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clarin.com · hace 9 horas · Clarin.com - Home

El día en que me sentí Cortázar

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No es ninguna novedad, ni secreto revelado, que los medios gráficos se valieron desde siempre de un ardid -inofensivo pero ardid al fin- de contratar circunstancialmente a una figura relevante de alguna actividad de interés popular (especialmente del deporte) para garantizarse una firma valiosa para sus lectores. Esas firmas famosas y diversas salieron publicadas al pie de textos notables durante muchos años. Algunas de esas notas fueron escritas por los mismos firmantes, claro. Especialmente si eran aptos para la misión. Pero muchas otras (tal vez, la mayoría) eran redactadas por los especialistas, los periodistas, siguiendo fielmente lo que narraban las figuras contratadas. Entrenadores, jugadores, dirigentes deportivos, actores, atletas de ambos sexos. Eso en mí caso. Y lo hice siempre con la fidelidad absoluta a lo que me expresaban y casi siempre (si seguía en contacto) con la aprobación del responsable firmante.

Toda esta explicación tiene un motivo muy importante porque el personaje que está incluido lo amerita. Julio Cortázar, el venerado escritor argentino (por mucho que hubiera nacido en Bruselas, en 1914, de padres compatriotas y que hubiese tomado la ciudadanía francesa en 1981, su país de residencia, como protesta por la dictadura instalada en la Argentina). No sólo era brillante para las letras en sus cuentos geniales, sino que -además- era un apasionado del boxeo, afición que le nació cuando era un chico en aquella pelea de Firpo-Dempsey de 1923. “El Torito” un cuento inspirado en la vida turbulenta del boxeador Justo Suárez (en 1954) es una prueba más de esa pasión de Cortázar.

En1973 el gran escritor andaba por la revista El Gráfico, en la que yo colaboraba en ese tiempo como cronista de boxeo y fútbol. Y decidió invitarlo al Luna Park para que presenciara la pelea entre Miguel Angel Castellini -oriundo de La Pampa y por ese entonces campeón argentino de los superwelters (o mediano juniors) y que también llegaría a campeón mundial- ante el estadounidense Doc Holliday. Y que firmara una columna. Tuve el placer infinito de entrevistar a Cortázar apenas terminada la pelea de aquel 7 de abril, en la propia oficina de Tito Lectoure, el dueño del estadio.

Yo casi nunca usé grabador en mi “eterna” carrera, siguiendo un consejo de Gabriel García Marquez, que había leído alguna vez (la explicación es amplia). Y Julio estaba apurado para partir. Me contó en detalle su opinión y tomé lo esencial en mi libreta de apuntes. Casi literal. Un par de semanas antes yo había escrito sobre otro combate, que había sido “una pelea chata”. Los jefes me increparon: “¿Qué quiere decir chata?” y me instaron a corregirlo. Lo primero que me dijo Cortázar (que no le había gustado la actuación de Castellini, quien había ganado por puntos), lo juro: “Fue una pelea chata”. Y escribí toda la columna que llevó su firma. No la tocaron, claro. Si yo era Cortázar...

Horacio Pagani

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