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perfil.com · hace 1 hora · Daniel Guebel

El burro de Buridan

Daniel Guebel

Atención pido al silencio y silencio a la atención. El lector culto que frecuenta estas columnas literarias conoce perfectamente la paradoja de Buridan, y el resto del mundo puede pasárselas muy bien sin mi explicación. Basta con googlear “burro y Buridan” para desasnarse. Pero aclaremos: la IA la consigna como paradoja medieval del siglo XIV cuando los entendidos verdaderos, que somos poquísimos, sabemos que la inventó Aristóteles. Y si alguien no adivina aun su sentido bastará con que diga que esta semana estuve cabeceando a uno y otro lado, sometido a dos tentaciones de similar intensidad, y podría haberme pasado el resto de mi vida entre una y otra si no fuera que los cierres son los cierres y el tiempo es tirano. La primera tentación, razonable, consistía en continuar mi nota de la semana pasada con el biólogo jesuita Teilhard de Chardin como paso previo a lanzarme sobre la épica inconclusa de los cosmistas rusos. La segunda, igualmente atractiva, me lanzaba a escribir una serie de renglones chispeantes e irónicos, volterianos si se quiere, acerca de la extraordinaria coincidencia de que —con diferencia de algunas horas— dos sacerdotes hayan fallecido en ejercicio de sus funciones, uno, en plena misa mientras gritaba que todos vamos a morir, todos vamos a morir, todos vamos a morir (chocolate por la noticia), y entonces, “quod erat demostrandum”, le cayó encima la cruz mal clavada que colgaba en lo alto y le partió la crisma, mientras que el otro tuvo su momento cuando elevaba la voz, y la elevaba y la elevaba, tanto como si el hecho de pronunciar el divino nombre lo alzara directo al cielo, cosa que debe de haber ocurrido porque de pronto su corazón estallò y el cuerpo cayó, aunque de seguro su espíritu ascendió limpiamente.

Bien. Estaba agonizando entre ambas tentadoras opciones, e incluso considerando una tercera opción, desarrollando una teoría acerca de la diferencia entre lo intrascendente y lo importante basada en la imagen del librero francés que en la puerta de su tienda se tomaba serenamente un café mientras a su alrededor todos los comercios eran arrasados, cuando, de golpe, leí un comentario… Y hasta la próxima.

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