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infobae.com · hace 10 horas · Andrés Mijes

Ganarle sentido a la vida

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Los mexicanos tenemos una costumbre extraordinaria: cada Día de Muertos encontramos tiempo para quienes ya no están. Les llevamos flores, preparamos su comida favorita, ponemos sus canciones y hasta les servimos un tequila, como si por unas horas pudiéramos volver a compartir la mesa.

Y cada año, entre el cempasúchil y el pan de muerto, me hago una pregunta: ¿por qué a veces nos cuesta tanto encontrar tiempo para disfrutar a quienes todavía tenemos cerca? Es una reflexión especialmente interesante para nosotros, los norteños.

Porque si algo sabemos hacer en Nuevo León es trabajar. Madrugamos, emprendemos, producimos y nos esforzamos por salir adelante. Nos sentimos orgullosos de nuestra cultura de la tenacidad, y con razón. Esa cultura construyó nuestras fábricas, universidades y buena parte de la grandeza de nuestro estado.

Sin embargo, vale la pena recordar que el esfuerzo tiene un propósito que va mucho más allá del trabajo: construir una vida digna y saber disfrutarla. Disfrutar una tarde con nuestros padres, aunque nos cuenten por vigésima vez la misma historia. Llevar a los hijos a un parque. Leer un libro, bailar con nuestra pareja o compartir una carne asada hasta que aparezcan las estrellas.

Son esos momentos los que terminan convirtiéndose en nuestros recuerdos más valiosos. Yo crecí en una familia humilde. Mi mamá, mi Goyita, era puestera de mercado. Mi padre era chofer de camión de carga. En casa aprendí que el dinero cuesta ganarlo, que el esfuerzo dignifica y que nadie sale adelante sin disciplina.

No obstante, con los años también comprendí que el fruto más hermoso del trabajo no es solamente tener más cosas. Es vivir mejor, tener tranquilidad y compartir las alegrías sencillas que hacen que cada jornada de esfuerzo valga la pena. Porque ganarse la vida es indispensable. Pero disfrutarla es lo que le da sentido.

Y esa reflexión también debe formar parte de nuestra manera de entender el progreso. Nos gusta hablar de inversiones, productividad, empleos y grandes proyectos. Son asuntos fundamentales a los que he dedicado buena parte de mi vida pública, pero también debemos preguntarnos: ¿cuánto tiempo les queda a las familias para disfrutar de todo ese progreso?

Pensemos en una madre que, después de trabajar, todavía pasa horas en el tráfico. En un padre que llega cuando sus hijos ya duermen. En los abuelos que esperan una visita que siempre dejamos para el próximo domingo. Porque una ciudad verdaderamente próspera no es solamente la que tiene grandes fábricas o edificios modernos. Es también aquella donde las familias tienen tiempo para convivir, donde existen parques, bibliotecas, teatros, música y espacios públicos que nos invitan a encontrarnos.

Por eso creo tanto en la cultura, en los festivales, en recuperar nuestras plazas y fortalecer el tejido social. No son adornos del desarrollo. Son parte esencial de una vida plena. Y esa es también una enseñanza del Capitalismo Social norteño: producir con disciplina, crecer con responsabilidad y compartir los frutos del esfuerzo. No solamente para tener más, sino para vivir mejor.

El Día de Muertos nos recuerda todo esto de una manera particularmente hermosa. Porque cuando pensamos en quienes ya partieron, rara vez recordamos cuánto dinero ganaban o qué automóvil conducían. Recordamos sus abrazos. Las comidas familiares. Sus bromas. Las canciones que les gustaban. Aquella tarde que parecía no tener nada de especial y que hoy daríamos cualquier cosa por repetir.

Al final, muchos de los recuerdos más importantes de nuestra vida nacen precisamente cuando dejamos de mirar el reloj. Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de nuestra cultura mexicana: sabemos celebrar la vida incluso cuando recordamos la muerte.

Así que sigamos trabajando con la tenacidad que nos distingue. Construyamos un Nuevo León más próspero, más equitativo y humano. Pero no olvidemos disfrutar lo que vamos construyendo. No dejemos para mañana la conversación con nuestros padres, el paseo con nuestros hijos o la visita a ese amigo al que siempre prometemos ver.

Porque hay algo que ni todo el dinero ni toda la tecnología del mundo pueden devolvernos: el tiempo que dejamos pasar. Nuestros padres nos enseñaron a ganarnos la vida. La mejor manera de honrar su esfuerzo es aprender a darle significado, a ganarle sentido a la vida. Y estos días de reflexión, además de llevar flores a quienes se fueron, llevemos un abrazo a quienes todavía están y trabajemos para que más familias puedan tener las condiciones de espacio y recreación para hacerlo. Que para eso no hace falta esperar ninguna fecha.

*Andrés Mijes es presidente municipal de General Escobedo, Nuevo León, y maestro en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

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