El error de creer que la macroeconomía está ordenada y solo falta arreglar la micro
Se puso de moda afirmar que el Gobierno logró regularizar las cuentas públicas y ahora falta ocuparse de la microeconomía. La frase se repite entre economistas, empresarios, políticos y medios de comunicación, y hablan de la macro y la micro como si fueran dos compartimentos estancos. Uno estaría en orden, mientras que el otro todavía tendría problemas que resolver.
Cuando cursé la carrera de economía en la UCA, en los años 70, teníamos las materias microeconomía y macroeconomía, así que no me sorprende que se hable de la macro en orden y que falte ordenar la micro. Pero este razonamiento tiene un inconveniente: parte de una visión equivocada de cómo funciona la economía. No existe macroeconomía y microeconomía. Solo existe la economía.
Ludwig von Mises, uno de los principales exponentes de la Escuela Austríaca, fue particularmente crítico de esa división. En “La acción humana” desarrolló el principio del individualismo metodológico, según el cual los fenómenos económicos se explican a partir de las acciones de los individuos. Posteriormente, en “The Ultimate Foundation of Economic Science”, publicado en 1962, cuestionó explícitamente la pretensión de reemplazar el análisis de las decisiones individuales por un enfoque basado en grandes agregados.
Es el principio según el cual todos los fenómenos económicos y sociales deben explicarse a partir de las acciones de los individuos, porque solo las personas actúan, eligen, valoran y toman decisiones.
Mises sostenía que quienes creían haber sustituido el enfoque individualista por uno macroeconómico se engañaban a sí mismos. El argumento permite comprender que no existe tal cosa como que la macro está en orden y ahora hay que ordenar la micro.
No hay una macroeconomía que funcione independientemente de lo que sucede con las empresas, los consumidores, los trabajadores y los inversores. Los agregados macroeconómicos son el resultado de millones de decisiones individuales.
Por ejemplo, un país puede tener equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, una estructura tributaria que desaliente la inversión y regulaciones en el mercado de cambios que distorsionen los precios relativos y un sistema financiero con fuertes intervenciones del BCRA que impiden que el crédito llegue a las personas y a las empresas a tasas pagables.
Además, el equilibrio fiscal no necesariamente garantiza una correcta asignación de recursos. Puede alcanzarse con un nivel de gasto público elevado, financiado mediante impuestos que afectan la rentabilidad de las inversiones y reducen la capacidad de ahorro del sector privado.
Ejemplo, el impuesto al cheque, los derechos de exportación o el impuesto progresivo a las ganancias que castiga a los más eficientes.
Cuando se pide que el Gobierno atienda la microeconomía, se mencionan los elevados impuestos, los costos laborales no salariales, la litigiosidad o las dificultades para acceder al crédito. Esos temas no son del campo de la microeconomía, corresponden al campo de la economía o, para ponerlo más claramente, corresponden al campo de las reglas de juego que imperan en la economía.
Si se reclama una reforma fiscal es un tema de política económica. Lo mismo que si se reclama una reforma laboral, el tema cambiario o las altas tasas de interés que rigen para consumo e inversión. No son temas puntuales, son desequilibrios económicos producidos por la intervención del Estado vía encajes bancarios y bonos que vende el Tesoro para el caso de la tasa de interés.
Para crecer en forma sostenida se necesita ahorro para financiar la inversión y el ahorro necesita de seguridad jurídica, es decir, respeto por los contratos, estabilidad de las reglas de juego y libertad para que los empresarios descubran oportunidades de negocios, y también se necesita libertad económica para que los precios relativos transmitan información correcta sobre la escasez de los recursos y las preferencias de los consumidores, es decir, dónde hay una demanda insatisfecha para invertir.
Una economía puede mostrar una inflación en descenso, pero simultáneamente, mantener distorsiones que dificulten el proceso de formación de capital por distorsiones cambiarias y monetarias. Nadie invierte porque el Gobierno anuncie que la macroeconomía está ordenada o porque le prometan que en el futuro vamos a ser una potencia económica. Invierte cuando considera que existen oportunidades de obtener una rentabilidad que justifique el riesgo asumido.
Cuando se ven los datos de inversión/PBI, se observa que estamos en uno de los momentos más bajos de la serie histórica. Es decir, la economía no puede crecer sin inversiones.
El punto a tener en cuenta es que hoy vemos que cierran empresas y no sabemos si cierran por ineficientes o si cierran porque las intervenciones del Gobierno en el mercado de cambios sobrevalúan artificialmente el peso subsidiando las importaciones.
Se argumenta que al haber superávit comercial el tipo de cambio es de equilibrio. Falso, el tipo de cambio de equilibrio no lo determina el superávit comercial o la cuenta corriente del balance de pagos. El tipo de cambio de equilibrio lo determinan la libre oferta y demanda en el mercado de cambios.
En síntesis, mi punto es que la macro no está en orden, y que ahora hay que solucionar la micro. El tema es que la economía aún tiene distorsiones importantes en materia cambiaria, monetaria y tributaria y eso hace inviable que las empresas puedan competir.
Cuando se eliminen esas distorsiones, entonces podremos hablar de problemas en las empresas para sobrevivir a la competencia abasteciendo a los consumidores de acuerdo a las necesidades que envíe el mercado vía precios relativos no distorsionados.