Sebastián Galiani: “Esta transformación necesita tiempo y continuidad”
“Una devaluación, incluso saliendo de las bandas cambiarias, me parece un despropósito”, advirtió Sebastián Galiani, economista y exsecretario de Política Económica de la Argentina.
La definición llega pocos días después del sorpresivo resultado electoral en Brasil, donde Luiz Ináçio Lula da Silva fue reelecto para un cuarto período presidencial. El triunfo generó una reacción negativa en los mercados financieros, bursátiles y cambiarios, tanto en el mayor socio del Mercosur como, todavía más, en la Argentina.
El episodio brasileño profundizó un debate que ya venía instalado entre economistas: la necesidad de acumular reservas en el Banco Central de la República Argentina (BCRA) y la presión de varios analistas para que el Gobierno de Javier Milei ajuste su política monetaria y cambiaria.
En ese contexto, Infobae entrevistó a Sebastián Galiani, titular de la Weatherhead Presidential Chair in Economics en Tulane University, investigador asociado de la National Bureau of Economic Research (NBER) y doctor en Economía por la Universidad de Oxford. Reconocido internacionalmente por sus investigaciones en desarrollo económico, economía internacional, educación e instituciones, el economista es, además, una de las voces más cercanas al presidente argentino en el último tiempo.
— En las últimas semanas se abrieron varios debates sobre la política económica del Gobierno. Uno es la estrategia de acumulación de reservas del BCRA. ¿Cuál es su posición sobre sus efectos en la economía real y financiera?
— Cuando hablamos el año pasado, destaqué que la Argentina necesitaba avanzar con una política de acumulación de reservas, y sigo pensando lo mismo. Lo que me parece es que, últimamente, el debate sobre las reservas ha quedado rehén de otra discusión: cómo hacer para que la economía vuelva a crecer.
Los que creen que la recuperación requiere un tipo de cambio real más alto quieren que el Banco Central acelere las compras de dólares, incluso emitiendo más pesos sin esterilizarlos, es decir, aun a costa de una mayor inflación. En cambio, los que creen que hay que priorizar una desinflación más rápida prefieren que compre menos, o directamente que deje de comprar.
Yo no comparto ninguna de esas dos posiciones. Mi postura es mantener el ritmo de compras, o incluso aumentarlo, teniendo en cuenta que el año que viene se espera un superávit comercial mayor. Pero siempre cuidando que eso no comprometa la desinflación.
Lo importante es separar la decisión de acumular reservas de la política monetaria. El Banco Central puede comprar dólares sin que eso implique necesariamente una expansión monetaria incompatible con el objetivo de seguir bajando la inflación.
— ¿El Banco Central está conteniendo el tipo de cambio para favorecer la desinflación, o su evolución refleja un superávit comercial mayor al previsto por el Gobierno y los analistas?
— Es muy difícil saberlo. Me parece que hay algo que a veces se pierde de vista en esta discusión, y es que la economía argentina está cambiando mucho. El desarrollo de la energía y la minería, por ejemplo, hace pensar que el tipo de cambio real de equilibrio puede ser bastante más bajo que en el pasado. Además, este año la Argentina va a tener un superávit comercial de más de USD 20.000 millones y también un superávit de cuenta corriente de la balanza de pagos. Y para el año que viene se espera un superávit comercial todavía mayor.
También hay que tener en cuenta que los términos de intercambio son bastante buenos. Eso es importante porque, cuando mejoran los términos de intercambio, el tipo de cambio real de equilibrio tiende a apreciarse. Es decir que, si uno corrigiera las comparaciones históricas por este factor, probablemente encontraría que el peso no está tan apreciado como parece.
Por último, he visto algunos cálculos que ajustan el tipo de cambio real histórico por la productividad total de los factores, y ahí tengo mis dudas. El argumento teórico que suele utilizarse para justificar esos ajustes es el efecto Balassa-Samuelson. Pero ese efecto no depende de la productividad de toda la economía, sino de cuánto aumenta la productividad de los sectores que producen bienes transables en relación con la de los sectores no transables, y de cómo evoluciona esa relación en otros países. No es lo mismo, y las conclusiones pueden ser muy distintas.
Por eso, me parece que hay que tener bastante cuidado con estas comparaciones. No tiene mucho sentido decir que hay atraso cambiario simplemente porque el dólar está barato en relación con otros momentos de nuestra historia. La economía argentina de hoy no es la misma que la de hace diez o veinte años.
— Una política monetaria excesivamente restrictiva puede provocar una apreciación adicional del peso que, eventualmente, resulte insostenible. Sin embargo, no es evidente que la política monetaria actual sea particularmente restrictiva. De hecho, las tasas de interés reales de corto plazo que surgen de las operaciones del Banco Central son bajas.
