El lector como auditor
Nunca entendí la necesidad de publicar poesía en ediciones bilingües. O, mejor dicho, entiendo perfectamente las razones que suelen invocarse, pero me parecen insuficientes. Se habla de respeto por el original, de la posibilidad de comparar, de la conveniencia de que el lector tenga a la vista lo que el traductor tuvo delante mientras trabajaba. Todo eso suena razonable. El problema empieza cuando uno advierte que esa disposición, el poema original a la izquierda y su traducción a la derecha, produce un efecto bastante menos inocente: convierte al lector en auditor.
El libro bilingüe se parece, entonces, a una contabilidad de doble entrada. Cada verso debe encontrar su correspondiente en la página de enfrente. Si falta una palabra, alguien va a advertirlo. Si aparece una que no estaba, alguien va a pedir explicaciones. El traductor queda así sometido a una vigilancia permanente, como si hubiese recibido un dinero que no es suyo y tuviera que demostrar, hasta el último centavo, que no se quedó con nada.
Lo curioso es que quienes están mejor preparados para llevar a cabo esa fiscalización suelen ser quienes menos la necesitan. Alguien que conoce suficientemente bien el italiano como para leer a Leopardi, o el inglés como para leer a Keats, difícilmente compre una traducción. Puede hacerlo por curiosidad, para conocer las soluciones de otro traductor, para resolver una dificultad puntual o por el placer de ver cómo alguien se las arregló con lo que a simple vista parecía imposible. Pero es la lectura de alguien que conoce el oficio, no necesita que le prometan una reproducción exacta.
El lector que depende de una traducción, en cambio, se encuentra en una situación bastante paradójica. No sabe lo suficiente de la lengua original como para prescindir de ella, pero la presencia del original le hace creer que dispone de los instrumentos para juzgarla. Una palabra reconocible, un parentesco etimológico, un diccionario consultado a las apuradas pueden bastar para que se considere autorizado a intervenir. Descubre que donde el poeta escribió “casa” el traductor puso “hogar”, o que una palabra de cinco sílabas fue reemplazada por otra de dos, y empieza a sospechar una infidelidad. A partir de ese momento, la lectura queda suspendida. El poema importa menos que el expediente abierto contra quien lo tradujo.
En poesía, esa pretensión de control puede adquirir proporciones grotescas. Una traducción poética es una sucesión de renuncias, compensaciones y desplazamientos. A veces se sacrifica una imagen para conservar un ritmo; otras, se modifica una construcción sintáctica para recuperar un efecto sonoro; una palabra que parece arbitraria puede estar respondiendo a una necesidad nacida diez versos antes, o preparando algo que puede asparecer diez versos después. El lector que compara palabra por palabra rara vez advierte esas operaciones. Se indigna por una pérdida local sin reparar en lo que el traductor pudo haber ganado en otra parte. Nadie le exige a un pianista que justifique cada variación de intensidad respecto de otro intérprete, ni supone que dos ejecuciones distintas de una misma sonata deban coincidir exactamente. Al traductor, en cambio, se le exige que sea un intérprete sin interpretación.
La edición bilingüe alienta esa confusión incluso cuando sus responsables tienen las mejores intenciones. Su presentación material establece una jerarquía: de un lado está la obra, del otro su rendición de cuentas. Es difícil sustraerse a ese mecanismo. Los ojos saltan de una página a otra, buscan correspondencias, detectan omisiones.
El libro bilingüe, con sus dos páginas enfrentadas, me recuerda a veces esas fotografías policiales en las que alguien aparece de frente y de perfil. La diferencia es que aquí el sospechoso está siempre a la derecha y la prueba de su presunto delito, siempre a la izquierda.