerar la frustración y a construir vínculos saludables. No podemos seguir esperando que nuestros chicos aprendan solos aquello que los adultos todavía tenemos pendiente enseñar... y aprender.