Cristina, Macri, Milei y Cuba: todo está y todo vuelve en el avión en el que huyó Bolsonaro
Cuando en medio de la noche y la selva misionera Flávio Bolsonaro se subió junto a su esposa y sus hijas al avión que le permitiría huir rumbo a los Estados Unidos, no se estaba subiendo sólo a un avión: se estaba subiendo a un compendio de veinte años de historia argentina. En ese Gulfstream G400, matrícula LV-JQW, volaban historias que remiten a Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Javier Milei e incluso la Cuba de los Castro. Y el propio Luiz Inácio Lula da Silva.
Ese avión es de la empresa Baires Fly, a la que el fiscal federal Franco Picardi señala como destinataria de millones y millones cobrados por servicios inexistentes. Picardi sostiene que Baires Fly blanqueaba dinero proveniente de presuntas coimas y sobreprecios de contrataciones de la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis). Este escándalo remite a Diego Spagnuolo, el examigo y abogado del presidente Milei. Y recuerda a Cristina y las 47.912 noches de hotel contratadas por Aerolíneas Argentinas y en las que nadie se alojaba.
A Cristina recuerda también Gustavo Carmona, dueño de Flyzar, transportista preferido de los Kirchner, del condenado ex secretario de Transporte Ricardo Jaime y también de Daniel Scioli, lubricada bisagra entre los años del kirchnerismo y el actual mileísmo: hoy es íntimo del ministro Juan Mahiques y proveedor principal de los vuelos privados del presidente de la AFA, Claudio Tapia, y de su tesorero, Pablo Toviggino.
La empresa de Carmona es también la que llevaba a los dirigentes, jueces y fiscales a la quinta de Toviiggino en Pilar y la que opera el Gulfstream G400 de Javier Faroni que, a un costo de 300.000 dólares, llevó a principios de este mes a Tapia a Zurich. Los bolsos y valijas que no se controlan existían entonces y existen hoy.
Las conexiones históricas en las empresas de taxis aéreos llegan también a los años de Macri, cuando el empresario Carlos Colunga -que lideró la empresa de taxis aéreos de la familia del ex presidente- se convirtió en el socio local de Germán Efromovich, el colombiano-boliviano-brasileño-polaco dueño de Avianca.
Era la "revolución de los aviones", una apuesta que despegó y luego aterrizó bruscamente con la llegada de Alberto Fernández a la presidencia y tiene en Fly Bondi el ejemplo de hasta qué punto el Estado deja desamparados a los usuarios. Fly Bondi, propiedad de Leonardo Scatturicce, empresario de gran cercanía al actual gobierno.
Diego Colunga, hijo de Carlos, se hizo fuerte en el mercado de los vuelos privados con Unidos Air, sociedad que compartía con David Yacobitti, hermano del vicerrector de la UBA, Emiliano Yacobitti, y Hernán Gómez, que es hoy el subsecretario de transporte aerocomercial. Colunga (hijo) llegó a ser parte del directorio de Aerolíneas Argentina, designado por el gobierno de Milei.
¿Son estos aviones necesariamente propiedad de los nombrados? "Esta industria está repleta de prestanombres, muchas veces son meros operadores, no los verdaderos dueños", dijo a Clarín un conocedor del mercado. "Y los dueños se lo dejan a un broker para hacerlos volar y recaudar".
Es así comprensible que Flávio Bolsonaro no tuviera demasiada idea acerca del avión al que se iba a subir, mucho menos de quiénes eran sus dueños. En la noche del lunes al martes pasado, él sólo quería escapar de forma segura.
Un día antes, hacia las ocho y media de la noche de este último domingo, Bolsonaro se fue de la sala principal de su casa, en la que seguía el recuento junto a una multitud de invitados. Ya sabía que había perdido con Lula y que el destino no era el Palacio del Planalto.
"Tomate un avión y salí ahora mismo", le dijo enfático el empresario e influencer Paulo Figueiredo, la mano derecha, el hombre que nunca se separa de Eduardo Bolsonaro en su vida en Estados Unidos.
Bolsonaro no quería irse. Había elaborado un plan de huida meses antes, pero, según "O Globo", lo había archivado al sentirse con un pie y medio en la presidencia. Horas después, cuando la policía le informó de que debía entregar sus pasaportes, el plan cambió: el excandidato presidencial de la derecha se encerró con dos abogados, Otto Medeiros y Tracy Reinaldet, para analizar qué hacer.
Horas después llegaron pesos pesados, entre ellos Tarcisio de Freitas, el gobernador de Sao Paulo. No huyas, le decían, pero tampoco hables de fraude.
En esas horas, según la periodista brasileña Bela Megale, se decidió apostar por la alternativa argentina y desechar una huida a través de Venezuela, algo impensable hasta el 2 de enero de este año, pero perfectamente lógico ahora con Delcy Rodríguez convertida en presidente títere de Donald Trump.
Llegó un momento en el que Flávio no respondió más a los WhatsApp. Estaba ya en plena zona de nadie, esas enigmáticas horas entre la salida de su mansión en Brasilia y la llegada a Puerto Iguazú. Cuando reapareció, con todo marchando de acuerdo al plan, según se jactaría el asesor Santiago Caputo, se subió con Fernanda, su esposa, Carolina y Luiza, sus hijas, ignorando algo que quizás le hubiera gustado saber acerca de ese Gulfstream de empresarios argentinos.
En diciembre de 2020, Lula, el hombre que le arrebató el sueño de poder, viajó en ese mismo avión a Cuba junto a parte de su familia. ¿De vacaciones? No, a grabar un documental dirigido por Oliver Stone. Avión ideológicamente más versátil no se consigue.
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