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perfil.com · hace 1 hora · Martín Kohan

Antes de tiempo

Martín Kohan

András Schiff concluye un concierto memorable. Con una mano apoyada en el piano, según se estila, saluda con la inclinación consabida a una platea ya prácticamente desierta (la larga ovación que no cesa proviene de cazuelas, galerías, tertulias, paraíso). Los que estuvieron sentados ahí, hasta hace un rato, ya se levantaron y se fueron. Escucharon Mozart, Bach, Haydn, Beethoven; pero se perdieron la maravilla de algunos improptus de Schubert, una breve pieza de Bartok, otra de Frederic Chopin, tocados por Schiff nada menos, en el Teatro Colón nada menos. Se lo perdieron habiendo estado ahí y no por no haber podido asistir; pagaron su lugar y accedieron, pero decidieron levantarse e irse antes de que el concierto terminara.

En el playón de acceso y salida del estadio, un puñado de hinchas se entera de que hay un penal a favor de su equipo (una circunstancia habitual) y lo celebran. Se oye después un clamor en las tribunas y ellos entonces celebran el gol. Pero el clamor fue de decepción, y no de festejo; estos hinchas lo interpretaron mal. El arquero atajó el penal y el gol que ellos gritaron no existió ni existiría. No vieron el penal, tampoco su ejecución, tampoco la atajada. Se lo perdieron. Estaban en la cancha, consiguieron su lugar para estar, lo que hoy no es ni sencillo ni barato. Pero antes de que el partido terminara, se levantaron y se fueron. El grito en falso los dejó en ridículo frente a la cámara que los filmaba, porque hoy en día casi todo lo que hacemos, casi todo lo que sucede, lo hacemos o sucede frente a una cámara que lo registra.

En otro playón de ingreso y egreso de otro estadio, más famoso y pasional, padre e hijo aparecen frente a cámara (porque hoy en día…, etc., etc.). El padre brinda explicaciones con esmero pero sin convicción; el hijo, un poquito atrás, deja ver su frustración y su enojo con un silencio hormigonado del que nada lo sacará. El partido en cuestión se encaminaba, según suelen decir los entendidos, hacia un cero a cero inexorable, esa instancia en la que de un lado y del otro se siente que un puntito no está mal. Pero en el fútbol lo inexorable tiene un peso relativo, no es como en la tragedia griega; hay un gol sobre la hora, una victoria que llega cuando ya no parecía posible, el júbilo estalla en las tribunas, la fiesta se abre inmensa. Padre e hijo se lo perdieron, el gol, la fiesta y todo, y en realidad: el padre se lo hizo perder al hijo. Estaban ahí, en la cancha; consiguieron un lugar para estar, lo cual no es sencillo ni barato; pero antes de que el partido terminara, se levantaron y se fueron. Hay pocas alegrías tan grandes en el fútbol (y hay pocas alegrías tan grandes, en general) como la de un gol que se convierte sobre la hora. El niño ofuscado parece comprender (que lo comprenda no quiere decir que se resigne) que, mientras tenga que ir a la cancha llevado por su padre, esa alegría seguirá siendo desconocida para él. Ante la cámara impasible que lo filma, el padre aduce: “Nos fuimos antes, para evitar el quilombo”. Por quilombo se refiere a la aglomeración masiva de autos que atasca calles y salidas de estacionamientos, ocasionando demoras y esperas. Ocurre en los alrededores de las canchas de fútbol no menos que en el estacionamiento subterráneo de la Plaza Lavalle.

La ansiedad de no querer perderse nada ha aumentado en este tiempo a niveles máximos y es sin duda una de las razones por las cuales todo se filma y se televisa y después se sube a alguna plataforma para que ahí asome y quede. Encerrado cada cual en su casa, viendo imágenes de esto o aquello en la pantallita del celular o conectado por video llamada a tal o cual clase o conferencia o mesa de congreso, viendo mal y oyendo peor, se calma en parte esa ansiedad y se genera la ilusión de estar asistiendo a todo (la ilusión de estar asistiendo a todo, cuando en verdad no se asiste a nada), asentando la incapacidad neurótica de alguna vez perderse algo.

A cambio, en la realidad material del mundo, esa en la que hay calles y automóviles o filas de espera en las paradas de colectivo, parece tornarse cada vez más difícil sostener la escena de la asistencia, la instancia concreta de la presencia, aun al precio de perderse experiencias muy valiosas (András Schiff tocando Schubert, Tomás Belmonte tocando al gol). No en cuanto al acto mismo de asistir, por el hecho en sí de haber estado, cuyo cumplimiento rutinariamente se filma o se fotografía y se sube para darlo a ver; sino en cuanto a la intensidad de la vivencia que conlleva el hecho de estar presente. Eso a menudo hoy por hoy se desperdicia, teniéndolo al alcance de las manos o ya en las manos, por no lidiar con la realidad del mundo, sentida ahora como un quilombo.

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