Es cierto que los encajes bancarios siguen siendo elevados y que también ejercen un efecto contractivo sobre la economía. En cualquier caso, lo importante es reconocer las disyuntivas que enfrenta la política económica. Toda intervención tiene beneficios potenciales, pero también costos. El análisis debe contemplar ambos, en lugar de proponer medidas como si sus consecuencias fueran irrelevantes o pudieran evitarse.
— Cuando hablamos en octubre del año pasado, usted sostenía que estaban dadas las condiciones para avanzar en el corto plazo hacia un régimen de tipo de cambio único y libremente flotante. Sin embargo, el Gobierno optó por mantener un esquema de bandas cambiarias. ¿Sigue pensando que sería conveniente avanzar ahora hacia una flotación plena?
— Sigo pensando que el régimen hacia el que debería ir la Argentina es uno de flotación cambiaria lo más libre posible, con plena movilidad de capitales y con las intervenciones habituales que puede utilizar un banco central en este tipo de regímenes.
El año que viene vamos a tener un año electoral que en la Argentina suele generar mucha turbulencia financiera, dado que se enfrentan dos fuerzas políticas con modelos de país muy diferentes.
A eso se suma que todavía estamos en pleno proceso de desinflación, donde mantener ancladas las expectativas es fundamental. Por eso, sería muy cuidadoso con tomar medidas que puedan limitar la capacidad del Gobierno para enfrentar una eventual dolarización de portafolios o que puedan provocar un desanclaje de las expectativas de inflación.
— El PBI cayó 2,9% en julio y la actividad se estancó en agosto, con un alza de apenas 0,1%. ¿Argentina entró en recesión, en un estancamiento prolongado, o atraviesa un proceso de reconversión por las nuevas reglas de política económica (menos regulaciones, baja de impuestos nacionales y apertura comercial)?
— Creo que hay dos fenómenos que se están dando al mismo tiempo. Por un lado, la Argentina está atravesando una transformación económica muy importante. Estamos saliendo de una economía muy protegida, en un mundo donde algunos sectores industriales difícilmente puedan seguir siendo competitivos.
Eso genera una reasignación de recursos, con sectores como la minería y el agro creciendo muy fuerte, mientras otros se contraen. Pero eso no significa que la industria vaya a desaparecer. Muchos sectores industriales seguirán siendo competitivos y surgirán otros nuevos, aprovechando las oportunidades que ofrece la energía barata de Vaca Muerta.
Pero, además, la economía venía recuperándose bien y sufrió varios shocks importantes. Primero, el triunfo de Axel Kicillof en las elecciones provinciales de octubre del año pasado, que generó una fuerte dolarización de portafolios, presiones inflacionarias y una respuesta del Gobierno que terminó restringiendo mucho el crédito. Después se sumaron los shocks de precios del petróleo y de la carne. Entre la restricción del crédito y la caída del salario real, el consumo se estancó y la economía perdió dinamismo.
Recién ahora estamos empezando a ver señales positivas de recuperación del salario real y de la actividad. Pero tenemos por delante un año de elecciones presidenciales, que en la Argentina siempre genera mucha incertidumbre financiera. En ese contexto, las proyecciones de FIEL apuntan a un crecimiento de apenas 2,1% para 2027.
De todas formas, aún con estos números, el Gobierno del presidente Milei dejaría un crecimiento acumulado del PBI de aproximadamente 7%, similar al de la OCDE en ese periodo y muy superior al registrado durante el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el de Mauricio Macri y el de Alberto Fernández. Y sería, además, el único de esos gobiernos que dejaría un crecimiento del producto por cápita, que es, en definitiva, lo que permite mejorar de manera sostenida la calidad de vida de los argentinos.
— Si el rumbo del Gobierno apunta al ordenamiento macroeconómico, la desregulación, la baja de impuestos y la apertura comercial, ¿hay margen para políticas activas que reactiven el consumo y a los sectores que solo subsistieron con proteccionismo y subsidios?
— No tengo dudas de que cuanto más se recupere el consumo de acá a las elecciones, mejor le va a ir al Gobierno. Pero para eso necesitamos que se recuperen el salario real y el empleo. Un camino es seguir avanzando gradualmente, con salarios que le ganen mes a mes un poco a la inflación y vayan reanimando el consumo. Por supuesto, como han señalado varios economistas, toda mejora en la comunicación y el manejo de la política monetaria que contribuya a ese proceso es bienvenida.
— Algunos economistas proponen acelerar la recuperación mediante una devaluación, incluso saliendo de las bandas cambiarias. Otros plantean una depreciación del peso dentro de las bandas existentes, a través de una política monetaria más laxa.
