Paris sigue siendo una fiesta… revolucionaria
El autor observa en perspectiva lo que sucede en Francia: ni invasión ni islamización. “El país con un Estado social desarrollado y una tradición republicana”, tiene dificultades para traducir esas promesas en oportunidades equivalentes para todos”.
Mi oficina está a unos 150 metros de la plaza de la República, en París. Desde mi ventana vi a miles de personas de distintas edades y orígenes bajar por las calles, salir del subte y entonar cánticos revolucionarios. Había jóvenes, trabajadores y jubilados. Una Francia que protesta, como tantas veces lo hizo a lo largo de su historia.
También presencié enfrentamientos con la policía, la actuación de los black blocs, las detonaciones de granadas policiales y los incendios que iluminaban las calles.
Pero para comprender lo que sucede en Francia no alcanza con estar allí. Hay que tomar distancia, prendre du recul, como dicen los franceses. Sobre todo, evitar confundir una fotografía con la película.
Las movilizaciones comenzaron con reclamos estudiantiles sobre las condiciones de enseñanza y las desigualdades entre establecimientos. Progresivamente se sumaron otras reivindicaciones: el costo de vida, las oportunidades económicas y la capacidad de las instituciones para responder a las demandas sociales.
Se habla de invasión, islamización o inmigrantes que destruyen Europa, como si la violencia callejera fuera necesariamente la expresión de una amenaza extranjera"
El 17 de octubre, cientos de miles de personas se manifestaron en distintas ciudades francesas. Los enfrentamientos y saqueos ocuparon buena parte de las pantallas. Su repetición terminó desplazando una contradicción más profunda: Francia, una de las mayores economías del mundo, con un Estado social desarrollado y una tradición republicana fundada en la igualdad, encuentra dificultades para traducir esa promesa en oportunidades equivalentes para todos.
En este contexto, me inquieta observar cómo algunos comentaristas argentinos interpretan los acontecimientos franceses. Se habla de invasión, islamización o inmigrantes que destruyen Europa. Como si la violencia callejera fuera necesariamente la expresión de una amenaza extranjera y no un fenómeno que también debe comprenderse a partir de las tensiones internas de la sociedad francesa.
Fraternidad como reconocimiento recíproco entre ciudadanos que aceptan pertenecer a una comunidad política, con derechos, responsabilidades y reglas comunes"
La operación resulta curiosa: ciudadanos que protestan en Francia son presentados como extranjeros que actúan contra ella. El conflicto deja entonces de ser una cuestión política para convertirse en una supuesta incompatibilidad cultural. Si, Francia es una sociedad multicultural. Millones de inmigrantes y sus descendientes han transformado su composición social. Esa realidad no va a desaparecer.
La cuestión no consiste en imaginar un regreso a una Francia culturalmente homogénea, sino en preguntarse cómo construir reglas comunes para la sociedad que existe.
Aquí aparece una paradoja. Muchos jóvenes percibidos como extranjeros son franceses. Y cuando participan de una manifestación, interpelan al poder o reclaman igualdad de oportunidades, están ejerciendo derechos y apropiándose de una tradición política profundamente francesa. ¿No constituye esa participación, además de una expresión de descontento, un posible indicio de integración política?
Naturalmente, manifestarse no demuestra que el modelo de integración funcione satisfactoriamente. Tampoco permite confundir las reivindicaciones pacíficas con los saqueos o la violencia. Pero obliga a considerar una hipótesis distinta de la que anuncian los agoreros de la catástrofe: una sociedad puede experimentar conflictos precisamente porque sus ciudadanos se reconocen con derecho a participar de un mismo espacio político.
Para algunos, la República significa autoridad, seguridad y respeto de las reglas. Para otros, igualdad de oportunidades y justicia social. Los primeros hablan de orden. Los segundos, de justicia. Ambos hablan de República. El orden es indispensable. Los comerciantes cuyos negocios fueron destruidos también tienen derecho a exigir protección.
Pero restablecer el orden no alcanza para reconstruir la confianza. Una democracia no se define por la ausencia de conflictos, sino también por su capacidad para transformarlos en deliberación, negociación y acuerdos colectivos.
Quizás por eso convenga no confundir desorden con desintegración. Lo que algunos interpretan como el fracaso definitivo del modelo multicultural europeo podría revelar las dificultades de sociedades que todavía busca las condiciones de la buena convivencia en el marco de profundas transformaciones demográficas. El debate puede ser interesante…
Sin embargo, el 17 de octubre se vio otra cosa: Francia (y Europa?) sigue siendo revolucionaria. Y tal vez el debate más interesante es el del desafío de no olvidar el principio republicano generalmente olvidado: la fraternidad. No entendida como obligación de compartir una misma cultura, sino como reconocimiento recíproco entre ciudadanos que aceptan pertenecer a una comunidad política, con derechos, responsabilidades y reglas comunes.
La próxima revolución francesa quizás no consista en derribar un régimen, sino en aprender, finalmente, a convivir.