Milei 2027: entre la promesa y el miedo
Mientras Javier Milei visita por vigésima vez los Estados Unidos desde que ocupa la primera magistratura del país, en lo que además es su quinto viaje a dicho país en lo que va del año, sus armadores y estrategas comienzan a delinear los contornos de un plan reeleccionista que comienza.
Si bien es cierto que faltan diez meses para la inscripción de las fórmulas y doce para la elección presidencial, y aún subsiste la incógnita en relación a si habrá o no PASO, el proceso electoral comienza a ganar intensidad.
El evidente adelantamiento del clima electoral es, a todas luces, una estrategia del propio oficialismo, que busca desplazar el foco discusión de una economía que no arranca hacia la política, capitalizando asimismo el vacío opositor.
Una apuesta, por cierto, no exenta de riesgos, tanto en el plano interno como en el externo. En el escenario local, porque adelanta también el posicionamiento de otros actores, como gobernadores y otros potenciales aliados, lo que podría condicionar la propia agenda legislativa del oficialismo cuando aún están pendientes varios proyectos de alto interés para el gobierno. En el plano externo, porque los mercados y actores del sistema financiero comienzan a mostrar cautela, en un escenario en donde la posible reaparición de la incertidumbre podría demorar decisiones de inversión o estimular la cobertura de posiciones, obturando aún más las posibilidades de un crecimiento económico robusto en 2027.
Todo ello, claro está, podría agravarse ante una mayor erosión de la imagen presidencial y de los niveles de aprobación del gobierno, frente a un muy probable deterioro del humor social ante los resultados de la economía en el bolsillo que coincidiría con la campaña electoral.
Lo cierto es que la construcción de la reelección 2027 es aún un modelo para armar. Sin embargo, en las últimas semanas tuvimos ya varios indicios de por dónde procurará avanzar el oficialismo en términos estratégicos.
Uno de los cambios más evidentes es, sin dudas el radical giro discursivo de Milei y su ministro Caputo con relación a los tiempos para la prometida prosperidad y crecimiento sin precedentes. Una temporalidad que ya pasó del “pedo de buzo” que describió Milei en 2024, a los “mejores dieciocho meses de la historia” que vaticinó Caputo en abril de este año, y que ahora posterga el camino hacia la “tierra prometida” para el 2028.
Una operación discursiva en absoluto menor para las aspiraciones reeleccionistas de Milei: si en el plan original los resultados económicos de este en términos de crecimiento, que habrían de profundizarse en 2027, habrían de allanar una reelección casi convertida en un “paseo por el parque”; en el escenario actual pasa a estar condicionado a la reelección del artífice de este propio modelo que no ha podido garantizar aún un crecimiento económico con impacto social amplio.
Aquí es donde entra, inevitablemente, el segundo componente de esta renovada estrategia discursiva: la vieja apelación al miedo, encarnado nuevamente por un kirchnerismo que se construye narrativamente con fronteras muy lábiles y difusas para incluir prácticamente a todo el pan-peronismo, con vistas a revitalizar una lógica polarizadora. Una polarización que, por ahora, no incluye la referencia a nombres propios sino a un espacio convenientemente difuso.
El propio Milei lo puso en palabras durante su reciente conferencia en la Cámara de Comercio en Estados Unidos, donde recibió el premio de “Campeón Global de la Libre Empresa”: “Puestos los argentinos frente a la realidad, yo no tengo ninguna duda que los argentinos van a elegir el camino del progreso, porque del otro lado está todo el pasado, están los que hundieron el país, están los que nos generaron la pobreza, los que generaron el desastre, que generaron la inflación. Nadie va a querer volver a eso”, aseveró Milei.
Una apuesta bastante previsible, aunque con resultados cuya efectividad está aún por verse. Sin dudas, resulta tentador recurrir a la confrontación con un peronismo en crisis y permanentes internas como estrategia para sostener las expectativas electorales del oficialismo de cara al 2027. Más aún cuando las suspicacias y desavenencias internas en el peronismo se amplifican ante el posible escenario de eliminación o suspensión de unas PASO que podrían ofrecer una alternativa para dirimir internamente las aspiraciones de diversos sectores.
Sin embargo, aún ante la manifiesta orfandad opositora y el evidente intento de desplazar el eje de debate hacia la arena de lo político-electoral, el desafío de la economía difícilmente quede subyugado por la discusión electoral. Las recientes estadísticas no ayudan, y muestran que la prometida inflación anual de sólo el 10% y el crecimiento de 5 puntos del PBI son promesas que quedaron muy lejos.
En el caso de la inflación, si bien el gobierno festejó el 1,9 intermensual de agosto, registra un 33,4% interanual y 23,6% acumulado en los primeros nueve meses del año. La otra cuestión que comienza a colarse en la discusión remite al empleo, que encadenó 14 meses de caída consecutivos. Si bien tanto el Presidente como su secretario de Trabajo ensayaron por estos días respuestas insólitas que apelan a un crecimiento de la informalidad que pasa a considerarse como positivo en tanto desnuda la intención de muchos argentinos de no querer trabajar en relación de dependencia, lo cierto es que resulta complejo no leer los datos a la luz del modelo económico vigente.
Los estudios de opinión pública parecen ratificar esta dificultad que tendrá el oficialismo para desplazar la discusión a la arena política y confrontar con el peronismo. El último relevamiento nacional de Aresco, por ejemplo, da cuentas de que las cuestiones vinculadas al trabajo y la actividad económica encabezan las preocupaciones de los argentinos, con el 40,8%, seguidos por la seguridad y, luego, sorprendentemente por la inflación, con el 16,4%. En este marco, otro estudio nacional de Giacobbe, muestra que el 54,7% afirma que la economía está empeorando y que lo está sufriendo, contra 22% que considera que mejora y ya percibe esa recuperación.
Así las cosas, ante una inflexibilidad del modelo económico que exorciza cualquier intento de apelar a alguna versión de un “plan platita”, con una narrativa anti-casta que ha perdido fuerza de la mano de sucesivos escándalos, vuelve a instalarse la vieja dicotomía entre cambio y continuidad de la mano del reencuadre libertario: la continuidad de un modelo que más temprano que tarde llevará a la prosperidad de los argentinos o un cambio que implicaría el retorno a un pasado de decadencia. Una elección que los libertarios esperan no se base tanto en la evaluación racional de los resultados concretos del modelo económico sino fundamentalmente en aspectos emocionales y en el vigor del anti-peronismo.