— La primera alternativa me parece un despropósito. Yo sería muy cuidadoso con la segunda, especialmente en un año electoral. Para que funcione, la depreciación del peso no debería desanclar las expectativas de inflación y, además, sus efectos positivos sobre la actividad tendrían que compensar la caída del salario real. No tengo claro que alguna de esas dos condiciones pueda garantizarse.
La desinflación es uno de los principales logros económicos de esta gestión, y ponerla en riesgo para intentar acelerar la recuperación me parece una apuesta arriesgada. Eso no significa defender un tipo de cambio fijo ni impedir que el dólar se ajuste si las condiciones económicas lo requieren. Para eso están, precisamente, las bandas cambiarias. El peso todavía tiene margen para depreciarse bastante antes de llegar al techo de la banda.
En definitiva, creo que hay que evaluar cuidadosamente los posibles beneficios y riesgos de los cambios propuestos, especialmente en un contexto de tanta incertidumbre política.
— Después de casi 25 años de paciencia durante la decadencia económica, y creciente brecha del PBI por habitante con otros países que lograron estabilizarse con planes exitosos, ¿Por qué cree que los argentinos se volvieron impacientes justo ahora, cuando el programa económico empieza a mostrar resultados?
— La Argentina es un país complicado. Hay un porcentaje alto de la población que sigue prefiriendo una economía con mucho Estado, protegida de la competencia externa, con sustitución de importaciones y tarifas subsidiadas. Ese grupo se aleja de ese modelo cuando sus desequilibrios se vuelven demasiado evidentes, especialmente a través de la inflación.
Del otro lado, hay una parte importante de la sociedad que quiere una economía moderna, abierta al mundo, desregulada, con equilibrio fiscal y sin inflación, pero tampoco ese grupo alcanza por sí solo para ganar una elección.
Por eso siempre sostuve que transformar la Argentina era muy difícil. Un gobierno reformista recibe una economía con enormes desequilibrios y tiene apenas cuatro años para cambiarla. Y cuatro años difícilmente alcancen. Se necesita continuidad, idealmente ocho años, para que la mayoría de la población empiece a percibir los beneficios.
Creo que el gobierno de Milei tiene posibilidades de lograr esa continuidad. Más allá de las dificultades recientes, la economía ha tenido un buen desempeño. La inflación bajó fuertemente y, aun con la desaceleración actual, el crecimiento acumulado durante su mandato estaría alrededor del 7%, aproximadamente en línea con el de la OCDE. Además, serían tres años consecutivos de crecimiento, algo que no veíamos desde 2011.
Y hacia adelante hay oportunidades enormes. Las exportaciones pueden seguir creciendo con fuerza, impulsadas por la energía, la... minería, el agro, el turismo y la economía del conocimiento, entre otros sectores. La inversión también podría acelerarse si se consolida la confianza en que las reglas económicas van a mantenerse en el tiempo. Hoy esa es una de las principales dudas de quienes están pensando en invertir en la Argentina. Y a medida que aumenten la inversión y la actividad económica, ese crecimiento debería extenderse al resto de la economía, especialmente a través de los servicios y la generación de empleo.
Por eso creo que hay que mirar el bosque y no solamente el árbol. Atravesamos la parte más dura de una transformación profunda, sufrimos shocks importantes y todavía quedan problemas por resolver. Es natural que haya discusiones sobre aspectos de la política económica. Pero lo fundamental es no perder de vista que una transformación de esta magnitud necesita tiempo y continuidad. Y para eso es importante que el Gobierno construya una alianza política amplia y sólida que permita sostener el rumbo más allá de la próxima elección.
— ¿Cuál es la reforma estructural que considera más urgente para consolidar la recuperación?
— De acá a las elecciones no creo que podamos esperar grandes reformas. Pero si el Gobierno logra la reelección, podría quedar mucho mejor posicionado en el Congreso, incluso con quórum propio en Diputados o cerca de alcanzarlo, y con más fuerza en el Senado. Eso permitiría avanzar en reformas importantes, como la previsional, la judicial, y en la medida en que haya espacio fiscal, una reforma tributaria integral.
Pero hay algo que a mí me parece fundamental mirando hacia adelante, y es desarrollar un verdadero mercado de crédito y de capitales, que hoy en la Argentina es prácticamente inexistente. Estamos entrando en un mundo donde la inteligencia artificial va a generar enormes oportunidades para crear empresas, desarrollar nuevos negocios y exportar. Pero para aprovechar esas oportunidades hace falta financiamiento.
