Deriva psicológica
En los términos de la batalla cultural que Javier Milei dice librar, Julio María Sanguinetti está muy lejos de ser calificado como un “comunista”. Abogado, periodista y dos veces presidente de Uruguay, Sanguinetti es una figura tradicional del Partido Colorado y un exponente del más puro legado batllista: liberal, republicano y reformista. Su trayectoria pertenece al centro conservador democrático uruguayo, muy lejos de la izquierda revolucionaria. De hecho, hasta la muerte del otro líder histórico charrúa, José “Pepe” Mujica, su figura y la del exguerrillero tupamaro representaban dos polos contrapuestos de la política oriental de las últimas décadas. Está dicho: Sanguinetti sería un aliado de la disputa antiwoke que plantea Milei. Nunca un enemigo.
¿Por qué reparar, entonces, en Sanguinetti? Porque Sanguinetti dijo en Uruguay lo que muchos piensan en Argentina, pero no se atreven a decir sobre Milei. “Veo con preocupación esa deriva, yo diría psicológica, tan desajustada”, sostuvo. Sanguinetti cuestionó con esas palabras los “desajustes” que se evidencian en las repetidas giras de Milei al extranjero, en las que no se reúne con autoridades nacionales porque no se realizan en el marco de visitas oficiales de Estado, pero que son utilizadas por el presidente argentino para insultar a los líderes de esos países, lo que genera complejas disputas diplomáticas, a la vez que inicia una feroz diatriba contra los periodistas.
El líder uruguayo se refería, puntualmente, al último viaje de Milei a Madrid. “Ha hecho siete visitas a España sin ver ni al Rey ni al primer ministro y eso no tiene sentido”, completó. Sanguinetti formuló de esa manera una preocupación política de origen psiquiátrico: señaló el deterioro de los límites que deberían ordenar la relación de un presidente con la crítica y con las instituciones gubernamentales, en el marco de las relaciones internacionales.
La preocupación por la inestabilidad de Milei no se circunscribe a Sanguinetti. Pero, a diferencia de lo que ocurre en Uruguay, en Argentina las alarmas solo se manifiestan en off the record. Los pocos funcionarios que frecuentan al Presidente reconocen que está atravesando el peor momento desde que llegó al poder. Se lo ve irascible. Muy nervioso. Por momentos, aparece desencajado. Su entorno se muestra cada vez menos dispuesto a contradecirlo y ya nadie quiere plantear una objeción por temor a provocar un exabrupto emocional de proporciones inesperadas. De esta forma, se acrecienta el aislamiento político y Milei empieza a tomar cada vez más distancia de la realidad cotidiana de la Argentina que le toca gobernar.
Los escasos visitantes que suele recibir el libertario en la Quinta de Olivos reconocen que atraviesa un momento de alta crispación. El discurso que pronunció el viernes 23 en la Fundación Faro así lo demuestra. Milei volvió a atacar a periodistas y pronunció la frase que marcó un límite en su escalada de violencia verbal contra la prensa: “Los hijos de puta se tienen que quemar en la hoguera”. La crueldad de la escena adquiere mayor relevancia por el auditorio ante el que fue expresada. Milei no hablaba ante una fervorosa concentración de militantes, sino ante empresarios reunidos en una cena de recaudación del think tank ultraideológico que conduce Agustín Laje.
En ese marco, la virulencia retórica del Presidente pasó a formar parte de una ceremonia de cercanía entre el poder político y el económico. La incomodidad de los representantes del círculo rojo fue evidente. Hubo tímidos aplausos, pero también miradas desviadas hacia los teléfonos o hacia el resto de los comensales de cada mesa. Pero no hubo quejas. Hubo normalización de una situación que no es normal. Adrián Werthein, David Martínez, Juan y Patricio Neuss, Luis Galli, Rubén Cherñajovsky, Horacio Marín y Marcelo Sielecki, entre otros, validaron con su presencia la ira de Milei.
El gobierno de Lula da Silva convocó a la encargada de negocios de Argentina tras la fuga de Bolsonaro.
Es una irascibilidad que se ha vuelto constante. Y que ha aumentado en los últimos días. El biógrafo de Milei, Juan Luis González, ya había anticipado en El Loco lo que ocurre por estas horas en la cúspide del poder: Milei protagoniza sus mayores crisis nerviosas cuando el estrés lo invade en situaciones extremas que lo ponen al límite. El editor de Noticias relató, en la biografía que se ha convertido en el bestseller político de esta época, que la inestabilidad emocional de Milei alcanzó su punto máximo durante la profunda depresión que le generó el encierro solitario de la pandemia. Aquella angustia se vio aumentada por las dificultades económicas que tuvo que enfrentar en ese momento y por la falta de la contención habitual de su psicólogo. Algo de eso es lo que está atravesando ahora Milei. Pero esta vez ejerciendo la presidencia de Argentina.
La crisis nerviosa de Milei se agravó el domingo pasado, cuando la sorpresiva derrota de su aliado Flávio Bolsonaro lo obligó a ensayar una oscura operación de inteligencia para que el candidato que había triunfado en primera vuelta huyera de Brasil gracias a las gestiones del gobierno argentino y a la participación de una empresa de aviones privados que, tal como demostró Pablo Varela en PERFIL, recibió un crédito de más de un millón de dólares del Banco Nación. A Milei, como a muchos críticos de Lula —a quien el Presidente todavía no felicitó—, el traspié de Bolsonaro le generó una profunda zozobra.
El cuadro de estrés se ve exacerbado por una economía que no despega en Argentina. Los últimos datos del Indec mostraron que en agosto la actividad cayó un 1,7% frente al mismo mes de 2025 y apenas avanzó un 0,1% respecto de julio en la medición desestacionalizada. El estancamiento dejó a la economía al borde de una recesión técnica, que el mercado ya da por descontada. A ese panorama se suma el riesgo país, que cerró octubre en 787 puntos básicos, cerca de los 800. Un récord en lo que va del año. En ese marco, la recuperación pierde fuerza y el Gobierno enfrenta resultados muy diferentes de los que había prometido.
La gravedad también aumenta cada vez que Milei observa los datos de octubre sobre la caída de su aprobación en la opinión pública. Un relevamiento de Zuban Córdoba registró un 65,2% de desaprobación de la gestión, 1,6 puntos más que en septiembre. Por su parte, la Universidad de San Andrés midió un 60% de desaprobación de la gestión. Y Giacobbe & Asociados, que suele ser contratada por el oficialismo, calculó un 56% de imagen negativa de Milei. Los tres estudios muestran un predominio de las valoraciones negativas. Hay 6 de cada 10 argentinos que rechaza el rumbo de La Libertad Avanza. No son buenas noticias para Milei.
Cuando los resultados económicos decepcionan y aumenta la desaprobación del Gobierno, el temperamento presidencial deja de ser una cuestión de estilo: puede afectar la calidad de las decisiones. La pregunta central en este momento es poder dilucidar cuánto margen conserva Milei para corregir el rumbo si cada señal adversa es percibida como una agresión y cada crítica se transforma en un torrente de violencia. La deriva psicológica que señaló Sanguinetti adquiere así una dimensión mayor: la de un poder que necesita escuchar más, pero parece tolerar cada vez menos cualquier diferencia.