La comedia del sinsentido
Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Su contrincante, el actual presidente Lula, está realizando un muy buen gobierno. Sin embargo, al menos por ahora, tal desempeño no resultó suficiente para renovar su mandato. Como ocurrió con Gustavo Petro en Colombia, algo inexplicable hace que los ciudadanos voten a quien les miente, los castiga y los empobrece. Vale preguntarse: ¿contra qué se está luchando? Sin descartar la concurrencia de otros factores, decimos que las actuales ultraderechas imperantes en Occidente exacerban los aspectos más oscuros del ser humano. Si la ley, cualquiera sea la dimensión y el ámbito de que se trate, supone una restricción al impulso, la ultraderecha se propone abolir la ley en tanto recurso simbólico que hace posible la convivencia. Toda la pregunta es cómo logran instalar la primacía de tamaño desquicio en la subjetividad de las personas. No hay afecto más operativo para tal propósito que el odio. Pasión que se inflama con suma facilidad, hace que las dudas desparezcan con enorme rapidez, brinda sentido a todos los rincones de la existencia y atenúa o más bien enmascara traumáticos interrogantes, a saber: ¿qué hago aquí?, ¿para qué estoy?, ¿qué debo hacer?, ¿quién soy? Preguntas que no tienen respuesta y que suelen gestar depresión, angustia, perplejidad, violencia. El fundamentalismo calma tales sufrimientos mediante la invención de un enemigo a exterminar. Incluso la verborrea evangelista pentecostal tilda de diabólico todo aquello que no cuaje con su dogma de salvación individual. Lo que quizás no está tan explicitado es el nervio íntimo que en un cuerpo vivo opera para enajenar su voluntad. Se llama “odio de sí”. Lacan lo menciona como resultado del sinsentido que acicatea la conciencia moral. A tal efecto se hace eco del arte de la antigua comedia latina y brinda como ejemplo Heautontimorumenos, de Terencio, cuyo título significa “Aquel que se castiga a sí mismo”. Hay razones para considerar que la estación última del resentimiento y del odio es la propia persona. Cuestiones estructurales otorgan solidez al argumento. Freud advirtió que el prójimo es el objeto a partir del cual el ser humano aprende a discernir y no contento con eso, destaca que el prójimo es “una noticia del cuerpo propio”. Nos habita una alteridad. Si el discurso del entorno imperante agita las pasiones más primarias, los mal llamados autorreproches (que nunca son auto) se expían por medio de culpar al otro. “Che, vos, boludo, no ves cómo te están cagando, mirá la casa (el empleo, el sueldo, la novia, el novio o lo que fuere) que le dieron a ese/a y la que te dieron a vos”. Con probabilidad no debe haber maniobra más efectiva para encender la mecha del odio de sí. El canalla que agita tales pasiones no necesita prometer maravillas al ciudadano tomado por esta ruinosa pasión. Todo lo contrario, le basta con rebajarlo, insultarlo o despreciarlo para que en el sujeto emerja la desquiciada tendencia de elegir lo que en definitiva terminará perjudicándolo. Para terminar: en lo que a la puntual elección brasileña se refiere, está claro la urgencia de poner todo el esfuerzo para revertir el reciente resultado. En lo que a la lucha contra la deshumanización respecta, es tiempo de tomar nota de los paradójicos aspectos que distinguen a la condición humana. Los rasgos cuasi payasescos de los personajes de la ultraderecha abonan el recurso de la comedia para explicar su dominio. Sin olvidar que, tal como dice Terencio en su obra: “Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno”.