Construir industria, imaginar un país
Hay algo llamativo en muchas de las grandes empresas chinas: son jóvenes, pero cuentan su historia como si fueran parte de una trayectoria mucho más larga. Huawei nació en 1987, BYD en 1995, Alibaba en 1999 y DJI en 2006. Sin embargo, detrás de ellas hay una narrativa de modernización, de esfuerzo tecnológico y de construcción nacional que las excede.
China tiene una expresión que ayuda a entenderlo: shíyè bàoguó, algo así como “contribuir al país a través de la industria”. Su antecedente histórico, shíyè jiùguó, “salvar al país mediante la industria”, se asocia con figuras como Zhang Jian, empresario y educador de fines del siglo XIX que vinculaba producción, educación y formación de capacidades.
Esa idea fue adoptando nuevas formas. Zhang Ruimin convirtió a Haier en símbolo de la obsesión por la calidad. Wang Chuanfu, fundador de BYD, encarna al ingeniero que transforma conocimiento técnico en capacidad industrial. Jack Ma construyó Alibaba en torno a la promesa de ampliar las oportunidades para las pequeñas empresas. Frank Wang, de DJI, representa al estudiante que convierte un problema tecnológico en una industria global.
No son historias idénticas ni empresas sin contradicciones. Tampoco existe un único modelo de empresario chino. Lo interesante es que todas pudieron insertarse dentro de una misma narrativa: crear una empresa también puede significar construir una capacidad que antes el país no tenía. La pregunta para la Argentina es inevitable: ¿cuáles son los arquetipos empresariales que prestigia nuestra sociedad? Porque cada sociedad también se define por aquello que decide admirar.
Tenemos historias propias. Techint representa la escala industrial y la internacionalización. Arcor, la posibilidad de construir desde el interior una empresa global. INVAP, la articulación entre ciencia, Estado e ingeniería. Bioceres, la conexión entre conocimiento y producción agroindustrial. Mercado Libre y Globant, la capacidad de convertir talento argentino en empresas regionales y globales.
Sin embargo, esas trayectorias aparecen muchas veces como excepciones aisladas. No terminamos de integrarlas dentro de una épica productiva común.
Durante décadas, buena parte de la narrativa empresarial argentina estuvo dominada por otra palabra: sobrevivir. Sobrevivir a la inflación, a los impuestos, a las regulaciones, a las crisis, a los cambios de reglas. Muchas de esas dificultades son reales. Pero si la principal virtud del empresario argentino termina siendo haber sobrevivido a la Argentina, resulta difícil imaginarlo como protagonista de su futuro.
China entendió que la industrialización no consiste solamente en fabricar más, sino en construir un ideario industrial: una cultura que asocia empresa, tecnología, conocimiento y desarrollo nacional. Esa narrativa no reemplaza a la inversión ni a las políticas productivas, pero ayuda a darles continuidad, legitimidad y sentido colectivo.
Quizás no nos falten solamente más empresas globales. Tal vez también nos falte una historia suficientemente convincente sobre por qué queremos tenerlas. Porque desarrollarse es, en definitiva, aprender colectivamente a hacer aquello que antes no sabíamos hacer.
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