Si la Argentina logra estabilizarse y, sobre todo, dar cierta seguridad de que las reglas de juego se van a mantener en el tiempo, con una economía abierta, mercados desregulados y respeto por los derechos de propiedad, creo que vamos a ver un aumento importante del ahorro interno, que hoy es muy bajo, y también la llegada de ahorro externo.
Eso permitiría una fuerte expansión del crédito, que no solo impulsaría la inversión inmobiliaria, sino también la creación de empresas y nuevos emprendimientos, muchos de ellos vinculados a la inteligencia artificial. Por eso creo que, más allá de las reformas que todavía faltan, lo fundamental es consolidar la estabilidad y la confianza en las reglas de juego. Sin eso, es muy difícil que el ahorro crezca y se transforme en inversión.
— Usted acaba de terminar un libro sobre inteligencia artificial. ¿De qué trata y cómo cree que esta tecnología va a transformar la educación y la economía en los próximos años?
— Sí, acabamos de escribir un libro, junto a Raúl A. Sosa -es investigador predoctoral del Departamento de Economía de la Universidad de San Andrés-, pensado principalmente para estudiantes universitarios que publicará en enero próximo Oxford University Press. Hoy muchos alumnos usan la inteligencia artificial para hacer sus trabajos prácticos y, en lugar de utilizarla como una herramienta de aprendizaje, directamente le delegan el trabajo. Y esa es una mala manera de usarla, porque con el tiempo corren el riesgo de ir perdiendo su capacidad de razonamiento y de pensar y actuar por sí mismos.
Lo que nosotros planteamos es cómo utilizar la inteligencia artificial para aumentar nuestra productividad sin delegarle nuestro pensamiento. Y esto es fundamental porque saber pensar y ser productivo son dos capacidades que el mercado laboral demanda. Por eso creemos que no hay que separarlas y que ambas deberían formar parte de los objetivos de cualquier curso universitario.
El libro presenta una serie de principios generales y está lleno de ejemplos concretos de cómo usar bien y mal la inteligencia artificial. Mostramos cómo puede ayudarnos a encontrar nuevas ideas de investigación, hacer revisiones de literatura, escribir mejor, resolver problemas matemáticos y estadísticos, programar o desarrollar modelos económicos y financieros, entre muchas otras aplicaciones. La idea es aprender a trabajar con la inteligencia artificial, no dejar que piense por nosotros.
En cuanto a la economía, la inteligencia artificial está avanzando muy rápidamente en su capacidad para realizar distintas tareas. El gran desafío que tienen ahora las empresas es reorganizar sus procesos de trabajo para incorporar estas herramientas y aumentar la productividad de sus trabajadores. Pero eso no significa necesariamente que los trabajadores vayan a ser reemplazados.
— ¿Cuáles cree que son los principales desafíos y oportunidades de la economía argentina actual?
— Creo que el Gobierno ha hecho un muy buen trabajo estabilizando la economía y avanzando en reformas de fondo. Por supuesto que falta mucho, pero también hay resultados importantes que vale la pena reconocer. La pobreza ha caído significativamente respecto de los niveles heredados.
Y también quiero destacar lo que se ha hecho en política social, con el fortalecimiento de la Asignación Universal por Hijo, las nuevas iniciativas de capacitación y reconversión laboral y la eliminación de la intermediación de las organizaciones piqueteras en la asistencia social.
Ahora, hay algo que me parece fundamental. Cuando una economía necesita reasignar tantos recursos como la argentina, los costos de esa transformación se sienten rápido, pero los beneficios tardan más en llegar. Las empresas tienen que invertir, los trabajadores tienen que adaptarse y nuevas actividades tienen que desarrollarse. Todo eso lleva tiempo. Sería una verdadera lástima que volviéramos a interrumpir este proceso antes de que pueda dar sus frutos.
Además, creo que las perspectivas internacionales de largo plazo son muy favorables para la Argentina. Estamos lejos de los grandes conflictos armados, lo cual es una ventaja importante. Y más allá de la incertidumbre que genera hoy la inteligencia artificial, es razonable esperar que siga transformando la producción mundial y que ese mundo demande cada vez más energía, minerales y alimentos. Justamente, sectores en los que tenemos un enorme potencial.
Por supuesto que siempre puede haber crisis o acontecimientos inesperados, pero tenemos razones para ser optimistas. El gran riesgo es interno. Si volvemos a las políticas populistas del kirchnerismo, con un Estado cada vez más grande y menos incentivos para invertir, podemos desperdiciar nuevamente una oportunidad extraordinaria de desarrollo. Ya hemos visto esa película. Lo que necesitamos es darle continuidad a este proceso para transformar la estabilización económica en muchos años de crecimiento sostenido.