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lanacion.com.ar · hace 2 horas

Construir y destruir son, ante todo, actitudes

LA NACION

El jueves pasado, en la Plaza de los dos Congresos, un joven rompió con una maza uno de los bancos para “fabricar” piedras con las cuales otros violentos se las tiraron a los policías. Por favor, no me racionalicen dicha conducta por problemas familiares, deficiencias en el sistema educativo o el neoliberalismo. Lo único que sé es que, al día siguiente, los detenidos estaban todos en libertad. Preparándose, como diría mi abuela, “para volver a las andadas”.

Mientras veía la escena, me pregunté: ¿será capaz ese muchacho de cumplir un horario y trabajar en alguna sucursal de McDonald’s, preparando y vendiendo hamburguesas; o haciendo algo parecido en una librería o en una fábrica de pastas? La pregunta tiene sentido porque construir y destruir son, ante todo, actitudes frente a la vida. Después vienen las habilidades, innatas o adquiridas.

Esto tanto se aplica a nivel individual como colectivo. Hay gobiernos que crean y gobiernos que destruyen o, cuanto menos, que agotan los stocks acumulados por los anteriores gobiernos. Stock de reservas, de infraestructura, de credibilidad, etc. Néstor Carlos Kirchner hizo crecer el PBI a tasas chinas y Cristina Fernández de Kirchner lo estancó. ¿No será que el primero recibió stocks, que agotó, y a la segunda solo les quedaron las AFJP para continuar con el estilo?

Si estoy en lo cierto, pregunto: ¿hay alguna forma por la cual algún destructor se convierte en constructor? Difícil, pero no imposible, como muestra el caso de los Espartanos, un notable esfuerzo destinado a enseñarles a los presos a jugar al rugby, iniciativa que generó un resultado más que alentador: una tasa de reincidencia en el delito prácticamente nula.

La historia muestra una importante asimetría: se necesitan años para construir un edificio, pero un minuto es suficiente para derribarlo. Esto vale tanto para el agotamiento y la reconstrucción de la infraestructura (esto último demandó un buen número de años luego de la revolución de 1955) como en el caso de la credibilidad.

Sobre este último aspecto. ¿A qué, o a quién, le teme quien insiste con guardar sus dólares “en el colchón”? No a Javier Gerardo Milei precisamente, sino “al pasado” o, mejor dicho, a la probable vuelta del pasado, en las elecciones de octubre de 2027. Tendremos que vivir con esto, mientras nos levantamos cada día a ver cómo le encontramos la vuelta.

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