La guerra: víctima de distorsiones
Hechos recientes y del siglo pasado muestran que en la guerra la memoria colectiva e individual puede ser víctima de la distorsión. No son ajenos a ello los conflictos entre Ucrania y Rusia y en Medio Oriente (Estados Unidos, Israel e Irán), pero me concentraré en el siglo pasado.
Estados Unidos manipuló y tiende a presentar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945) –más de 300.000 víctimas, con Japón ya vencido– como respuesta a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941, 2.400 víctimas). También omitió que la Unión Soviética cargó con el mayor peso del triunfo aliado en Europa y magnificó el desembarco en Normandía (1944), con la ayuda de Hollywood. En la Guerra Civil Española se culpó a Francia del bombardeo de Guernica (26 de abril de 1937, 1.700 víctimas civiles), obra de la Luftwaffe alemana. Malvinas tampoco escapó a la distorsión, la mentira y el embellecimiento por partidismo político e ideológico. Algunos ejemplos:
1. “Se rindieron las Fuerzas Armadas (…) Se rindió el Ejército”. En rigor, se rindió la Argentina. El Ejército combatió con menos del 10% de su capacidad operativa, material y armamentística, y se rindió tras 44 días de duros combates ante un enemigo sideralmente superior.
2. En 2012, en televisión, un escritor y exdiputado nacional dio por cierto que los soldados fueron con equipo de verano, y se mostró una camisa mimetizada. Filmaciones y fotos desmienten lo afirmado; además, ese uniforme recién se adoptó en el Ejército en 1996.
3. Se llamó a los conscriptos “pibes de la guerra”. Yo los llamaría “señores de la guerra”. Tenían 18 y 19 años; hoy aceptamos los 14 como edad de responsabilidad jurídica, y el enemigo tenía varios soldados de 17. Los hechos demostraron –con excepciones– que no les faltó valor y que estuvieron a la altura de los héroes de nuestro siglo XIX. San Martín tuvo su bautismo de fuego a los 13 años, en la defensa de Orán (España) contra los musulmanes; Lavalle entró en Granaderos a los 15 y combatió en Montevideo (1814) a los 17; Pereyra de Lucena enfrentó a los ingleses en 1806 a los 17; Olavarría peleó en Chacabuco (1817) con 16, y Manuel I. Suárez, con 18.
4. Se aseguró que algunos Sea Harrier y Harrier británicos fueron derribados con el Fusil Automático Liviano (FAL, 7,62 mm, 200 metros de alcance). Disparate total. Catorce fueron abatidos por la artillería antiaérea de la Agrupación 601 –misiles Roland (6 km) y cañones Oerlikon-Contraves (35 mm, 4 km)– y uno por un misil portátil Blowpipe (3 km) de la Compañía de Comandos 602.
5. Un historiador estadounidense aseguró que en la Segunda Guerra, en Europa y el Pacífico Central, entre el 75 y el 80% de los infantes de primera línea –por distintos motivos– no dispararon sus armas (coronel Albert Glass, “La psiquiatría en la zona de combate”, Military Review, octubre de 1953). En Malvinas, donde el FAL era el arma básica del infante, no hay antecedentes de eso. De los nueve regimientos desplegados, cuatro combatieron, dos parcialmente y tres no se emplearon.
6. Desde que empezó el fuego, ningún alto mando de las FF.AA. visitó a sus tropas. Ignoraban que en la guerra hay que ponerse al frente, como con los tallarines: no se puede empujar un tallarín, hay que tirar de él. Recuerdo que días después del desembarco en Normandía, Eisenhower, Marshall y otros dos altos mandos recorrieron la playa Omaha y, según el general Omar Bradley, “lo hicieron todos juntos en tres autos abiertos, y cualquier tirador oculto enemigo podría haber ganado la inmortalidad en calidad de héroe del Reich”.
7. Al terminar la guerra, los combatientes eran unos 14.000 (26% oficiales y suboficiales, 74% soldados), proporción acorde con los grandes conflictos del siglo XX. Días antes de entregar el mando del Ejército, en noviembre de 1999, supe con sorpresa que eran más de 22.000: la Armada había aumentado sus efectivos un 231% (10.321), el Ejército un 3% (10.306) y la Fuerza Aérea un 48% (1.478). Con ese falso incremento, los cuadros pasaron a ser el 48% y los soldados, el 52%.
8. Informé de inmediato la anomalía al ministro de Defensa, Jorge Domínguez, con copia a los presidentes de las comisiones de Defensa del Congreso. Nunca respondieron. Distintas fuentes vinculan la resolución ministerial a condicionantes políticos, ideológicos y económicos, y es notorio el silencio de las autoridades políticas y militares de este siglo, que marginaron el Informe Rattenbach (1983). El digno teniente general Benjamín Rattenbach, fallecido en 1984, presidió la comisión que analizó con mayor seriedad la responsabilidad de los mandos superiores en la guerra.
Lo expresado fue mucho más que un escándalo matemático: evidenció desconocimiento militar y, sobre todo, lesionó la entrega y el comportamiento de nuestros soldados conscriptos.
*Exjefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y exembajador en Colombia y en Costa Rica.