América latina vive más, ¿estamos preparados para cuidar mejor?
A todos nos llega un momento en la vida en el que ir al médico deja de ser algo ocasional. Las consultas se vuelven más frecuentes, los medicamentos forman parte de la rutina y las enfermedades dejan de ser episodios aislados. Entonces surge una pregunta que va más allá de lo individual: ¿están preparados nuestros sistemas de salud para cuidar a una población que vivirá más años y necesitará atención durante períodos cada vez más prolongados?
Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en 2025 la región contaba con alrededor de 98,1 millones de personas de 60 años o más, equivalentes al 14,7 % de la población. Para 2050, esta cifra podría alcanzar los 182,7 millones.
El envejecimiento poblacional refleja uno de los mayores avances sociales y sanitarios de las últimas décadas. La esperanza de vida en América Latina pasó de unos 50 años en 1950 a 75,6 años en 2020. Millones de personas han ganado años de vida que generaciones anteriores difícilmente habrían alcanzado.
Este progreso merece celebrarse, pero también exige nuevas respuestas. Vivir más implica, en muchos casos, necesitar controles médicos frecuentes, seguimiento de enfermedades crónicas, medicamentos, rehabilitación y acompañamiento continuo. La atención sanitaria deja de ser una respuesta puntual y se convierte en un proceso que debe sostenerse a lo largo del tiempo.
Durante décadas, los sistemas de salud se han centrado en atender la enfermedad cuando aparece, especialmente cuando se convierte en una urgencia. Sin embargo, una sociedad que envejece necesita algo más que hospitales capaces de responder a las crisis: requiere sistemas que prevengan complicaciones y acompañen a las personas antes, durante y después de ellas.
Una persona que convive durante años con hipertensión, diabetes u otras enfermedades crónicas necesita seguimiento y continuidad, no solo atención cuando su estado empeora. Necesita profesionales que conozcan su historia clínica y puedan actuar antes de que una complicación se convierta en una emergencia.
Por eso, el desafío no consiste únicamente en construir más hospitales o ampliar los servicios de urgencias. La atención primaria en salud debe ocupar un lugar central, con centros cercanos a la población, capaces de prevenir, realizar seguimiento y garantizar la continuidad asistencial.
Comprender los cambios demográficos es fundamental, pero identificar que la población envejece constituye solo el primer paso. El siguiente es adaptar los sistemas sanitarios a las nuevas necesidades.
El envejecimiento avanza a distintos ritmos en una región marcada por profundas desigualdades territoriales. No es lo mismo envejecer en una gran ciudad, donde se concentran los servicios especializados, que hacerlo en una zona rural, donde acceder a ellos puede exigir largos desplazamientos.
A medida que aumente la población mayor, estas brechas podrían profundizarse. Las diferencias en el acceso a la atención no serán únicamente un problema organizativo: también condicionarán las posibilidades de envejecer con salud, autonomía y dignidad.
Por eso, los gobiernos latinoamericanos deben fortalecer la atención primaria como eje de su respuesta al envejecimiento. Esto significa acercar los servicios a las comunidades, garantizar el seguimiento allí donde viven las personas y evitar que el acceso a una atención continua dependa de llegar a un hospital.
Ronald Cañarte es Médico, Magíster en Salud Pública, Especialista en Gerencia Hospitalaria y Administración de Hospitales, de Ecuador.
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