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infobae.com · hace 3 horas · Gonzalo Arias

El relato no llega a fin de mes

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A tres años de la llegada al poder de Javier Milei, y a tan solo unos meses para que comience la carrera electoral que definirá el destino del experimento libertario, el presidente y su círculo más cercano enfrentan un dilema que, por ahora, no encuentra ya no solo una solución óptima sino siquiera una consensuada: cómo reaccionar y actuar cuando la realidad desmiente al relato.

Un dilema que no solo azuza las siempre latentes y descarnadas internas libertarias sino que también tensiona una relación con los gobernadores y aliados que cada vez es más necesario encauzar para blindar política y parlamentariamente a un gobierno que no logra reactivar una economía que impacta negativamente cada vez más en los sensibles bolsillos de los votantes.

Mientras los gobernadores observan con preocupación lo que perciben como flagrantes heridas autoinfligidas por el propio oficialismo y comienzan a impacientarse ante negociaciones y acuerdos que no terminan de definirse y generan mayor incertidumbre electoral, hacia el interior del gobierno ya asoman algunas grietas.

La combinación entre dogmatismo económico y pragmatismo político comienza a evidenciar sus limitaciones ante la cuenta regresiva para el proceso electoral. En el plano político, el gobierno consigue algunas victorias pírricas en el Congreso, aunque acumulando desgaste, pagando costos evitables y demorando los acuerdos de gobernabilidad con los mandatarios provinciales. Y, frente a la constatación de que la economía no estuvo -ni estará el año próximo- a la altura de los vaticinios y pronósticos alimentados por el propio oficialismo, Milei y su equipo económico no solo responden con mayor ensimismamiento y endurecimiento, sino que ensayan discursos delirantes que evidencian un profundo desacople con la realidad.

Ante la caída de la actividad y el probable ingreso -con las proyecciones de septiembre- a un escenario de recesión técnica, Milei llama a ignorar los índices desestacionalizados porque “dan cualquier cosa”. Si sube el índice de inflación culpa al petróleo, y si bajan los precios mayoristas vaticina el inminente derrumbe de los minoristas. Festeja en Estados Unidos la caída del riesgo país pese a que viene subiendo día a día. Se burla de las cifras que dan cuenta de la destrucción del empleo festejando el cuentapropismo y la informalidad.

Una actitud de permanente negación que tuvo una manifestación explícita durante la visita de Milei a Neuquén de la pasada semana, donde no solo volvió a relativizar las dificultades de los sectores de la sociedad que no llegan a fin de mes, sino que ensayó una desmentida que da cuenta de la literalidad y rigidez con que el presidente aborda la realidad: señaló que se trata de una “pelotudez del tamaño de una casa”, ya que si se quedan sin dinero el día 20, “¿cómo hacen para vivir 10 días sin comer ni beber?”.

Más allá de la preocupante literalidad con que Milei analiza una acuciante realidad que atraviesan cada vez más argentinos, y de la habitual denuncia de supuestos intentos golpistas, reacciones de la casta u operaciones de periodistas ensobrados, preocupa la negación presidencial de fenómenos que vienen creciendo exponencialmente ante la falta de disponibilidad de ingresos suficientes para afrontar los gastos fijos de la vida cotidiana: el endeudamiento bancario y no bancario, el financiamiento con tarjetas de crédito, el consumo de ahorros, o el recorte de gastos esenciales en educación o salud, entre otras herramientas que compensan la insuficiencia de los ingresos actuales con el compromiso de ingresos futuros.

No llama la atención, en este contexto en donde prima la intransigencia ante las voces críticas, la negación y la irritación ante las estadísticas, y las sospechas de presuntas conspiraciones ante el señalamiento del deterioro del clima social, que comiencen a aparecer posicionamientos diferenciales hacia el interior del propio oficialismo, como el caso de Patricia Bullrich, quien no solo reclama ajustes en el modelo para recuperar el consumo y mejorar los ingresos, sino que señala la necesidad de mostrar mayor empatía y comprensión con quienes padecen la situación actual.

Así las cosas, un Milei que se aferra dogmáticamente a su programa económico con la absurda creencia de que serán solo las fuerzas del mercado, operando libremente y sin interferencias (regulaciones, intervenciones e impuestos), las que liberarán las energías que empujarán al país hacia una inevitable prosperidad, comienza no solo a sufrir fricciones ante una realidad mucho más compleja que la que delinea el presidente en sus conferencias sino que empieza a generar rispideces con algunos aliados que podrían eventualmente convertirse en adversarios, y a chocar con la percepción que -más allá de los datos- tienen muchos argentinos sobre su situación personal.

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