El fuego
Oscar Masotta fue claro al cuestionar la obra de Marta Minujín tildándola, en 1965, de mero espectáculo. Se puede pensar en un pleonasmo porque Minujín por entonces, antes de apilar libros censurados para emular un Partenón o juntar choclos a los pies de Warhol, solo realizaba happenings. Aunque lo ha seguido practicando alrededor de sí misma. Algo pasa (siempre) con Minujín.
Me acordé de Masotta estos días al visitar, otra vez, el Museo Castagnino de Rosario. El año pasado tuve la buena fortuna de encontrar una retrospectiva completa de Juan Pablo Renzi, en la que el museo exhibió la colección completa de obras del artista de su propiedad. Este año solo se expone una escultura de Minujín de proporciones considerables, inflable, construida para ser recorrida por fuera y por su interior al modo de las grandes obras de Richard Serra (pero esto no es una obra de Serra) y un corralito, en el interior del museo, con una basta estatutaria de autores diversos, amontonada como en una almoneda (vaya uno a saber con qué intención). El motivo de tanta indigencia y curación apresurada es la ampliación del museo que, al fin, se ha puesto en marcha. Felicidades. Se supone, según explican, que estas nuevas dependencias permitirán almacenar allí obras y liberar salas que hoy funcionan como meros depósitos.
Rubén Naranjo, artista de vanguardia de los años sesenta, decano de Bellas Artes de Rosario y participante activo en Tucumán Arde –junto a Renzi, entre otros– confrontaba por entonces con el Di Tella y detestaba los museos a los que comparaba con zoológicos de arte. Era radical Naranjo, es verdad, pero del mismo modo que negaba el pan y la sal del arte a Minujín, hubiera hecho lo mismo con el menú de la Documenta de Kassel de 2007 que invitó al restaurante elBulli de Ferran Adrià a ocupar un pabellón de la exposición de aquel año. Durante los cien días que duró la Documenta, cada noche enviaban a la Cala Montjoi de Cataluña a dos invitados a cenar.
Esta experiencia choca con la relación trunca de Mark Rothko con el Four Seasons de Nueva York. Los dueños del restaurante, por entonces emplazado en el edificio Seagram de Mies van der Rohe, entusiasmaron a Rothko encargándole piezas de gran formato para ese espacio. Según avanzaba con las pinturas, Rothko llegó a la conclusión de que alguien, degustando un plato de cocina a un precio desorbitado, no iba a contemplar su trabajo en los términos que él lo concebía. Rothko sentía que su pintura alcanzaba en ese entorno el mismo rango del easy listening que escuchaban los comensales mientras comían. Las obras hoy están en la Tate Modern de Londres y tampoco gozan de una buena disposición ya que se encuentran en una sala central y su exposición se ve afectada por el tránsito incesante de los visitantes que la cruzan para ir de una sala lateral a otra. Más que un museo parece un mall (algo similar a lo que decía Naranjo).
Existe otro tipo de museos, a cielo abierto, pero su obra solo puede ser contemplada por los dioses. Michael Heizer, artista del Land Art (o arte de la tierra) es uno de sus mayores exponentes. En el desierto de Nevada, después de cincuenta años de trabajo, ha concluido un proyecto con tierra, piedra y cemento llamado City; un monumento de, nada menos, dos kilómetros cuadrados cuya única posibilidad de apreciarla es desde el aire.
Mientras Minujín levantó paredes de libros prohibidos, Heizer erige muros de piedra. Heizer, sin duda, recibirá con creces aquello que invirtió: tiempo. La erosión solo acabará con su obra mientras que la de Minujín se monta y desarma como las carpas de las ferias.
Cuando le preguntaron a Jean Cocteau qué obra salvaría si se incendiara el Louvre, contestó: el fuego. La obra de Minujín, a diferencia del Land Art, al menos, es combustible.