La revolución económica de León XIV
Hay momentos “bisagra” en la historia en los que el progreso tecnológico obliga a la humanidad a detenerse, aunque sea un instante, para reflexionar sobre el rumbo a seguir.
A pocos días de la llegada del Papa León XIV a nuestro país y habiendo cuestionado a toda la sociedad con una encíclica muy profunda y humanista sobre la inteligencia artificial, resulta una ocasión precisa para detenernos y pensar en el rol que le queremos dar a esta gran herramienta. Se trata de un desafío, pues el avance de la ciencia no debe ser detenido, aunque enfrentamos una mayor responsabilidad sobre su utilización.
En su encíclica Magnifica Humanitas, León XIV nos deja varias enseñanzas, y nos invita a la acción al señalar que “la IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar”. Frente a un escenario en el que “existe a menudo un desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran la conciencia, las normas, los controles y las instituciones capaces de gobernar sus efectos” es nuestra responsabilidad repensar los desafíos y definir sus límites, sin que eso implique poner un freno a la innovación. Por cierto, estamos en un período de aprendizaje, haciendo camino al andar.
Esta aceleración de la innovación nunca antes vista en la historia nos obliga a replantear los viejos paradigmas para poder diseñar nuevos que permitan mejorar la calidad de vida de nuestra sociedad.
Es aquí donde el aporte de León XIV se vuelve más urgente, pues se inscribe en esa tradición de pensamiento que busca poner los avances de cada época al servicio de las personas. Su importancia trasciende el ámbito religioso: plantea una cuestión fundamental para las sociedades contemporáneas, sus instituciones democráticas y sus sistemas económicos.
¿Quién controla el poder cuando la tecnología comienza a intervenir en decisiones que afectan la vida de millones de personas? La respuesta es inequívoca: la inteligencia artificial debe permanecer siempre bajo control humano. La tecnología puede asistir, ampliar nuestras capacidades y mejorarlas, pero nunca reemplazarnos.
Los efectos del cambio tecnológico sobre el empleo dependen no sólo de cuánto se automatiza, sino también de su capacidad para crear nuevas tareas en las que el trabajo humano conserve valor económico, como se advierte en estudios de Daron Acemoglu.
En este sentido, el Pontífice nos recuerda que “el trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana”. De este modo, surge la necesidad de preguntarse hacia dónde orientar la innovación. Pensar las políticas públicas en un formato de discusión dicotómica del tipo “IA sí/IA no”, no contribuye a la construcción del futuro.
Más conducente es pensar bajo qué criterios evaluamos esta nueva tecnología como potenciador del desarrollo humano integral, teniendo presente que ”el acceso al trabajo debe seguir siendo un objetivo prioritario de las políticas públicas y los procesos económicos”.
De allí que, es importante entender el gran combo de probabilidades que abre esta nueva etapa. Al respecto, León XIV nos alerta que los sistemas de IA “tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias.”
Más aun, esta revolución también nos plantea un desafío distributivo. Sus beneficios pueden elevar la productividad y generar nuevas oportunidades, pero sus costos y ventajas no necesariamente se distribuyen de manera equitativa.
Por eso, una política pública responsable debe promover la capacitación, la reconversión laboral, el acceso amplio a las nuevas herramientas y la participación de los trabajadores en los procesos de transformación productiva.
La advertencia de León XIV interpela a todos los protagonistas de esta transformación. A los científicos y desarrolladores, para que incorporen desde el diseño criterios de seguridad, transparencia y respeto por los derechos fundamentales. A las empresas, para que no confundan la rentabilidad con la ausencia de límites.
A los gobiernos, para que “pavimenten” el camino hacia su incorporación al mundo del trabajo. A las universidades, para que formen profesionales capaces de comprender tanto las posibilidades técnicas como las implicancias éticas de sus decisiones. Y a los ciudadanos, para que no aceptemos pasivamente que una respuesta producida por una máquina sea necesariamente correcta o que una decisión automatizada sea imposible de cuestionar.
Por eso, debemos dejar que la creatividad avance, pero en el camino de la transformación debemos repensar lo que se debe delegar y lo que no. El control de los procesos debe ser del humano. Debe plantearse una agenda sobre cómo transitamos el mientras tanto, teniendo presente que la clave está en no delegar el pensamiento crítico, que es claramente “lo” humano, así como lo son otros atributos que diferencian al hombre; el más distintivo es la pasión que ponemos en nuestras tareas diarias, que jamás podrá ser reemplazada por la IA.
El desafío de nuestra época no consiste entonces en elegir entre desarrollo tecnológico y valores humanos. Consiste en asegurar que el primero fortalezca los segundos.
Así, debemos favorecer la innovación, pero planteándonos la tan importante pregunta de hacia dónde, para qué y cómo. El objetivo final debe ser el desarrollo humano integral. Ponernos en el centro a nosotros, las personas. Magnífica humanidad.
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