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infobae.com · hace 6 horas · Daniel Monastersky

El día que te roben la memoria

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Martina tiene 43 años, es gerente de administración en una pyme industrial del conurbano y usa ChatGPT todos los días desde hace dos años. Un martes a la mañana intenta entrar y el sistema le dice que la contraseña es incorrecta. Prueba de nuevo. Pide recuperarla. El mail de recuperación nunca llega, porque alguien ya cambió el correo asociado a la cuenta.

Al principio lo vive como una molestia menor, del tipo “ya lo voy a resolver”. Esa noche, en la cama, empieza a repasar mentalmente qué le contó a esa ventana de chat en los últimos dos años. Y no puede dormir.

Ahí están los balances de la empresa que pegó para que le armara un resumen para el directorio. El borrador del despido de un empleado, con nombre, apellido y motivos. Los análisis de sangre de su padre, que subió para entender qué significaba “creatinina elevada”. Las consultas sobre su divorcio, sobre la cuota alimentaria, sobre cómo hablarle a su hijo adolescente de lo que estaba pasando. Las conversaciones de madrugada en las que, sin decirlo así, le contaba a una máquina que estaba agotada y que no sabía si podía más.

Martina no existe. Pero conozco muchísimas Martinas. Y es muy probable que vos, que estás leyendo esto, seas una de ellas.

Durante veinte años aprendimos a cuidar el mail, el home banking y, más tarde, el WhatsApp. Sabíamos que perder cualquiera de esas cuentas era grave. Lo que todavía no terminamos de entender es que la cuenta de nuestro asistente de inteligencia artificial vale más que todas ellas juntas.

La razón es sencilla. Al mail le escribimos con cuidado, porque sabemos que alguien lo va a leer. A Google le hacemos preguntas sueltas, de tres o cuatro palabras. Pero a un modelo de lenguaje le hablamos como a un colega de confianza, a un médico, a un abogado o a un terapeuta: con contexto, con detalle, con nombres propios y sin filtro. Le explicamos el problema entero porque cuanto más le contamos, mejor nos responde.

El resultado es un archivo que nadie había logrado construir antes: un registro ordenado, cronológico y buscable de lo que nos preocupa, de lo que planeamos, de lo que ocultamos y de lo que no nos animamos a preguntarle a nadie. Y a eso se suman funciones cada vez más comunes: memorias persistentes que resumen quiénes somos, archivos adjuntos, proyectos de trabajo y conectores que le dan al asistente acceso directo a nuestro correo, nuestro calendario y nuestras carpetas en la nube.

Sería cómodo pensar que todo esto es ciencia ficción o alarmismo de especialistas. Los hechos dicen otra cosa.

Las cuentas ya se venden en la dark web. En junio de 2023, la firma de ciberseguridad Group-IB detectó 101.134 dispositivos infectados con malware que tenían guardadas credenciales de ChatGPT, cuyos registros se comercializaban en mercados clandestinos. No hizo falta hackear a OpenAI: alcanzó con un mail de phishing, un archivo descargado sin pensar y un tipo de programa llamado infostealer, que vacía las contraseñas y sesiones guardadas en el navegador. El propio jefe de inteligencia de amenazas de la empresa advirtió entonces que los empleados cargan en estas herramientas correspondencia confidencial y código propietario de sus compañías.

Las conversaciones ya se filtraron por millones. En febrero de 2025, un delincuente que se hacía llamar “Gloomer” publicó en un foro criminal lo que afirmó era el contenido de OmniGPT, una plataforma que permitía usar varios modelos de IA desde un mismo lugar: datos de unos 30.000 usuarios y más de 34 millones de líneas de chat. Entre los archivos expuestos había credenciales, claves de API, datos de facturación, capturas de WhatsApp y certificados de antecedentes. Un detalle que debería llamarnos la atención: buena parte de los afectados eran de Sudamérica, especialmente de Brasil.

Las conversaciones ya aparecieron en Google. Entre julio y agosto de 2025, miles de chats que los usuarios habían compartido mediante un enlace terminaron indexados en buscadores. Bastaba una búsqueda bien armada para encontrar relatos sobre salud mental, conflictos familiares, problemas legales y estrategias de negocio. OpenAI retiró la función, pero las copias en caché y los scrapers pueden conservar ese contenido indefinidamente.

Y los proveedores también fallan. En marzo de 2023, un error en ChatGPT permitió que algunos usuarios vieran títulos de conversaciones ajenas y datos parciales de pago de otros suscriptores. Ese mismo año, ingenieros de Samsung pegaron código fuente y notas internas en el chatbot para resolver problemas técnicos, y la empresa terminó restringiendo el uso de estas herramientas.

Ninguno de estos casos necesitó un ataque de película. Requirió lo de siempre: una contraseña reutilizada, un clic apurado, una configuración que nadie revisó, un empleado con buenas intenciones.

Hagamos el ejercicio. Pongámonos en el lugar del delincuente que acaba de entrar a la cuenta de Martina, se sirve un café y empieza a leer. ¿Qué encuentra?

Pero el inventario no termina en el historial. Hay tres capas más que suelen pasarse por alto:

La información, por sí sola, no hace daño. Lo que lastima es lo que alguien decide hacer con ella. Y con un historial de IA en la mano, el posibilidades son amplias.

Extorsión a medida. Ya no hace falta inventar un video comprometedor ni enviar un mail genérico de “tengo acceso a tu cámara”. El ciberdelincuente puede citar textualmente lo que la víctima escribió sobre su diagnóstico, su infidelidad o su deuda. La amenaza es creíble porque es verdadera.

