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perfil.com · hace 1 hora · Daniel Link

No hay dos sin tres

Daniel Link

Releo el “Facundo”, libro de una potencia todavía asombrosa. Lo leo muy lentamente y me detengo en las resonancias que el texto tiene, en las piruetas conceptuales que se ve obligado a hacer Sarmiento para justificar lo injustificable, en su relación con los saberes de la época (las cosas que cita, pero también las que se infieren de sus afirmaciones).

En negativo, por supuesto, hay mucho de Nietzsche en el “Facundo”. No porque Sarmiento lo haya leído, sino porque interviene en relación con las mismas problemáticas (el nihilismo, por ejemplo, tan central en la caracterización de los caudillos de campaña como tipo social).

Es sorprendente que se pasen por alto las torsiones a las que Sarmiento debe someter esos grandes trascendentales que (él mismo lo sabe) son endebles. Por eso, cada vez que quiere sostener ese dúo, debe hacer intervenir un tercero.

Llama “aquella tercera entidad” a la Montonera, encarnada por Quiroga (quien la hereda de Artigas, y que la dejará en manos de Rosas). Esa tercera entidad entra en la dinámica de los partidos de la ciudad (el dueto conservadores y liberales), “como el caballo de los griegos entra en la ciudad de Troya”. La Montonera lo contamina todo y lo desmorona por dentro.

Pero además tampoco se trata de la ciudad contra la campaña, porque el triángulo se completa con las “ciudades pastoras”.

El enunciado “La Rioja es una máquina de guerra que irá adonde la lleven” que se lee en el capítulo VII es directamente deleuzeano (o nietzscheano por la vía de Deleuze), pero con una valoración opuesta (porque los tiempos eran otros). Toda la argumentación de Sarmiento (como la de Deleuze) es que la máquina de guerra inhibe, impide o retrasa la formación del Estado.

En cuanto a “civilización” y “barbarie”, las cosas tampoco son tan simples, porque puesto a comparar, Sarmiento opone la civilización europea “en sus más nobles aspiraciones” a la barbarie americana “en sus formas más odiosas y más repugnantes”. Eso le permite ignorar las formas más odiosas y repugnantes de la civilización europea, ese tercero odioso que él sabe que existe, conocido como “imperialismo”.

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