Impuesto escatológico
Sabíamos lo de las bolsas herméticas dentro de cajas impermeables enterradas en el jardín. También lo de los “canutos verdes” debajo del colchón para desgracia del ministro Caputo y capricho de los que solo blanquean con Ayudín. Hace tiempo se supo de un hombre que encontró dinero guardado dentro de la casetera de su abuela cuando la señora ya le había tocado la puerta a San Pedro. Hubo quien amarrocó “lechuga de cara grande” en Ziplocs en el freezer y sobran ejemplos de ocultadores de viyuya en libros huecos, cajones de doble fondo, tomacorrientes falsos o zócalos removibles. Pero jamás de los jamases, querido lector, supimos de lingotes guardados en el depósito de un inodoro, como acaba de ser descubierto en Caleta Olivia, Santa Cruz, en el contexto de una causa judicial.
Espere. No se arrebate. No son de Lázaro ni de Cris ni de Josecito López. No se trata de que sean inocentes –la Justicia ya dijo y seguirá diciendo al respecto-, sino porque lo de ellos jamás cabría en la mochila de un inodoro.
Hay que aclarar que el adminículo en cuestión estaba en desuso. No es un detalle menor. Fueron ingeniosos, pero no estúpidos.
La osadía generó rápida repercusión en redes. Un tuitero calificó el episodio como “el sueño del plomero”. Otro posteó sobre el equipo de inspectores de elite (por el rango, no por la marca del papel higiénico) que estaría creando ARCA para obligar a pagar un nuevo impuesto a los compradores de flotantes de baños. También se armaron nuevas opciones de inversión como el Plazo Fijo Doro, Cuentas Remuneradas Popis, Fondos Comunes de Evacuación o Capitales Market Puf.
En la propia Santa Cruz, donde un fiscal se valió de retroexcavadoras y de maquinaria pesada allá por 2016 para buscar bajo tierra dinero oculto de la corrupción política -y no encontró nada porque fueron mucho más rápidos que él-, ya están preparando el nuevo Manual del inversor creativo argentino, que vendría a reemplazar al viejo Tratado de conversión de bóvedas en bodegas y al gastado Vademecum del choreo a gran escala.
Gran ingenio el del por ahora ignoto “ahorrista” de Caleta Olivia. Qué chiquitez la nuestra, tanto por el monto a guardar como por la forma de protegerlo. No se nos ocurre más que seguir oteando el camino en busca de algún billete sin dueño, evitando poner la cartera en el piso porque ahuyenta la plata -aún más-, tirando sal por arriba del hombro izquierdo para alejar la malaria o saliendo a comprar un lingote –pero de chocolate- en el kiosco. Y sin azúcar. No vaya a ser que nos dé un pico de glucosa.
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