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clarin.com · hace 12 horas · Clarin.com - Home

Vayamos al cine pero sin el ruidoso balde de pochocIo

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Fijado: Estoy por cumplir 54 años y mi hijo Aquiles tiene ocho. Plateado en pelo y barba, soy, como se dice, un papi silver. Orgulloso papi silver.

La pantalla grande, la sala a oscuras, las reacciones de los compañeros de butacas, estar concentrados durante una hora o más en una misma historia. Sin poner stop con el control remoto. Sin ir a buscar nada a la heladera.

La primera vez que fui al cine con Aqui fue durante las vacaciones de invierno de 2022, cuando él estaba por cumplir cuatro años. Era un ciclo gratis en la Fundación Proa, en La Boca. Tomamos el 152 en Santa Fe y Laprida y al ratito ya estábamos bien ubicados para disfrutar de Cars, una película sobre lo que era uno de los juguetes preferidos de Aqui: Rayo Mc Queen, un auto de carreras, rojo y amarillo, con el número 95 pintado en las puertas.

La sala desbordaba. Había madres con chicos a upa, padres sentados en las escaleras...

Aqui era chiquito y al principio le daba miedo el volumen de la pantalla, que estaba muy alto. Para colmo el motor del Rayo rugía como si fuera la última vez que iba a correr una carrera. Con el paso de las escenas, mi hijo se fue acostumbrando y lo pudo disfrutar.

Al poco tiempo fuimos a ver Elio, de Disney, en Cinépolis de Recoleta. Se trataba de un chico que se convierte en el embajador intergaláctico del planeta Tierra. Los tickets no los sacamos en boletería sino que nos los entregó una máquina.

Antes de que empezara la película, Aqui me pidió nachos con cheddar en el patio de comidas. Hacía menos de un hora que habíamos almorzado, pero igual se lo concedí. Eso sí, después me negué a entrar con un balde de pochoclo a la sala. Me pareció demasiado: demasiada cantidad de comestible, demasiado ruido al masticar...

Luego fuimos al Cinemark de Palermo, volvimos a pedirle los tickets a la máquina, y vimos la última de Mario Bros. Es un ritual que me da felicidad, me hace recordar cuando yo iba con mi mamá y mis hermanos a los cines de la calle Lavalle y veíamos Bambi o ET, el extraterrestre, de Steven Spielberg.

“ET, phone, home”, decía el tierno alienígena, y lo seguimos repitiendo todavía hoy.

Con cena en Pumper Nic, el cine era la segunda gran salida (la primera era ir a la Doble Visera). Y en vacaciones de verano, el autocine.

Una vez, en Villa Gesell, fuimos con mi familia al autocine a ver la película ¿Y dónde está el piloto? Sería enero del 82. En el afiche de promoción de esta comedia se veía un avión hecho un nudo. Entramos con el Renault 12 blanco. Mi papá bajó la ventanilla del lado del volante y colocó el parlante por donde se escuchaba el sonido de la película. En el asiento de atrás, mis cuatro hermanos y yo cogoteábamos para ver mejor la pantalla a través del vidrio delantero del auto. Al rato, Pancho y Paz, mis hermanos menores, se quedaron dormidos.

Mi papá era fan de Woody Allen, Ettore Scola y Almodóvar. Y también disfrutaba del cine nacional: La historia oficial, Made in Lanús... Los sábados a la mañana iba a alguno de los cines de Belgrano y se aseguraba dos entradas para ir a la noche con mi mamá. La ubicación la elegía en un tablero en el que cada butaca era un agujerito donde se enrollaban las entradas. Más analógico, imposible.

Mi papá siempre contaba que cuando él era chico, en los años 50, iba al cine los sábados a la tarde y veía tres películas seguidas generalmente de cowboys. De ahí le quedó el hábito, me lo transmitió, yo se lo transmití a mi hermano menor (lo llevé a ver Héroes en 1986), y ahora se lo transmito a mi hijo, que ya ha ido varias veces al cine con sus amigos del colegio acompañados con sus mamis. Los chicos vieron Hoopers y Toy Story 5.

Aunque también disfrutamos del videoclub y el streaming, el cine resiste de generación en generación. Fui al cine con mis padres, con mis hermanos, con mis novias, con mi mujer, con mis amigos, solo y, queda dicho, con Aqui.

La última película que vimos juntos fue El Partido, en el Cinemark Palermo, un filme basado en el gran libro de Andrés Burgo que cuenta la historia del 2-1 de Argentina frente a Inglaterra en el Mundial de México. Me emocioné varias veces. Lloré. Me tapé la cara para que Aqui no me viera. Volví a llorar. Me impactó la ternura con la que Ruggeri, Burruchaga y Giusti juegan al metegol con los ingleses Shilton, Lineker y Barnes. Ya canosos o con poco pelo, se miden sin rencores por Malvinas ni por el gol de Diego con la mano. Se divierten a pura camaradería. Me gustó que mi hijo viviera esta etapa: la del perdón y el reencuentro.

Federico Ladrón de Guevara

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