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infobae.com · hace 3 horas · Luis Naidenoff

Libertad de prensa: de los juicios populares K a la hoguera libertaria

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La tentación del poder de establecer límites a la libertad de prensa no es una novedad en la Argentina. Atraviesa gobiernos de distinto signo y se renueva en cada época con inéditos instrumentos. La razón es sencilla: el periodismo incomoda al poder porque indaga, investiga, pregunta, y destapa verdades que de otra manera quedarían ocultas.

Esa incomodidad es parte de su función esencial y hace al corazón de la democracia. No son pocas las causas que alguna vez escandalizaron a la opinión pública y que hoy tienen respuesta judicial gracias a investigaciones periodísticas que el acusado o sus defensores intentaron desacreditar.

Durante el kirchnerismo, la confrontación con los medios llegó a convertirse en una política de gobierno. La pauta oficial se administró como premio y castigo. Hubo periodistas sometidos a un “juicio ético y político” en Plaza de Mayo, quienes hasta tuvieron que llegar a reclamar públicamente por su derecho a preguntar. Frente a cada uno de esos episodios, quienes formábamos parte de un espacio republicano alzamos la voz, convencidos de que estaba en juego uno de los pilares del sistema democrático.

Hoy, aquellos tiempos se reeditan, y con mayor intensidad. Según el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), 2025 cerró con 278 agresiones contra la prensa, la cifra más alta desde que la entidad inició su monitoreo y muy por encima del pico registrado en 2013, en pleno kirchnerismo. Lo más grave es que el informe identifica al propio Presidente de la Nación como el principal responsable de esos ataques. Javier Milei prescindió de la pauta oficial de la administración nacional como herramienta de disciplinamiento, pero encontró en el agravio público un mecanismo acaso más eficaz. Lo hizo bajo una consigna que él mismo se encargó de difundir: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.

El viernes pasado, ese discurso dio un paso más. En la cena anual de la Fundación Faro, nombró uno por uno a diferentes periodistas y profesionales insultándolos únicamente por haber sido parte de una investigación en el marco de la causa $LIBRA, en la cual el presidente obtuvo un fallo favorable.

Aún así, Milei arremete contra aquellos que fueron críticos al punto de afirmar que “se tienen que quemar en la hoguera”. Esto no se puede leer como un exabrupto más, o justificarse simplemente con que ‘así son sus formas’, o que el personaje es así, irreverente y disruptivo. El problema no se agota en el tono. Cuando un presidente ataca a un periodista con nombre y apellido, no está refutando un argumento ni discutiendo una nota. Está señalando a una persona y marcándola ante miles de seguidores y cuentas militantes que se ocupan del resto.

Cuando a ese señalamiento se le suma la imagen de la hoguera, ya no se trata de una crítica al trabajo periodístico, sino de una exposición deliberada y llamado a la agresión contra quienes lo ejercen. Son periodistas cuya única falta fue hacer su oficio: investigar al poder.

¿Cómo se llegó a este punto? Por acumulación. Cada agravio resultó un poco menos escandaloso que el anterior: primero un periodista, luego otro, después otro más. Así se fue instalando la idea de que un triunfo electoral bajo la bandera de lo disruptivo suspendía las reglas que hasta ayer considerábamos innegociables.

Por eso este es, ante todo, un llamado a la dirigencia política, y en particular a quienes compartimos durante años aquellas banderas. Yo soy parte de la Unión Cívica Radical, que construyó con otras fuerzas un espacio republicano en el que alzamos la voz cada vez que el kirchnerismo intentó amedrentar periodistas y llevarse puesta la libertad de prensa. Si estuvimos a la altura en aquel entonces, no podemos guardar silencio frente a la hoguera de hoy.

La indignación selectiva no es una posición republicana. Si la vara cambia según quién gobierna, nunca fue una convicción. La defensa de la libertad de prensa no puede depender de quién ocupe la Casa Rosada ni de cuánto nos guste su agenda.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿cuál es el límite? ¿Cuántos nombres más deben sumarse a esa lista para que la política vuelva a pronunciarse con la misma firmeza de entonces? ¿Hasta dónde tiene que llegar la agresión del propio Presidente o de quienes motivados por su ejemplo se sientan habilitados para hacer del odio una realidad que trascienda lo discursivo?

No nos resignemos a naturalizar estas cosas. Las formas hacen al fondo. Cuando un presidente se refiere de este modo al periodismo, traza una línea peligrosa, que deslegitima pilares fundamentales de la democracia al generar un clima de hostilidad hacia cualquiera que pretenda alzar una voz crítica.

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