Por qué transformar a las escuelas secundarias en escuelas de liderazgo
Hace ya 20 años que la ley de educación nacional 26.206 definió como obligatorio el nivel secundario en nuestro país. Un bienintencionado esfuerzo que abrió las puertas de las escuelas a un sector de jóvenes que hasta entonces no proyectaban la continuidad de sus estudios, en parte por las presiones materiales que hacían de su propia subsistencia un proyecto más urgente y vital.
La ampliación de la cobertura de la escuela secundaria, fundada y pensada originalmente para jóvenes con aspiraciones de formación universitaria, se gestó sin embargo sobre una herencia fuertemente enciclopedista, meritocrática y academicista. Las aulas se llenaron de estudiantes y también de nuevos interrogantes sobre la función y el sentido de la escuela: ¿cómo alojar a esas juventudes, no siempre convocadas por lenguajes y formatos rígidos que organizan el dispositivo escolar? ¿Cómo se conjuga la masividad de intereses y perfiles en un espacio de aprendizaje colectivo? ¿Qué sentido tiene la escuela secundaria para docentes y directivos? ¿Qué experiencias escolares les dan sentido a los jóvenes que la habitan?
Algunas de estas preguntas inspiraron, en los últimos años, diversos intentos por producir cambios en el nivel medio, a través de reformas centralizadas que buscaron transformarlo en un espacio más interesante, más inclusivo, más relevante.
En muchas jurisdicciones se modificaron los regímenes académicos con el fin de diversificar las trayectorias de los estudiantes, ofreciendo alternativas para recursar y recuperar contenidos. Estas transformaciones buscaban también reducir la repitencia y, en consecuencia, los elevados índices de abandono escolar. En otras locaciones, como en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se adoptaron políticas que procuran actualizar no solo los diseños curriculares, sino también ciertos formatos pedagógicos. Ejemplo de ello fue la Nueva Escuela Secundaria (NES) de 2015, el proyecto “Secundaria del futuro” en 2018 y el modelo de “Secundaria aprende” que se implementa en la actualidad en más de 100 escuelas porteñas.
Sin embargo, el cambio educativo real, como explica Michael Fullan en su libro Los nuevos significados del cambio en educación, no obedece normativas ni acompaña el pulso de la política cortoplacista: las transformaciones profundas se producen cuando hay voluntades, compromisos, acuerdos y estructuras flexibles que dotan a las escuelas de autonomía, tiempo y recursos para gestionar con criterio y creatividad.
Porque pese a los esfuerzos normativos por reglamentar nuevas prácticas, transformar la esencia de la escuela secundaria requiere además inmiscuirse en aquello que no se puede regular con facilidad. Tal como dice Fullan, el cambio educativo finalmente depende de lo que los docentes piensan, es decir de aquellas creencias, percepciones y supuestos teóricos que subyacen a su quehacer cotidiano.
Si la escuela secundaria representa una promesa social en tanto dispositivo para la igualdad de oportunidades, y es una parte constitutiva de toda trayectoria de vida, debe portar un sentido genuino que produzca esperanza de futuro para los jóvenes que la transitan.
Cada adolescente puede encontrar en el seno de su escuela secundaria la mejor versión de sí mismo, en la medida en que encuentren tiempos y espacios de intercambio para enriquecerse con otros, profesores y pares, en un contexto saludable, nutritivo y de altas expectativas.
Esto conlleva sin embargo un cambio de cultura difícil de gestionar y por ello en muchos casos la escuela secundaria continúa funcionando en la práctica como un cúmulo de cápsulas fragmentadas de contenido dictadas por profesores contratados por horas. Esto obtura la posibilidad de realizar interacciones profundas y anclajes rigurosos: los saberes se diluyen sin articulaciones ni diálogos entre ellos y, por ende, se vislumbran carentes de sentido. Ese tiempo y ese ritmo escolar marcan además el tono de las interacciones: vínculos pedagógicos limitados que obstruyen la construcción de lazos afectivos entre estudiantes y profesores.
Innovar en el nivel medio requiere entonces de una revisión profunda y multidimensional, para generar modelos y formatos con otros tiempos, que trasciendan las paredes de las aulas y transformen el contenido escolar en problemas y preguntas reales para inspirar, conmover y movilizar a los jóvenes que hoy transitan nuestras escuelas.
