Tensiones y sueños que quedan pendientes
Hace un tiempo conversaba con un gerente sobre el desempeño de una colaboradora de su equipo. Habló de cierta falta de proactividad e iniciativa y de esa actitud que solemos resumir con la expresión “comerse la cancha”. Después de varios ejemplos, hizo una pausa y dijo: “En el fondo, es una mamá”.
La maternidad aparecía casi como el contraste natural de lo que él imaginaba que debía ser una ejecutiva. La frase me hizo ruido y se lo señalé. Curiosamente, a él también lo incomodó al escucharla en voz alta. Me dijo que esa expresión no reflejaba sus valores, entre ellos, una profunda valoración de la maternidad.
Quizás podemos intuir por qué le salió esa frase. En el imaginario de muchas organizaciones, una mamá aparece como alguien que tiene que tener el celular en sonido por si le pasa algo a su hija. Como alguien que dispone de menos tiempo para capacitarse o viajar. Como alguien que no siempre puede quedarse en la oficina hasta cualquier hora o que quizás no responda un mensaje un sábado tan rápido como otros. Como alguien, en definitiva, que tiene otras prioridades además del trabajo.
La otra cara de la moneda es que la maternidad enseña muchas otras cosas. Por ejemplo, a gestionar una crisis a las tres de la mañana. A sostener con ternura a alguien mientras estás agotada. A entender que dos personas pueden necesitar cosas completamente distintas al mismo tiempo. A distinguir mejor lo urgente de lo importante. A aceptar que no todo se puede controlar. A pedir ayuda. A pedir perdón. A descubrir que el “yo puedo con todo”, además de poco realista, pasa factura. A mirar mejor a las personas, porque lo que calma a un hijo no calma al otro; lo que motiva a uno puede paralizar al otro. A descubrir la singularidad de cada persona y lo que necesita para crecer.
La última Guía de Buenas Prácticas del Centro CONFyE identifica condiciones laborales que dificultan la integración entre familia y trabajo: jornadas extensas, rígidas o impredecibles; culturas basadas en la disponibilidad permanente; la idea del “trabajador ideal” como alguien sin responsabilidades de cuidado; la escasez de políticas que acompañen la vida familiar y la ausencia de líderes que la promuevan.
Quizás ahí haya una conversación que las organizaciones todavía tenemos pendiente.
Hay mucha preocupación por la baja de la natalidad. Parte del desafío es generar mejores condiciones económicas y sociales. Pero quizás también convenga revisar el relato que construimos alrededor de la maternidad. Porque difícilmente pueda convertirse en un proyecto de vida atractivo aquello que describimos casi exclusivamente en términos de interrupciones, pérdidas, restricciones y renuncias.
La Universidad Austral informó hace unos meses que los nacimientos en Argentina habían caído un 47% en la última década, según cifras del Ministerio de Salud de la Nación. Pero eso no significa necesariamente que los argentinos quieran tener menos hijos. Según un informe reciente del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), el 57% de las personas dice que tiene o tuvo menos hijos de los que hubiera querido (frente al 11% que tuvo más). Entre las mujeres pesan especialmente la dificultad para conciliar la crianza con el trabajo remunerado, la falta de tiempo y energía y la desigual distribución de las tareas de cuidado.
Detrás del 57% no hay solamente una discusión demográfica. Hay proyectos de vida. Hay mesas que alguien soñó más grandes. Hay decisiones tomadas porque la realidad fue estrechando demasiado las opciones.
Quizás este Día de la Madre podamos sumar una forma más de celebrar: buscar caminos que generen mejores condiciones para que las mujeres que sueñan, a la vez, con ser madres y tener una carrera profesional encuentren un contexto laboral que las valore. Una sociedad y unas empresas que promuevan y cuiden a las madres, no solo un día al año, sino cada día, también esos en que la maternidad está primero y el trabajo puede esperar.