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clarin.com · hace 4 horas · Clarin.com - Home

Calidad de las elites: cuesta abajo en la rodada

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¿Cuánto tuvo que ver la calidad de la elite con el débil crecimiento argentino de las últimas décadas? ¿Se creó acaso menos riqueza social de la que se hubiera podido?

La investigación Elite Quality Report, hecha por medio centenar de profesionales y patrocinada por la Universidad St. Gallen de Suiza, analizó esta cuestión a escala local y global. Los resultados para la Argentina son poco satisfactorios y disparan interrogantes sobre el presente y el futuro de nuestro país.

El trabajo define como elite a quienes manejan los negocios que generan mayores ingresos a partir de los recursos humanos, financieros y tecnológicos que están disponibles. Y que, según su desempeño y su contribución social, pueden o no impulsar el máximo desarrollo de una nación.

Esta caracterización de elite no se ajusta a los conceptos clásicos de Pareto, Bobbio y Bourdieu, entre otros. Tampoco coincide con las posturas de quienes aseguran que los sectores privilegiados han perdido peso frente a una diversidad de grupos de interés que compiten en condiciones casi iguales.

Sin embargo, hay un punto de encuentro. El trabajo advierte que, en los tiempos actuales, la capacidad de influir en decisiones y regulaciones relevantes reside, ante todo, en actores sociales que concentran el mayor poderío político, económico y empresarial.

La importancia de la actitud y las ideas de elites empresarias ha sido ampliamente estudiada. El historiador David Landes señaló, por ejemplo, que la aversión por la modernidad de los industriales holandeses fue una de las causas del atraso de los Países Bajos frente a Inglaterra en el siglo XIX. Y sostuvo que el rezago británico ante EEUU se debió en gran parte a que sus emprendedores cedieron la iniciativa tecnológica y productiva a inicios del siglo XX.

En Argentina, la mayoría de los líderes del sector privado que entrevisté hace años para Las ideologías del poder económico (Edhasa) expresaron, por ejemplo, su desazón por no haber volcado toda su influencia para sostener el Plan Austral en los años 80. También lamentaron no haber reclamado con más fuerza una corrección de la convertibilidad hacia 1997, cuando hubiera sido menos traumática.

La investigación de St. Gallen, editada recientemente, califica a los países y a sus élites sobre la base de cuatro elementos principales. El primero mide si las firmas de primera línea, en un marco de estrictas reglas de juego, generan riqueza para la sociedad a través de productos, innovaciones y empleos. El segundo evalúa si unas pocas compañías dominan los mercados sin dejar competir a nadie, o si existen espacios para nuevos emprendedores.

Los otros dos examinan, por un lado, la inversión de los gobiernos en las áreas de educación y servicios públicos. Y, por el otro, en qué medida se manipulan las leyes, la justicia y los contratos para beneficio de las elites o para favorecer a sus amigos, mediante prácticas corruptas y normas específicas.

Con estas herramientas, los autores cruzan diversos indicadores económicos y establecen comparaciones entre las denominadas élites de alta calidad -que crean valor de forma constante- y las de baja calidad, que se apropian o extraen más valor del que aportan. En otras palabras, entre las que sobresalen por agrandar el pastel económico y las que se quedan con la porción más grande.

El ranking es encabezado por Singapur, EEUU y Japón. Luego, aparecen las elites de Suecia, Alemania, Corea del Sur, China y Australia. Argentina, en cambio, se ubica en el puesto 104 entre 151 países evaluados. Bastante por detrás de Chile, Uruguay y Brasil. Con el agravante de haber descendido 34 lugares en los últimos tres años.

Es decir, un rendimiento distante de los éxitos logrados en el pasado inmediato por la estatal INVAP en la fabricación de reactores nucleares, los estudiantes secundarios de escuelas públicas en las Olimpíadas de Informática y el elenco nacional en los mundiales de fútbol y hockey. Pero llamativamente cercano a los deficientes resultados en las pruebas PISA.

El estudio destaca tres causas que explicarían esa floja actuación. Un pacto implícito de las elites económicas y políticas para garantizar sus posiciones, asignar recursos y capturar rentas fiscales y extractivas. La incapacidad para traducir esta influencia en inversiones productivas y en la creación de valor a largo plazo, lo que genera, entre otras consecuencias, una fuga permanente de cerebros. Y un régimen de impuestos que castiga el consumo, mientras favorece a quienes gozan de protección y privilegios.

Valdría la pena reflexionar acerca de por qué las élites argentinas presentan estas características a diferencia de otras. ¿Serán producto de lo vivido en las últimas dictaduras? ¿De las dificultades para alcanzar grandes consensos después? ¿O por la falta, quizá, de instituciones inclusivas?

Por lo pronto, su ombliguismo, por así llamarlo, suele quedar en evidencia cuando parte de sus integrantes acepta sin objeciones que las máximas autoridades sostengan que los grupos empresarios que consideran prebendarios, en vez de reconvertirse, tendrían que quebrar.

También cuando miran para otro lado ante la desinversión en rutas nacionales y en el sistema educativo y científico, pilares de la competitividad. O toleran la represión de los jubilados que reclaman mejoras en el haber mínimo y en su obra social.

Pobre individualismo, sentenció Borges en 1946 refiriéndose a nuestra relación con la sociedad, el Estado y la vida pública. Apenas ocho décadas atrás.w

Eduardo Sguiglia

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