Monet mantiene viva la impronta cultural de París
En las últimas semanas, París se vio sacudida por las marchas y sus derivaciones violentas. Pero tomando distancia de aquel clima, su impronta cultural no decae nunca. Y algunos de sus negocios, tampoco. Paris siempre es el sitio ideal para admirar a Claude Monet –se cumple un siglo de su muerte- y su traslado a los números no se detiene.
Hace pocos días, un cuadro de Monet se vendió por 50 millones de euros en la subasta de Sotheby’s, desbordando todas las previsiones (se calculaba hasta 30 millones) y así estableció un récord para una pintura vendida en Francia. Se trata de un Iris que estaba en poder de la familia Schlumberger y que Monet pintó hacia 1924 en su casa de Giverny, la misma donde creó su famosa serie de nenúfares. Schlumberger es una gran empresa de servicios petroleros, ahora denominada SLB Ltd. Y dentro de esa familia, Jeanne Schlumberger –la esposa de uno de los fundadores- es una reconocida coleccionista de arte.
El cuadro, de 1,60 metros de alto por 1,80 metros de ancho, nunca salió de la mansión de la familia y solo se lo conocía a través de una fotografía en blanco y negro.
Símbolos del arte impresionista, las obras de Monet también están entre las más cotizadas en las grandes subastas internacionales: su máximo valor hasta ahora fue el cuadro Meules, que salió por 98,5 millones de euros (110 millones de dólares de aquel momento) hace siete años en Nueva York.
“Schlumberger siempre se negó a prestar Iris para exposiciones y conservó el cuadro en su residencia privada. Esta decisión ayudó a mantenerlo en un estado milagroso, ya que la obra permaneció intacta, sin barnizar y sin reforzar —una condición poco habitual para un cuadro de este calibre”, explicó Thomas Bompard, codirector de arte moderno y contemporáneo de Sotheby’s Francia, quien supervisó la subasta.
Hace pocos meses otros dos cuadros casi desconocidos de Monet, que reflejaban paisajes a orillas del Sena, se habían vendido en conjunto por 16 millones de euros, también en París. Y ahora, antes del impacto del Iris, otras obras de Monet fueron vendidas durante las subastas de Sotheby's, entre ellas Saule pleureur, por 9,6 millones de euros, y La Seine à Vernon, por 4,2 millones.
La frase de Cézanne (Monet no es más que un ojo, pero ¡qué ojo!) es el símbolo de una admiración colectiva que fue aumentando hasta nuestros días. Según Vanessa Cavioli, en uno de los libros alusivos, “Monet no buscaba solamente lugares que le inspiraran. Lo que buscaba era conocer a fondo, por medio de la pintura, lo que el acto de la visión le sugería. Es decir, llevar a cabo la decodificación de la realidad”.
Reconocido como uno de los creadores del impresionismo francés, movimiento artístico de mediados del siglo XIX, Monet se caracterizó por mostrar la naturaleza tal cual era; hermosa y cambiante. Su obra Impresión, sol naciente, fue vinculada con el nombre del movimiento impresionista, estilo que Monet quiso seguir explorando a pesar de su difícil situación económica que se extendió hasta 1890. Dentro de este importante movimiento artístico, Monet fue uno de los mayores exponentes, se mantuvo siempre fiel a su manera de retratar el mundo, y ésto queda reflejado en sus series, en las que pintaba un mismo motivo con diferentes luces.
Si uno tiene posibilidades de visitar París, la tentación es Monet. La visita obligada es el Museo de La Orangerie, junto a las Tullerías: allí se exhiben sus Nenúfares, ocho maravillosos lienzos monumentales. En el vecino Museo de Orsay cuentan con 150 obras del artista. En el distrito 16 de la capital francesa hay un museo exclusivo, el Marmottan Monet dedicado a su vida y obras. Y en el Petit Palais se exhibe su cuadro Puesta del sol sobre el Sena, efecto invierno.
También hay visitas más lejanas, hasta su Casa Impresionista en Argenteuil (habilitada al turismo hace cuatro años) o hasta la residencia de Giverny, donde el pintor vivió sus últimas cuatro décadas. El historiador de arte Philippe Piguet señaló que esta población rural, donde confluyen los ríos Sena y Epta y a la que Monet llegó en 1883, le impresionó por “la calidad de su luz, debida a la especie de microclima que se crea en la zona por su topografía y la gran presencia de agua”.
Otra serie de Nenúfares (1916-1919) es una de las obras más populares de esa etapa final. La concretó después de estudiar y reproducir las plantas acuáticas en formatos pequeños hasta acercarse a los soportes de dos metros. Prescinde de cualquier perspectiva y elimina el horizonte para que el espectador se sumerja en el espejo de agua. En 2014, uno de los Nenúfares salió en una subasta de Sotheby’s Londres por 54 millones de dólares. Era una obra que estaba en poder del marchand Paul Durand-Ruel. Cada uno de los nenúfares es considerado una obra maestra del francés en la que juega con los trazos de su pincel para plasmar, en abstracto y en diferentes paletas cromáticas, los reflejos y la luz de estas plantas flotando en el agua.
En los últimos años Monet sufría de cataratas y recién aceptó operarse en 1923.
Pero, para no ir tan lejos, también en Buenos Aires se puede apreciar belleza. El patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes exhibe dos de sus cuadros: Orillas del Sena (1880) y el Puente de Argenteuil (1875).
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