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clarin.com · hace 13 horas · Clarin.com - Home

La olla de las remolachas

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Hay en mi casa una olla que usamos para hervir remolachas. No es que la usemos en exclusiva para eso, tampoco tenemos tantas ollas. Y esta no solo tiene un tamaño adecuado para nosotros, sino que además es excelente para cocinar lo que tercie. Desde papas y arroz blanco, hasta comida de cuchara con sofritos memorables. En rigor, es la olla a la que uno echa mano en cuanto entra a la cocina.

Es una olla de acero inoxidable, que debe tener más de medio siglo. Ni pesada ni liviana, de un tamaño pequeño, tal vez unos tres litros, a ojo de buen cubero. Eso la transforma en el comodín de una cocina para dos. No hay día que no se use, ni noche que la pesque sin lavar y escurrir. No se oxida, no se pega, no da olor, y todo en ella bulle con alegría y sabor.

Es mi preferida. Así como hay quien desarrolla sentimientos de apego a una sartén o a una plancha de bifes, yo la distingo entre todas. Y las hay de formas, tamaños y materiales para elegir, ollas de barro, de hierro y de tamaños y materiales diversos.

Pero yo adelanto la mano a ciegas hacia ella. Incluso me he sorprendido haciendo malabares para que entre en esa olla una comida para cuatro, dejando de lado una más adecuada por tamaño. Es que confío en ella. En cómo resuelve los fritos, en cómo no se quema lo que requiere cocción larga. Vale tanto para hervir la leche como para un coq au vin.

Y es, también, la olla de las remolachas. No hervimos las remolachas más que en esa olla. Porque en nuestra casa siempre quemamos las remolachas. Una vez sí y la otra, también. En eso somos de una infalibilidad absoluta y no importa quién la emprenda con el hervido. Se queman.

Quiero dejar esto claro: en casa no quemamos las comidas. En casa se queman las remolachas. No importa que lo hagamos juntos. No importa dar aviso hasta a los hijos que vienen de visita. Tarde o temprano, las remolachas se beben todo el agua y se queman. Así la miremos fijamente durante largo rato, en un instante parpadeamos, y el agua se evapora y ennegrece. O alguien viene del fondo y pregunta dónde está el suéter azul, o qué actor trabajaba en tal película, o qué pasa con los perros y gatos después de la muerte. En segundos, las remolachas aprovechan para quemarse.

Y ni hablar de dejar de comer remolachas o buscar otra opción que hervirlas en casa. Mi mujer prefiere comprar ramen de supermercado a comprar una lata de remolachas. Y tampoco se resigna a no comprarlas, semana tras semana. Y semana tras semana, y nunca menos de cada quince días, quemamos la olla. Con un sentimiento de fatalidad, con un espíritu de sacrificio y restauración.

El amor conyugal es raro. La intimidad de la convivencia también. Cuando entre los dos recuperamos las remolachas del desastre (siempre las comemos ahumadas), cuando colaboramos turnándonos para fregar y pulir nuestra amada olla, hay algo que vuelve a brillar en nuestro hogar. Después de todo, las remolachas tienen un color apasionante.

Miguel Gaya

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