¡¡Vade retro, periodista!!
Frente a la pregunta: ¡vade retro!. Al poder político inseguro de sí mismo lo interpelan más las preguntas que las respuestas.
Una opinión se refuta, se ignora o se insulta. Una pregunta, en cambio, queda flotando. Exige. Deja a la vista el abismo que separa lo que se dice de lo que se hace. Atenas no condenó a Sócrates por sus respuestas, sino por sus preguntas. Desde entonces, cada vez que alguien pregunta lo que perturba, algún poder ensaya la cicuta en dosis módicas: el desprecio, la burla, la puerta cerrada.
La mala política convierte el respeto en obsecuencia debida y el pensamiento en sospecha.
Tal vez esa inseguridad ancestral empuje a la configuración de la política como espacio devocional.
La aparatología político-comunicacional tiende entonces a esclerosarse. Se convierte en misa, en auto de fe, en comunión explícita de los militantes con los gobernantes.
Lo que el poder devocional reclama es la noticia deseada, la que confirma, la que celebra, la aduladora, la que no pregunta. Todo lo demás es herejía.
El periodismo no tiene razón por el solo hecho de preguntar. Los periodistas pueden equivocarse, manipular, formular preguntas maliciosas o confundir una sospecha con una prueba. Ningún micrófono otorga inmunidad intelectual. La libertad de preguntar incluye la obligación de verificar, rectificar y soportar las respuestas que contradicen las propias convicciones.
Lo vuelve más necesario. Porque el periodismo no consiste en tener siempre razón, sino en someter las afirmaciones del poder a una comprobación que el poder no controla por completo.
La conferencia de prensa es, en una república, un rito laico. El gobernante se expone; el periodista pregunta en nombre de quienes no están en la sala.
Cuando el gobernante elige a quién deja entrar, el rito se invierte: deja de ser rendición de cuentas y se convierte en ceremonia de adhesión.
Con cualquier excusa vetaban el escrutinio periodístico. Las conferencias de prensa se volvieron rarezas; las cadenas nacionales, liturgia. Se burlaban de quienes insistían con las preguntas, los agraviaban, los agredían. Las invectivas contra el periodismo se coreaban en los actos, como si la sospecha sobre el mensajero pudiera disolver el mensaje.
Hoy madre e hijo, Cristina Kirchner y Máximo Kirchner, afrontan el juicio oral por Los Sauces y Hotesur. Según la acusación, empresas huecas pero desbordantes de dinero público. Las preguntas que entonces se ridiculizaban son ahora expedientes. Lo que se negaba con sorna se discute en Comodoro Py. Ahora las descalificaciones al periodismo intoxican las redes.
Pasó esta semana en Madrid. Julia Molina, periodista de la Cadena SER, le preguntó al presidente Javier Milei si su visita incomodaba al Partido Popular y a Vox. Era una pregunta política, simple, legítima. La respuesta fue el agravio: “gente corta intelectualmente”, “miserables políticos”. En la misma jornada, Clarín fue anatemizado con los peores adjetivos.
La Federación de Asociaciones de Periodistas de España tuvo que recordar lo obvio. Las preguntas se formulan en nombre de los ciudadanos. Molina contó después que nunca, en su carrera, un político le había respondido de ese modo.
El insulto ya no avergüenza a quien lo profiere. Se exhibe. Funciona como credencial ante los propios, como prueba de pureza. La desmesura no se disimula.
Si solo se aceptan las apologías de los alcahuetes, se pervierte el rol de quienes gobiernan, que es el de responder, no el de impugnar al que investiga.
El canciller Pablo Quirno ofrecía una conferencia de prensa junto a Christopher Landau, subsecretario de Estado de los Estados Unidos. Natasha Niebieskikwiat, que cubre política exterior desde hace treinta años, llegó para hacer lo que hace siempre: preguntar. La propia Embajada norteamericana le había informado sobre el encuentro.
No pudo entrar. La retuvieron en un vestíbulo, apartada del resto de los periodistas, como si fuera culpable. Según fuentes de la Cancillería y de la Presidencia, la orden la había dado el propio canciller.
Días antes, Clarín había publicado en su tapa que los Estados Unidos reclamaban que la ley Malvinas no afectara a sus empresas. La secuencia no necesita comentario. Primero la información; después, la puerta cerrada.
Hubo un gesto que lo dice todo. Al terminar la conferencia, el embajador Peter Lamelas se acercó a saludarla. El representante de otro país tuvo con la periodista la cortesía que le negó el propio.
El vestíbulo es el lugar de los que esperan. La antesala, el umbral, el espacio intermedio entre la calle y el poder. Allí quedó la pregunta, retenida. Esa es la topografía de la política devocional.
Adentro los fieles, afuera los herejes, y en el vestíbulo los que no se resignan a callar.
Pero una pregunta excluida no desaparece. Se multiplica. La conferencia sin Natasha fue noticia por Natasha. Lo que se quiso silenciar se volvió el tema.
Son la oportunidad de explicarse. Solo quien duda de sus propias respuestas cierra la puerta.
Los gobiernos pasan. Las preguntas quedan. Y quien las formula también: en el vestíbulo, con la libreta abierta.
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