Fraude con la voz exacta de la víctima. Dos años de conversaciones enseñan cómo escribe una persona, qué palabras usa, cómo saluda, a quién tutea. Con eso, un mensaje falso al socio, a la tesorería de la empresa o a la madre (“estoy con un problema, transferime ya”) resulta indistinguible del real. Si a eso se le suma una voz clonada con inteligencia artificial, el fraude del “falso familiar” alcanza otro nivel.

Phishing quirúrgico. El atacante sabe que la víctima está esperando la respuesta del banco por un crédito, que tiene un turno médico el jueves y que su hijo va a una escuela determinada. Cada uno de esos datos es un anzuelo perfecto.

Robo de identidad. Documentos escaneados, domicilio, fecha de nacimiento, CUIT, datos laborales: todo lo necesario para pedir un préstamo, abrir una cuenta o sacar una línea a nombre de otro.

Espionaje corporativo. El historial de un gerente vale más que el de diez empleados. Estrategias, precios, negociaciones, fusiones, vulnerabilidades técnicas: información que la competencia o un grupo de ransomware pagarían con gusto.

Acceso en cadena. Las contraseñas y claves pegadas en un chat abren servidores, sistemas de facturación y bases de clientes. Una cuenta personal comprometida puede convertirse en la puerta de entrada a toda una organización.

Daño reputacional. A veces el objetivo no es el dinero sino la exposición: publicar las conversaciones de un funcionario, un periodista, un empresario o un médico. Una vez que circulan, no hay forma de recogerlas.

Amenazas a la seguridad física. Fechas de viaje, horarios de los chicos, el recorrido diario. Hay datos que no se venden: se usan.

Volvamos a Martina. Los balances de su empresa, el borrador del despido y la lista de proveedores no estaban en un sistema corporativo. Estaban en su cuenta personal, gratuita, creada con su Gmail. Nadie en la compañía lo sabía. Nadie lo había autorizado. Nadie lo había prohibido.

Eso tiene nombre: Shadow AI. Es el uso de herramientas de inteligencia artificial por fuera de cualquier control de la organización, casi siempre con las mejores intenciones: trabajar más rápido, redactar mejor, entender un Excel imposible. El problema es que, cuando esa cuenta personal cae, la empresa sufre una filtración de datos sin haber tenido nunca la posibilidad de prevenirla, detectarla ni notificarla.

Entonces hay que hacer la pregunta, la que debería abrir la próxima reunión de directorio:

¿Cuántas personas de tu organización tienen hoy, en una cuenta personal de IA que vos no controlás, datos de tus clientes, de tus empleados o de tu estrategia?

Si la respuesta honesta es “no lo sé”, el riesgo ya existe. Simplemente todavía no tiene fecha.

En la Argentina, la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales define como datos sensibles los que revelan, entre otros, información de salud o vida sexual, y les otorga una protección reforzada. La misma norma obliga a quien trata datos a adoptar medidas de seguridad que eviten su pérdida o acceso no autorizado, e impone un deber de confidencialidad. Que un empleado haya pegado esos datos en un chatbot por su cuenta no traslada la responsabilidad: la organización sigue siendo quien debía custodiarlos.

A eso se suma el Convenio 108+ del Consejo de Europa, que la Argentina aprobó por la Ley 27.699 y que eleva los estándares en materia de seguridad y notificación de incidentes. Para las empresas con clientes europeos, el Reglamento General de Protección de Datos agrega obligaciones y multas de otra escala. Y para médicos, abogados, contadores o psicólogos, está en juego algo más antiguo que cualquier ley de datos: el secreto profesional.

Hay, además, un dato que debería bajar cualquier ilusión de intimidad. En julio de 2025, el propio CEO de OpenAI, Sam Altman, reconoció públicamente que las conversaciones con ChatGPT no gozan de la protección legal que tienen las charlas con un médico, un abogado o un terapeuta. Si ni siquiera hay privilegio frente a un juez, mucho menos lo hay frente a un delincuente.

La solución no es dejar de usar inteligencia artificial. Sería tan absurdo como dejar de usar el mail porque existe el phishing. La solución es usarla o, al menos, intentar usarla con la misma madurez con la que aprendimos a usar el home banking.

Durante siglos, los secretos de una persona estuvieron repartidos: un poco en la cabeza del médico, otro poco en el estudio del abogado, algo en un cajón, mucho en la propia memoria. Para robarlos todos, había que asaltar muchos lugares a la vez. Por primera vez en la historia, millones de personas están juntando todos esos secretos en un solo lugar, ordenados por fecha y listos para ser leídos. Y lo están protegiendo con la misma contraseña que usan para el delivery.

No escribo esto para generar miedo. Lo escribo porque en los años que llevo trabajando en protección de datos aprendí algo que se repite en cada incidente: nadie piensa que le va a pasar, hasta que le pasa. Y cuando pasa, lo que más duele no es lo que se perdió, sino lo que se podría haber evitado con diez minutos de prevención.

Así que te propongo algo concreto. Hoy, antes de que termine el día, abrí tu asistente de IA y preguntate: si alguien leyera todo esto mañana, ¿qué podría hacer con mi vida? Y si dirigís una empresa, hacé la misma pregunta multiplicada por cada persona que trabaja con vos.

La inteligencia artificial llegó para quedarse. La pregunta no es si la vamos a usar, sino si vamos a seguir tratando como un juguete a la herramienta que ya sabe más de nosotros que nuestra propia familia.

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