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infobae.com · hace 3 horas · Leo Piccioli

Dueño o inquilino de tu carrera

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—¿Vos sabés hace cuánto que estoy acá? ¿Cuántos pibes como vos vinieron, quisieron cambiar todo y se fueron con el rabo entre las patas? ¿Te creés distinto porque estudiaste más, porque entendés mejor, porque pensás? No te pago para que pienses. Acá las cosas se hicieron siempre así, se hacen así, y se van a seguir haciendo así.

Todos los que pasamos los 30 tuvimos un jefe que dijo alguna de esas frases. Y los que fuimos jefes, aunque nos duela, alguna vez quisimos decirlas.

Lo que ese jefe nunca dice, y es lo único cierto de todo el monólogo, es por qué puede hablarnos así: el puesto es de él, no nuestro. Tardé años en entenderlo, y no lo entendí en una oficina. Lo entendí en un departamento.

“El primer día tenés que hacer todos los cambios que quieras, así se amortizan en los años del contrato”, me dijeron cuando alquilé el primero. Decoré, compré muebles, agregué enchufes (nunca alcanzan) y me instalé.

Vencido el contrato, el dueño decidió dárselo a un hijo que había cumplido 21. Los muebles a medida no entraban en ningún otro lado.

Lo mismo sucede con nuestro trabajo. No es nuestro: es de la empresa. Firmamos un contrato desparejo. Los dos podemos terminarlo, pero el costo es completamente distinto para cada lado. El dueño del departamento nos puede quitar el lugar donde vivimos; el dueño de la empresa, el lugar donde trabajamos. Y están conectados: antes de alquilarnos, el propietario pregunta si hay alguien pagándonos un sueldo. Cada mes usamos una suscripción para pagar la otra.

Denise DiPasquale y Edward Glaeser, economistas de Harvard, publicaron en 1999 un estudio con el título “¿Son los propietarios mejores ciudadanos?” (Journal of Urban Economics). La respuesta fue que sí: participan más, cuidan más, invierten más en el barrio. Pero la explicación no es moral, es de horizonte. Buena parte del efecto desaparece cuando se controla cuánto tiempo la persona piensa quedarse. El que sabe que se queda arregla lo que se rompe. El que está de paso, no.

En el trabajo pasa lo mismo, con una diferencia: el horizonte no lo fija el contrato, lo fijamos nosotros. Y hay un inquilino que se lo acorta solo. Según Gallup, siete de cada diez empleados argentinos no están comprometidos con su trabajo: hacen lo mínimo. Todos conocemos a alguien que “hace la plancha”: dejó de proponer, dejó de arreglar, dejó de aparecer, y espera que lo echen para cobrar la indemnización. Lo contamos como picardía. Es lo contrario: es entregarle a otro la decisión más importante de nuestra carrera, la de cuándo termina, y pagar por eso con años a media máquina.

A veces la plancha es defensa: contra un jefe inconsistente, contra un trabajo sin sentido. Pero una defensa que dura años deja de proteger y pasa a ser la vida.

No es casualidad que nos salga así. En la escuela nos enseñaron a dejar todo como estaba “porque después viene el otro turno”, a cumplir reglas viejas “porque siempre se hizo así” y a pedir permiso para todo. Nos enseñaron que estábamos de paso, y no solo en la vida: en nuestra propia vida. Salimos formados para alquilar.

Ser inquilino de la carrera es hacer bien la tarea y dejar que otro decida el futuro.

La reacción fácil es “entonces hay que tener un negocio propio, emprender”. Pero la propiedad que importa no está en la escritura.

Los psicólogos organizacionales le pusieron nombre: propiedad psicológica. Sentir algo como propio aunque legalmente no lo sea. En 2021, Yucheng Zhang y cuatro colegas publicaron en el Journal of Management un meta-análisis titulado “Propiedad psicológica: un meta-análisis y comparación de múltiples formas de apego en el trabajo”, que reúne 141 estudios de dos décadas. Encontraron que ese sentimiento predice el desempeño mejor que el compromiso con la empresa o la identificación con ella. Y describen cómo se construye: controlando lo que hacemos, conociéndolo a fondo e involucrándonos. Sin título de propiedad. Con decisiones.

Otro estudio, de Alexander Hamrick, publicado en 2024 en el Journal of Organizational Behavior con un título que lo dice todo, “¡Es mi negocio!”, agrega el dato incómodo: quien se siente dueño de su trabajo rinde más en el puesto y, a la vez, tiene más intención de irse a emprender. Los dos efectos juntos. El contrato desparejo, visto desde el lado del empleado.

Trabajamos por tres cosas: dinero, desarrollo y diversión (mi modelo 3D). El sueldo paga la primera. Las otras dos no las paga nadie: las decidimos nosotros. Como escribí en “Soy Solo”, nadie más es responsable de nuestro desarrollo.

Se había roto, por enésima vez, un caño viejo del edificio. Nadie hacía nada porque el agua caía solo en su departamento, y ella no podía reclamar con fuerza: no era la dueña. Hasta que entendió que “aguantar” la vida, sea en la casa o en el trabajo, no era una opción sana. Bajó al sótano, cerró la llave de paso general del edificio y dejó un cartel explicando el motivo. Esa misma tarde entró a un portal inmobiliario. No para alquilar.

Lo importante no es que se fue. Es que no esperó a que la dueña o el consorcio decidiera por ella.

Sí, ya sé: la Argentina cambia las condiciones cada seis meses. Justamente por eso. En un país donde el dueño del edificio cambia las reglas seguido, ser inquilino de la propia carrera es doblemente caro.

Sí, ya sé: el que vive de su sueldo no puede darse el lujo de elegir. Justamente. Ser dueño es la única inversión que no pide capital, y por eso rinde más al que menos tiene.

No significa renunciar mañana, ni emprender, ni tener plata para mandar a todos al demonio. Significa tomar decisiones antes de que las circunstancias las tomen por nosotros. Preguntarnos si estamos aprendiendo, si nuestro valor aumenta, si estamos haciendo algo que dentro de tres años alguien querrá pagar, si seguimos ahí porque elegimos seguir o porque todavía nadie decidió otra cosa.

Cambiar de actitud no garantiza que nos vaya bien, pero quedarnos de inquilinos garantiza que no.

Nos enseñaron que comprar es bueno, que “conviene”, que alquilar es tirar la plata. Pero conviene según el precio del alquiler, la tasa del crédito, cuánto rinde nuestro dinero en otro lado y, sobre todo, según nuestras emociones. Hay quienes duermen mejor sabiendo que la casa es suya y quienes duermen mejor con la libertad de mudarse cuando quieran.

Con el trabajo pasa lo mismo. Emprender está de moda, como comprar. Pero conviene según el sueldo que dejamos, el capital que tenemos, el riesgo que toleramos y, sobre todo, según quiénes somos. Hay quienes duermen mejor cobrando un sueldo todos los meses y quienes duermen mejor sin jefe. La matemática importa; la tranquilidad también. Y ninguna de las dos opciones nos hace dueños o inquilinos: eso lo decide la actitud, no el contrato.

El sueño de todo independiente es tener una entrada fija, y el de todo empleado, libertad. Quizás la respuesta esté en el medio: cobrar como inquilino y decidir como dueño.

El dueño hace con sus horas lo que un buen CEO hace con su empresa: elimina lo que no sirve, automatiza lo repetitivo, terceriza lo que otro hace mejor (EAT), y con el tiempo que libera invierte en lo único que es suyo.

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