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lanacion.com.ar · hace 19 horas · Roberto Ulloa

La herencia de Simón

LA NACION

No sabía leer ni escribir; hombre sin letras y del vulgo; así lo describió un texto griego irrevocable. Fue un humilde pescador del mar de Galilea, del que poco sabemos y cuya memoria debió perderse para siempre. El destino puso en sus manos la génesis de la institución más vasta de la humanidad; Simón Pedro fue el primer padre de la Iglesia fundada por Jesús. Su elección fue curiosa: tres veces negó a Cristo por miedo; también a él fue dirigido el célebre reproche de que debía perdonar a quienes lo ofendían, no una vez, sino setenta veces siete. Pedro, como piedra angular de la Iglesia, es el símbolo perfecto de que a un hombre (falible, frágil, pecador) se le confiaría la tarea propia de un Dios.

Veinte siglos transcurrieron desde su dramática muerte a manos de Roma; doscientos sesenta y cinco hombres prosiguieron su mandato predicando el Evangelio: piadosos, mártires, eruditos; incluso guerreros y príncipes. No faltaron épocas oscuras; tampoco encíclicas prodigiosas. Algunos fueron santos; otros olvidados. Debieron pasar quince siglos hasta que llamáramos papa al obispo de Roma; el primero entre sus pares. Durante casi quinientos años esa labor fue confiada a italianos que transformaron la modesta colina Vaticana en la capital espiritual y cultural de Occidente rechazando oleadas furiosas de vándalos, sarracenos y reyes. No fue una tarea menor, pero haber nacido en la península itálica no otorgaba un derecho divino.

Karol Józef Wojtyła fue el primero en dilucidar esa confusión, tan humana, entre lo que nos pertenece y lo que nos es dado temporalmente. En 1978 un cónclave concluyó que había llegado la hora de cambio; desde el balcón central de la Basílica de San Pedro el obispo Pericle Felici anunció una gran alegría: Habemus Papam, Ioannes Paulus II. Los cardenales habían entregado las llaves del reino a un polaco anónimo para que guiara a la Iglesia en mares tormentosos. Karol, ya bajo el nombre Juan Pablo II, conmocionó al mundo; rompió el severo protocolo y se dirigió a la multitud congregada en la plaza del Vaticano: Si me equivoco, me corregirán dijo; les recordaba que tan solo era un hombre: inevitablemente se equivocaría. No tengáis miedo agregó en la misa de inicio de su pontificado; puede que pensara en Simón.

Era un hombre de acción y decidió que Roma no sería prisión; un mundo que estaba cambiando demasiado rápido lo necesitaba peregrino, predicando la paz. Dos meses más tarde, los tambores redoblaron con violencia en la Argentina y Chile; su intervención evitó una guerra entre pueblos que deben ser amigos; entiendo que solo eso bastaría para justificar el anillo del pescador que le fue confiado. Algo esencial cambió en esos días sobre nuestra percepción del papa: dejó de ser una figura inaccesible que vivía en un Olimpo rodeado de imágenes santas, guardias suizos y cantos gregorianos y se transformó en un pastor cercano a su rebaño.

El Papamóvil circula por la Avenida de Mayo rumbo a la Catedral Metropolitana en la visita del Papa Juan Pablo II a la Argentina del 11 de junio de 1982

En 1982, una guerra en el fin del mundo trajo a Juan Pablo a la Argentina; el primer papa en visitar el sur de América. La memoria que guardo de su llegada está sesgada por las emociones y atenuada por los años: nuestro buque, el Destructor Bouchard, había tomado el puerto de Ushuaia devolviendo a tierra a los tripulantes del Crucero General Belgrano arrancados del mar. Mis pocos recuerdos incluyen la inspección de listas de sobrevivientes, el brevísimo llamado que hice a mi madre, los preparativos para volver a zarpar. En ese frenesí embarcó el cura gaucho: José Zink, un sacerdote salesiano, querido por los hombres de mar, que solía recorrer la Isla Grande de Tierra del Fuego a caballo. Amable, austero, creía más en el Paraíso que en el Infierno y no vacilaba en perdonar los pecados. Pocos tripulantes faltaron a su misa; el peligro suele recordarnos las prioridades y reforzar la fe.

Fue el cura gaucho quien anunció el arribo urgente del papa a la Argentina. Juan Pablo II rezó en Luján por la paz tituló LA NACION. El papa aterrizó en Ezeiza y se arrodilló para besar nuestro suelo. Muchos años después reviví esa jornada en un documental: Juan Pablo estaba de pie en un auto antiguo que avanzaba mansamente por la avenida 9 de Julio; un curioso sombrero rojo lo destacaba de la multitud que parecía dibujada en blanco y negro. A mí me impresionó su mirada profunda mientras impartía la bendición una vez y otra. Parecía en trance; la fervorosa comunidad que lo recibió también lo estaba. Treinta horas le bastaron para hacer historia en esos días aciagos; volvería cinco años después para rezar por la unidad y despedirse: Hasta siempre, Argentina dijo. Así fue.

Muchos creímos que Francisco nos visitaría; la elección del jesuita como Santo Padre había emocionado a los argentinos; una señal de que nada era imposible. También él peregrinó largamente y la prédica por los pobres definió sus años en Roma. Me gusta pensar que hubiera querido rezar en su patria por última vez; siempre pidió que lo hicieran por él. No supo, no pudo; una pregunta más que se agrega a ese intrincado enigma llamado Argentina. Otro papa, nacido en Chicago y peruano de corazón, es el nuevo heredero de Simón. Agustino, deportista, lector, Robert Prevost eligió el nombre León XIV para guiar a la Iglesia. Acaso llegue en estos días desafiando la fragilidad de la condición humana. Quizás venga en nombre de Francisco; seguramente lo recibirá una multitud que rezó por él.

Roberto Ulloa

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