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infobae.com · hace 2 horas · Julio Bárbaro

Déficit moral

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Con el golpe de Pinochet de 1973, el Concejo Deliberante porteño presidido por Miguel Unamuno lo declaró persona no grata. El General Perón convocó a los concejales y les dijo: “Señores, lo de ustedes es el A-B-L, alumbrado, barrido y limpieza; de las relaciones exteriores, me ocupo yo”. Y no es que estuviera a favor del derrocamiento de Salvador Allende; por el contrario, era consciente de la obligación de nuestros países de respetar los procesos democráticos de las naciones hermanas.

Brasil asombra por la dimensión que viene logrando desde hace 50 años. En los 70 -poco importa la visión degradada de algunos historiadores- la Argentina tenía un desarrollo algo mayor que el de Brasil. Martínez de Hoz y Menem, y los sucesivos fracasos subsiguientes, nos convirtieron en una sombra de lo que alguna vez fuimos.

En ese sentido, y más allá de lo que sucedió luego, con el triunfo de Lula da Silva y la fuga de Bolsonaro a Estados Unidos, admitamos que el debate entre los dos candidatos llegaba a un nivel de respeto por la justicia social y por la ciudadanía que si los macartistas del presente lo analizan seriamente, deberían aceptar que ambos parecían lo que ellos, en su limitación ideológica, denominan “comunistas”.

Brasil tiene una cancillería, conocida como Itamaraty, que no fue alterada por los gobiernos militares ni por el ex presidente Jair Bolsonaro, hoy condenado por intento de golpe de Estado a veinte años de prisión. A él tampoco se le ocurrió privatizar ninguna empresa del Estado ni buscar inversiones extranjeras por encima de las propias. Asimismo, señalemos que el desarrollo industrial brasileño tampoco se vio modificado por los vaivenes de la política. Es decir, el proyecto de patria está por encima de los altibajos de sus relaciones institucionales y mantienen cierto patriotismo compartido.

En nuestro país, el presidente Milei asomó al mundo convencido de ser dueño de una verdad movilizadora y agoniza, hoy, siendo el más triste reflejo del fracaso de un fanatismo sin elasticidad ni formación intelectual. Nuestro país hermano es dueño de una desarrollada derecha -insisto en que nada tiene que ver con la nuestra- para la cual los Bolsonaro fueron, sin duda, una molestia pasajera carente de la dignidad de los verdaderos luchadores políticos, cualquiera sea su ideología.

El mundo reconoció el triunfo de Lula, y solo algunos insensatos malintencionados utilizaron la breve prolongación del proceso eleccionario solicitada por ambas fuerzas políticas, en la que ingresó un número de votos que en nada alteraba el resultado, como excusa para disfrazar la ira de haber fracasado en la segunda vuelta.

Trump se corre del cuestionamiento de la elección brasileña priorizando el poder de esa nación por encima de las veleidades de la alcahuetería que caracteriza a Milei y los suyos, ansiosos de tener un protagonismo que solo la vocación de ser más papistas que el Papa podía ofrecerles.

Algunos economistas cegados acusan a Brasil de tener déficit fiscal como si haberlo convertido en la octava economía del mundo fuera menos importante que la limitación propia del monetarismo de considerar a la deuda o al dinero como instancias superiores al destino de una nación. Pensemos en su sistema de pago estatal, cuya vigencia comparten ambos sectores políticos, lo mismo que los servicios públicos gratuitos para que los humildes puedan trasladarse los fines de semana. En Brasil, el Estado es más fuerte que lo privado y en esa dialéctica, lo privado es más fuerte que lo extranjero, es decir que un Estado fuerte permite empresas fuertes; uno débil, sólo inversiones extranjeras.

¿Cómo olvidar al Ministro de Economía del macrismo, Nicolás Dujovne, opinando que la única virtud de Cristina Kirchner había consistido en no dejar deuda, lo cual, sin duda, los llenaba de ilusión a él, a Macri y a sus socios sobre la cantidad de dinero que, a la par de ese pastor evangélico chaqueño, podían comprar en pesos y convertir en dólares mágicamente, mientras la deuda era trasladada a las espaldas de la sociedad?

La ideología colonial del gobierno de Milei expresa lo mismo que sus aliados: no soporta la cantidad de personas que habitan en nuestra sociedad. En ningún país del mundo, los precios son más importantes que el trabajo y la integración social de sus habitantes. Así, la privatización de Aysa muestra la voluntad de hacerse de los recursos de los sectores pudientes, dejando al resto sin agua ni cloacas, ya que ninguna estructura privada se va a ocupar de hacer beneficencia. Recordemos que las privatizaciones del menemismo son la causa esencial de la actual miseria de nuestra sociedad. Servicios como la luz, el gas, los aeropuertos, los peajes, todo lo que los argentinos construimos para regalar, luego, por monedas a empresas, en la mayoría de los casos fantasmas o usurpadas, es lo que hoy nos convierte en esclavos de nuestra misma ideología. Porque hubo generaciones que construyeron empresas, el ferrocarril es un ejemplo, y una generación que vendió las joyas de la abuela solamente para abrazarse a la corrupción generada por esa supuesta privatización.

El riesgo país es el verdadero termómetro que mide la fiebre de la enfermedad del actual gobierno. Tener como objetivo eliminar el déficit fiscal y estabilizar la moneda no da un proyecto de sociedad, se trata simplemente de la ilimitada e improductiva codicia de los sectores financieros. Nunca fui marxista, pero la concentración económica está llegando a niveles tales en sociedades como la nuestra que podríamos terminar dándole la razón a aquel filósofo, que planteaba el estallido por la conflictividad que esta enfermedad generaba.

Finalmente, un acto de solidaridad con todos aquellos periodistas amenazados con la hoguera por un presidente que desconoce los límites y disfruta transgrediéndolos y provocando con expresiones soeces y amenazantes a cualquier individuo cuya incidencia en la opinión pública teme por el solo hecho de sugerir una diferencia mínima con sus planteos pueriles y antojadizos. Como señaló Morales Solá, no son las formas lo que se está cuestionando; hay un peligro en sus agresiones por lo que puedan generar en quienes le crean y deseen satisfacerlo ejerciendo violencia sobre los mencionados hombres y mujeres de prensa, llevados por su desequilibrio emocional. Necesitamos una política que reúna la transparencia y la libertad de expresión, único espacio en el cual se puede convocar a los talentos. En la obediencia, sólo los mediocres y los estafadores. La secta kirchnerista y la de Milei son dos espacios donde estas tristes normas se cumplen.

Los enamorados del dinero, financistas, economistas y banqueros, son pasajeros en el mundo de la economía, del mismo modo que Bolsonaro y el que lo ayudó en su huida y nos preside, son turistas en el campo de la política, de la responsabilidad colectiva a la que nunca se llega con la exacerbación del egoísmo.

En síntesis, y respecto de la colaboración prestada por Milei a Bolsonaro, convendría tener presente que la relación con los países hermanos es siempre más trascendente que las coyunturas que puedan estar atravesando.

Movimientos populares e Iglesia en koinonía