Es cierto que no sabemos todavía qué profesiones existirán dentro de una década ni qué trayectorias de educación superior apelarán a la vocación de nuestros adolescentes. Pero lo que sí sabemos es que necesitamos formar personas capaces de desear, diseñar y trazar su propio camino. Un camino que las forje como protagonistas, y no que las condene a ser víctimas de las circunstancias que la sociedad les impone.
Necesitamos, en fin, jóvenes que puedan pensarse y asumirse como líderes: de sí mismos, de sus proyectos y, a futuro quizás, de sus propias comunidades.
La escuela secundaria puede producir condiciones para formar líderes en el momento evolutivo justo en el que los jóvenes desarrollan su subjetividad y conforman su carácter. Y para ello necesitamos de ecosistemas de aprendizaje ricos y variados, donde los estudiantes sean genuinamente protagonistas de sus trayectorias académicas, sociales y emocionales, en un marco de relaciones vitales con los pares y con el conocimiento académico.
*Experiencias inmersivas que brinden marcos de referencia teórico-prácticos para establecer contactos fluidos con los contextos donde se produce y aplica conocimiento de distintas áreas. Trabajos de campo en laboratorios, clases específicas en universidades, investigaciones localizadas, jornadas extendidas en museos, fundaciones y organismos públicos.
*Seminarios con especialistas para enriquecer las clases expositivas con expertos en la materia, que aporten nuevas aristas y perspectivas al contenido enmarcado en el diseño curricular.
*Talleres interdisciplinarios para resolver problemas, donde se produzcan preguntas genuinas y contundentes que requieran de un diálogo interdisciplinario real para procurar resolverlas.
*Trabajo en red con otras instituciones educativas para multiplicar los núcleos de socialización y ampliar los marcos de convivencia de los jóvenes.
*Laboratorios de emprendedurismo social donde, a través de una perspectiva ética y comunitaria, los jóvenes encuentren en los desafíos que aquejan a otros una ventana de oportunidad para desarrollar en simultáneo la empatía, el diagnóstico de problemas y el diseño de prototipos de soluciones factibles.
Un ecosistema de estas características requiere de docentes apasionados por la enseñanza pero también por establecer vínculos con las juventudes: porque con la didáctica no alcanza. Generar un ambiente saludable y sustentable, permeado por una visión optimista y un clima de afecto, implica contar con un equipo profesional que reelabore el contenido para transformarlo en fuente de inspiración que aliente en los adolescentes procesos de autoconocimiento para elevar su autoestima y la propia satisfacción de logro como conductores esenciales para la definición de un proyecto de vida a futuro.
Porque los educadores verdaderamente comprometidos con sus estudiantes son capaces de ver en ellos rasgos de futuro que los jóvenes aún no pueden percibir de sí mismos.
Por eso, formar jóvenes que se sientan líderes implica reconocer en todos y cada uno de ellos toda su potencia, brindando oportunidades para que exploren su singularidad y construyan su propio trayecto, alimentado por saberes y evidencias que les resulten relevantes y, en algún punto, emancipadoras.
Las investigaciones han demostrado que las buenas escuelas, aquellas que conjugan calidad con equidad, esperan lo mejor de cada uno de sus miembros. Poseen culturas sólidas de altas expectativas sobre sus directivos, docentes y estudiantes. Las escuelas secundarias son el terreno más fértil con el que contamos para que cada uno de nuestros jóvenes desarrolle en ella su mejor versión como ciudadanos plenos de sentido. Resulta para ello crucial evitar los (pre)juicios que aún califican a los adolescentes de apáticos o desmotivados, y avanzar hacia culturas escolares que los proyecten como futuros líderes. Líderes que puedan alzar su voz ante las injusticias, líderes que emprendan, que contagien pasión, que transformen su entorno con una visión ética y comunitaria.
Transformar las escuelas secundarias en escuelas de liderazgo puede ser un desafío interesante para generar un cambio que habilite a los jóvenes a desarrollar las herramientas y habilidades para soñar y transitar un futuro que les pertenezca y así construir, junto a otros, la mejor versión de la sociedad que merecemos.
Doctora en Educación por parte de la Universidad Autónoma de Madrid, Directora General de la Escuela Comunitaria Arlene Fern, profesora del área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella
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