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clarin.com · hace 11 horas · Clarin.com - Home

La batalla cultural está en otra parte

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La batalla cultural es una cortina de humo. La batalla real no se juega en las cadenas de X azuzadas por los amplificadores dogmáticos del verticalismo oficialista.

No se juega en las extravagantes maniobras para coproducir con Estados Unidos la huida de Flávio Bolsonaro, el fugitivo. Tampoco en las escenografías grandilocuentes de quienes se presentan como faros de una transformación económica, ni en la invocación vociferante de la escuela austríaca, ni en los puritanismos discriminatorios contra minorías por su orientación sexual, ni en los insultos lanzados con la furia de los frustrados.

Sin menospreciar los debates filosóficos ni la pugna de ideologías, hay fundamentos de la convivencia que están siendo arrastrados de los pelos por la ignorancia.

En los parajes más diversos, hasta la muerte misma arrasa con toda retórica política.

En San Nicolás, una alumna atacó a una profesora porque le pidió que dejara de utilizar el celular durante la clase. La golpeó, la tiró al suelo y la arrastró de los pelos. Ocurrió dentro del aula, delante de los otros estudiantes. La docente terminó hospitalizada. Alguien filmó la agresión. La clase quedó registrada como una escena de sometimiento. El éxtasis de la brutalidad moralmente analfabeta. La agresión rompe el espíritu de la escolarización.

La reacción ante una regla elemental, guardar el teléfono mientras se enseña, abre interrogantes que exceden la disciplina escolar. ¿Qué sucede cuando la pantalla desplaza la atención, cuando la conexión permanente parece tener más autoridad que la palabra de quien está al frente del aula? No se trata de demonizar la tecnología ni de atribuirle a un celular la causa de una agresión. Pero sí de advertir que, en esa escena, una norma mínima fue respondida con violencia física.

El desplazamiento desde el aprendizaje hasta el cordón umbilical con las pantallas explota como un volcán cuando se lo corta.

La derrota cultural ocurrió allí, en la imposibilidad de aceptar un límite y reconocer la autoridad legítima de otra persona.

En Corrientes, Nancy Estela Godoy, una maestra rural de 52 años, desapareció cuando se dirigía a trabajar en la escuela del inhóspito paraje de El Malezal. Su cuerpo apareció después de tres semanas de búsqueda. La mataron a puñaladas.

Son hechos de naturaleza radicalmente distinta. Una agresión escolar no es un asesinato, ni corresponde establecer entre ambos una relación causal. Pero las dos historias obligan a mirar la vulnerabilidad de quienes enseñan. Una profesora atacada en el aula y una maestra que debía atravesar caminos rurales, bañados y horas de traslado a caballo para llegar a una escuela aislada. Godoy había denunciado, además, el deterioro del establecimiento. La Justicia deberá determinar quiénes la mataron y por qué.

La batalla cultural perdida no consiste simplemente en la victoria de una ideología sobre otra, se dirime más profundamente, en el deterioro de las reglas que permiten vivir con otros.

Son las bibliotecas y las aulas. Pero están heridas por la hipnosis de las pantallas y por una adicción a la violencia que no cesa.

Los agitadores de la batalla cultural rimbombante y abstracta seguirán magnetizando aplaudidores. Sus consignas llegan a cada pantalla de San Nicolás, donde regular el celular puede desatar una erupción. A El Malezal, lejano y feroz, no llegan. No hay señal. La hiperconexión y el aislamiento.

A-dicción; lo que no se dice, aquello de lo que no se habla. Se enuncian eslóganes mientras la cotidianeidad bárbara queda en sombras, perdida en el fárrago de noticias efímeras.

La cultura profunda es un sistema de límites, una gramática de la convivencia. Empieza cuando no todo lo que se desea se hace, cuando la discrepancia no habilita la humillación y cuando la palabra puede reemplazar al golpe.

La escuela es uno de los lugares donde esa cultura se transmite. Allí alguien enseña a otro algo que todavía no sabe. Esa transmisión requiere una asimetría legítima. El docente tiene una responsabilidad y un saber que el alumno aún no posee. No es superioridad moral ni autorización para el abuso. Es una condición de la enseñanza. Cuando esa autoridad se confunde con autoritarismo, o se la considera prescindible, no aparece la libertad. Se impone la ley del más fuerte.

La libertad no consiste en hacer cualquier cosa en cualquier momento. También exige reconocer que el otro tiene derechos y que las reglas comunes no son una afrenta personal. Quizás una de las confusiones de nuestro tiempo sea haber confundido emancipación con ausencia de límites, irreverencia con desprecio y desacuerdo con enemistad.

No se puede exigir a los docentes que reparen por sí solos todos los deterioros sociales. No son policías ni custodios de su propia integridad. Requieren condiciones dignas y respaldo institucional. La escuela no puede sustituir a las familias, a la Justicia ni al Estado, ni funcionar como una isla de civilización abandonada a su suerte.

Por eso resulta tan desconcertante la distancia entre la grandilocuencia de proclamas culturales y la fragilidad de las instituciones que deberían hacer posible la cultura. Se anuncian batallas épicas por las ideas mientras se desatienden las condiciones concretas para transmitirlas. Se invoca la libertad, pero se olvida que, sin límites compartidos, la libertad del más fuerte se convierte en sometimiento.

La batalla cultural no se gana insultando al adversario ni proclamando victorias ideológicas. Se gana, si todavía cabe hablar en esos términos, cuando una sociedad puede transmitir conocimientos, proteger a quienes enseñan y sostener reglas que valgan también para quienes no quieren cumplirlas.

La cultura no se declama. Se transmite. Y transmitirla exige el profundo ejercicio pedagógico de reconocer al otro, de aceptar límites y de preservar su dignidad.

La batalla cultural está en otra parte. Está en el aula donde una profesora debe poder enseñar sin ser golpeada y en la escuela remota donde una maestra debe poder llegar, trabajar y regresar sin quedar expuesta a la violencia.

Si no podemos garantizar esas condiciones elementales, las grandes discusiones conceptuales serán apenas escenografías. Apariencias, que engañan.

Si los discursos de la política eclipsan la aberración de tantos hechos cotidianos, la cultura perecerá en el barro eterno de la demagogia.

Miguel Wiñazki

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