Persuadir y confundir: la trampa del tablero de dos
No se trata de mentir. Se trata de hacerle creer al adversario, y muchas veces al propio electorado, que el partido se juega en una cancha cuando en realidad se está jugando en otra.
Hoy, la mayoría de los que consumimos política estamos convencidos de que 2027 ya tiene forma. De un lado, Javier Milei y su proyecto de continuidad; del otro, Axel Kicillof como el gran ordenador del peronismo. Una elección de dos, una polarización perfecta, un tablero simple. Y justamente por eso, quizás, un tablero equivocado.
William Riker, uno de los grandes teóricos de la ciencia política norteamericana, acuñó un término que pocas veces aparece en el debate público: herestética. Con esa palabra definió el arte de estructurar una situación para ganar en ella. La retórica busca convencer al otro de que tenemos razón; la herestética busca algo más sofisticado, que es cambiar las dimensiones de la discusión para que el resultado nos favorezca antes de que el otro se dé cuenta de que las reglas cambiaron.
Dicho de manera sencilla: el político persuasivo gana el debate, pero el político herestético elige sobre qué se debate.
La polarización entre Milei y Kicillof funciona como un marco muy cómodo para ambos. Al oficialismo le permite ordenar a su electorado alrededor del miedo al regreso del kirchnerismo, y al peronismo le permite reagruparse frente a un enemigo claro. George Lakoff explicaba que quien impone el marco de una discusión ya ganó la mitad de ella. El problema es que, mientras los dos protagonistas se miran entre sí, en los costados empiezan a aparecer jugadores que no aceptan ese marco.
Durante meses se la leyó únicamente como una aliada del Gobierno, la jefa del bloque libertario en el Senado, una pieza más del esquema oficial. Pero su movimiento es más fino de lo que parece. Bullrich no discute el rumbo económico ni el programa de fondo; lo que ofrece es otra manera de llevarlo adelante. Menos estridencia, más previsibilidad, una relación distinta con los aliados y una imagen construida sobre la gestión antes que sobre la confrontación permanente.
Es la moderación que mantiene el plan. Le habla al votante que acompañó el cambio, que valora la baja de la inflación y el orden fiscal, pero que empieza a cansarse de los modos. Y lo hace sin romper, porque romper la convertiría en opositora, y su capital político está precisamente en no serlo del todo.
El segundo jugador también tiene nombre propio, y para muchos ya era parte del pasado: Sergio Massa.
Después de la derrota de 2023, buena parte del análisis político lo dio por terminado. Sin embargo, en las últimas semanas volvió a recorrer la provincia, a reunirse con intendentes y a dejar abierta, sin confirmarla, una candidatura presidencial. Su apuesta es simétrica a la de Bullrich, pero desde la vereda de enfrente: propone un cambio de plan respecto del Gobierno, pero acompañado de una modernización ideológica del peronismo. Un peronismo que deje atrás algunas de sus banderas más rígidas, que le hable al interior productivo y a la clase media, y que se presente como alternativa sin parecer un regreso.
Si Bullrich es la continuidad sin estridencias, Massa intenta ser la oposición sin nostalgia.
La paradoja es evidente. Mientras el sistema político y buena parte de los medios construyen una elección entre dos polos, los dos jugadores que más podrían alterar el resultado son precisamente los que se mueven hacia el medio de cada espacio. Bullrich puede disputarle a Milei el votante libertario cansado, y Massa puede disputarle a Kicillof el votante peronista que no quiere volver a 2019.
Murray Edelman sostenía que la política se presenta como un espectáculo en el que la ambigüedad no es un defecto, sino un recurso. Los liderazgos que no se definen del todo pueden ser leídos de distintas maneras por distintos públicos, y esa ambigüedad les permite crecer en territorios donde los candidatos más nítidos encuentran techo. Bullrich no dice que sí ni que no; Massa tampoco. Y en ese silencio calculado hay más estrategia que indecisión.
Por eso, quizás, la pregunta hacia 2027 no sea quién gana entre Milei y Kicillof, sino si la elección finalmente será entre ellos. La polarización le sirve a quien la protagoniza, pero también le sirve a quien espera en los márgenes, porque mientras los polos se desgastan en la confrontación, los que se mueven en silencio acumulan algo que en política vale tanto como los votos: la posibilidad de ser la sorpresa.
La política es el arte de persuadir, pero también el arte de hacer creer que el juego ya está definido mientras alguien, en otro lado del tablero, está cambiando las reglas.
Tal vez la gran confusión de este tiempo sea pensar que el futuro tiene solo dos nombres, cuando en realidad hay otros dos que todavía no los pronunciaron en voz alta.