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perfil.com · hace 1 hora · Selva Almada

Nomadismo

Selva Almada

Hace varias semanas que estoy viajando. Vuelvo a mi casa una o dos noches y parto de nuevo. Duermo más en otras camas que en la mía. En habitaciones lindas de hotel, en habitaciones feas de hoteles con olor a humedad, en camas simples que me hacen pensar que soy chica de nuevo, en camas amplias y sábanas acartonadas, con almohadas cómodas y almohadas incómodas. En una cabaña de madera con una ventana por la que se ve una vieja combi arrumbada en el fondo y, cruzando la calle, un descampado con un caballo. Desayuno buen café, mal café. Mate con chipá recién horneado. Tomo un avión y corro por un aeropuerto enorme donde nunca estuve para alcanzar el siguiente. Camino por días espléndidos de sol, oyendo una lengua extraña que, sin embargo, tiene algunas palabras iguales al castellano. Cruzo a pie un puente sobre el río Vistula. Cruzo en auto sobre el río Paraná. Cruzo en barco sobre el Río de La Plata: encrespado por el viento, oscuro. En la radio escucho a un hombre que habla de las inundaciones en Entre Ríos y dice que el río (el Uruguay en este caso) se está hinchando. Lo dice por la crecida, aunque también podría entenderse como que se está fastidiando. Tomo cerveza barata en una cantina de estudiantes en el barrio Praga. Tomo cerveza en una fábrica en una de las aldeas alemanas de mi provincia. Ceno en la casa de un amigo en Concordia. Como pirogui de carne y repollo fermentado. Comparto un ojo de bife con una amiga en Rosario. Almuerzo en un bar de leche en Varsovia y me desencanto porque esperaba otra cosa. Duermo con Naty en una habitación sin ventanas y me quejo y nos dan otra con balcón a la calle. Llueve en la ruta, llovizna casi siempre, el cielo está encapotado. Tomo litros de mate. En Montevideo compro yerba porque me olvidé de llevar y busco un tutorial en YouTube para entender cómo se prepara el mate con esa yerba sin palo para que no se tranque la bombilla. Armo y desarmo la maleta a cada rato. En mi casa, dejo la ropa sucia y pongo ropa limpia. En los hoteles cuelgo los sacos y las camisas. Me compro medias, un desodorante, un acondicionador, un dentífrico, cosas que me olvido. Me baño en duchas de agua generosa y caliente y en duchas de chorro tibio. En cubículos vidriados donde apenas puedo moverme y en baños donde hay que pasar de costado entre el lavamanos y la mampara. De lo del poeta Juan Meneguín traigo unas orquídeas y estoy el tiempo suficiente en mi casa como para atarlas al tallo nudoso de la bignonia del patio que se fue para arriba con todas sus hojas y sus flores y abajo deja a la vista sólo ese esqueleto leñoso. Las cuelgo al lado de las otras que traje, en julio, de la casa del poeta Rodrigo Galarza. Pienso que ahí puedo armar un rincón de orquídeas de poetas y bautizarlas con sus apellidos. ¿Tal vez ponerles un cartelito como en los viveros? ¿Tal vez un verso de cada uno también? Ceno en la nueva casa de mi amiga montevideana, vuelvo a ver a dos de sus hijos que crecieron muchísimo desde la última vez hará ¿cuánto? quizá ocho años; conozco a sus amigas; su gata Mérida se parece a la Ceniza. Con mi editor pasamos en auto por Durazno y Convención y hablamos de Jaime y de Cabrera. En lo de mi amiga hablamos de la muerte de Rada, con su hija fueron al velorio. Alguien dice que ahora los argentinos también queremos apropiarnos de Rada y me da un poco de vergüenza. Digo que igual soy entrerriana o sea casi uruguaya, y que a Rada lo queremos mucho, que venía al país a cada rato.

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