Una invitación como musulmán a los “moderados”: unirnos contra las ideologías extremistas
Por los recientes disturbios ocurridos en Francia, que se intensificaron el pasado fin de semana, varias voces cercanas al gobierno argentino han pronunciado una vez más ataques contra el islam. Lamentablemente, no se trata de un episodio aislado, el discurso de odio contra los musulmanes ya parece ser una parte integral de su “batalla cultural”.
A su vez, muchos nos hemos acostumbrado a este odio, sin prestar ninguna atención a su gravedad. Si hubiera circulado el mismo contenido, pero se hablara del “cristiano” o del “judío” en lugar del “musulmán”, seguramente hubiéramos observado otra reacción en la sociedad. Vale decir que mi intención con estas líneas no es victimizarme ni exigir la censura ante cualquier crítica contra mi fe. Todo lo contrario, como teólogo islámico, celebro la discusión en torno a las doctrinas de una religión.
Como musulmán, avalo la libertad de opinión como un derecho fundamental, pero no hay que olvidar que cada derecho requiere de responsabilidades y normas. La libertad de expresión no se puede utilizar como licencia abierta para mentir, insultar y atacar a los demás. Sin embargo, ya que estos sectores de “influencers”, alineados en las “Fuerzas del Cielo”, en sus publicaciones se autodefinen como “libertarios”, vale señalar que la libertad de conciencia, de creencia y de pensamiento es el origen de todas las libertades.
Ellos ignoran que el presidente Milei ha declarado como su meta principal convertir al país en un faro de libertad para el mundo. En este sentido, la libertad religiosa es primordial para acuñar esta “nueva” Argentina, porque el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece la libertad de Culto como un derecho básico para cada ser humano, sin ninguna distinción.
Así que, en primer lugar, creo que la demarcación precisa y coherente entre discurso de odio y libertad de opinión es la columna vertebral en pos de asegurar la paz en una sociedad pluralista. En segundo lugar, ya que muchos de estos “libertarios” se posicionan como “defensores del Occidente”, es vital retornar al lema que plasmó el florecimiento de las sociedades occidentales, justamente nacido en Francia: “Libertad, igualdad y fraternidad”.
En mi caso, nací en Europa y soy hijo de inmigrantes, entiendo y respaldo cualquier debate político en relación con la inmigración y el control de las propias fronteras. Pero de ningún modo apoyo la utilización de esta discusión con el fin de atentar contra una minoría, en este caso los migrantes y/o los musulmanes, con el fin de usarlos como blanco de problemas socioeconómicos.
Y ahora queda la pregunta legítima que angustia a cada vez más personas en el Occidente: ¿Es posible garantizar la integración armónica de los migrantes musulmanes en nuestras sociedades occidentales?
Ante todo, pido no caer en la falacia de atribuir la acción de un individuo o una agrupación a una religión solo por el hecho de que los miembros se autoidentifiquen como sus adeptos. Si fuera este el criterio, entonces a raíz de los capítulos sangrientos de nuestro pasado como humanidad ningún culto estaría libre de manchas. En esta línea, cada fe se define y merece ser juzgada de acuerdo con sus propias fuentes y sus enseñanzas originales.
Por ejemplo, el islam se basa en la revelación del Corán, en la vida práctica y en las palabras del profeta Muhammad, su fundador. Cabe añadir aquí que no nos dividimos, como adeptos, entre radicales y moderados por seguir diferentes fuentes de la misma fe. El islam tiene una única faceta y no existe un “islam radical”, un “islam político” o un “islam moderado”. Sí, existen musulmanes que sostienen posturas radicales y extremistas, como también existen religiosos de otros credos que lo hacen.
No obstante, el radicalismo no se arraiga en su identidad religiosa, porque “Islam” literalmente significa en árabe paz y condena todas las formas de violencia y terrorismo. El Sagrado Corán aclara que quien mata a una persona inocente es como si hubiera matado a toda la humanidad. El islam ya en el siglo VII estableció la división entre el estado y la religión, declarando la fe un asunto personal entre el individuo y Dios. La igualdad no solo entre el hombre y la mujer, sino entre todos los seres humanos, es la piedra angular de nuestra teología. Nuestro “Yihad” no se define, como muchos han malinterpretado, como la guerra santa contra los infieles, sino que es el esfuerzo de la lucha contra el propio Satanás y contra el propio ego que cada uno de nosotros lleva dentro de sí.
En conclusión, el islam en sí mismo es un garante de la convivencia pacífica y no obstaculiza en absoluto la integración de sus fieles en el Occidente. Si hay musulmanes que usurpan los derechos de los no musulmanes y amenazan los valores occidentales, es solo porque rechazan las enseñanzas primeras del islam, o las ignoran por completo. Estas personas no son solo una amenaza para el occidente, sino para el propio islam y para la paz en el mundo entero.
En fin, la profunda crisis que atravesamos como humanidad requiere claridad en vez de ambigüedad y soluciones prácticas en vez de mera retórica. Quizás para los radicales y extremistas, tanto entre los musulmanes como entre los no musulmanes, la respuesta consiste en volver a la época de las “cruzadas medievales”.
En cambio, como representante de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina, extiendo esta invitación a todos los “moderados”, propongo que en lugar de dividirnos al atribuir las acciones repudiables de algunos individuos a una religión, nos unamos para combatir juntos todas las ideologías extremistas y violentas que amenazan nuestra convivencia como familia humana.
Marwan Gill es Imam (Teólogo islámico) y Presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina.
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