El cañón que evitó un combate y salvó a Laprida
Laprida es una pintoresca y tranquila ciudad del centro-sur de la provincia de Buenos Aires. Fue fundada el 16 de septiembre de 1889 por Pedro Pereyra, en la época del régimen conservador de la Generación del Ochenta y de la expansión del modelo agropecuario exportador. Es especialmente conocida por las obras del enigmático arquitecto e ingeniero Francisco Salamone.
En un reciente viaje a aquella ciudad, visitamos el Museo y Archivo Histórico Hugo H. Diez, donde se conserva el Cañón de Colonna, una pieza que esconde una particular y tragicómica historia que ampliamos gracias a los aportes de lapridenses del turismo y de la cultura como Natalia Saizar, Benedicto Colantonio y Bruno Vera.
Para conocer la historia que rodea a aquel cañón, debemos ubicarnos en la conflictiva presidencia de Luis Sáenz Peña (1892-1895). Con el débil apoyo del conservador Partido Autonomista Nacional y de la Unión Cívica, el gobierno enfrentó intrigas y luchas políticas; frecuentes cambios de gabinete; tensiones con el Congreso Nacional; crisis provinciales; alzamientos armados; enfrentamientos civiles; deterioro económico, comercial y financiero y permanente hostilidad de la Unión Cívica Radical.
La situación política en el interior era muy inestable. A las crisis provinciales en Santiago del Estero, Corrientes y Catamarca, les siguieron revueltas armadas en las provincias de Buenos Aires, San Luis y Santa Fe promovidas por la Unión Cívica Radical, que buscaba reemplazar el sistema político conservador y fraudulento por un modelo con elecciones limpias y una administración transparente.
En la provincia de Buenos Aires era gobernador el conservador Julio A. Costa. Desde principios de julio de 1893, los ministros de la Unión Cívica que controlaban el gabinete nacional impulsaron el desarme de tropas bonaerenses y la intervención del Banco de la Provincia para debilitar al gobernador.
En 1893, la Unión Cívica Radical, que buscaba reemplazar el sistema político conservador y fraudulento por un modelo con elecciones limpias y una administración transparente"
La ofensiva final para terminar con el régimen conservador de la provincia de Buenos Aires fue impulsada por la Unión Cívica Radical, a la que se sumó la Unión Cívica. El 29 de julio de 1893, los radicales, al mando de Hipólito Yrigoyen, iniciaron un importante levantamiento armado y tomaron varias ciudades de la provincia, mientras que los cívicos se apoderaban de otras localidades. El gobernador Costa decidió resistir con las armas.
A principios de agosto de 1893, los radicales ocupaban la mayor parte de la provincia de Buenos Aires. La lucha se extendió a la localidad de Laprida, que contaba con pocos años de existencia, cuyas autoridades asumieron una posición legalista y se mantuvieron fieles al gobierno de Julio A. Costa. La resistencia contra los radicales estuvo a cargo de Alejandro Chueco, Mariano Pereyra (hijo de Pedro, el fundador) y Cecilio Vallejos, quienes organizaron las reducidas milicias locales.
Las escasas milicias de Laprida fueron distribuidas en la casa de Grahan y en la comisaría, frente a la actual plaza principal Pedro Pereyra. El objetivo era rechazar el avance de las poderosas fuerzas radicales de la vecina localidad de Benito Juárez, que se hallaban al mando de Mariano Roldán y que buscaban apoderarse de Laprida.
José Colonna se convirtió en el salvador de la población; vendía frutas y verduras y era muy habilidoso en explosivos y armas, ya que fabricaba bombas y granadas con efecto letal"
Como las milicias juarenses eran más numerosas y estaban mejor armadas, la caída de Laprida parecía inminente. Fue en esas circunstancias cuando José Colonna se convirtió en el salvador de la población.
Inmigrante italiano radicado en Laprida, era muy amigo de la familia Pereyra, vendía frutas y verduras y era muy habilidoso en explosivos y armas, ya que fabricaba bombas y granadas que contenían trozos de hierro, tornillos, tuercas y clavos que se esparcían con efecto letal al explotar.
Para fortalecer la débil defensa de Laprida, José Colonna construyó un pequeño cañón con un tubo de hierro de unos 16 centímetros de diámetro y 70 centímetros de largo, montado sobre un eje sostenido por dos ruedas de madera de un arado.
Ese cañón, con las mortíferas bombas y granadas de Colonna, fue colocado sobre el techo de la comisaría para que pudiera ser bien visto por el poderoso adversario.
Las milicias radicales juarenses que avanzaban decididas a combatir y a tomar el pueblo llegaron hasta unas pocas cuadras de la plaza, núcleo de la resistencia lapridense.
Al ver el intimidante cañón de José Colonna sobre la comisaría, se detuvieron, convencidas de que las milicias locales poseían gran poder de fuego. Tras unas horas de espera, al oscurecer del mismo día, Mariano Roldán consideró arriesgado atacar y ordenó la retirada hacia Benito Juárez.
En esas primeras semanas de agosto de 1893, renunció el gobernador Julio A. Costa y el régimen conservador intervino la provincia de Buenos Aires.
Así, un precario y artesanal cañoncito de dudosa efectividad, pero amenazante a la vez, construido por un italiano hábil y pícaro, evitó, solamente con su presencia, un inútil baño de sangre entre bonaerenses y salvó a la localidad de Laprida de ser ocupada.
Pasó a la historia como el Cañón de Colonna, conservado por la familia Colonna y donado al Museo y Archivo Histórico Hugo H. Diez de Laprida, donde hoy se exhibe como un curioso testimonio de nuestras contiendas civiles.