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clarin.com · hace 12 horas · Clarin.com - Home

El secuestro de la protesta

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Los enmascarados arrebataban cámaras. Las piedras lapidaban con puntería adiestrada. Llovía agua y llovían proyectiles, y el reclamo que aglutinaba en principio a los manifestantes quedó conjurado, desplazado, sepultado bajo el estrépito de la violencia.

Una vez. Y otra vez. Y otra vez más en la Argentina que regresa a sus violencias foquistas como quien vuelve a una casa que juró abandonar.

Fue la quinta Marcha Federal Universitaria. Las banderas convocantes eran múltiples. Las de la defensa de la universidad pública se mezclaron con las de la CGT, con el estandarte ahora nacional-futbolero de Las Malvinas son argentinas, con las siglas acrósticas de la izquierda, con Grabois y la mar en coche.

La ciudad volvió sobre su historia. Las calles de otrora, pobladas nuevamente por las romerías y sus estandartes.

Bajo la lluvia, los peregrinos embanderados se afiebraban debajo de un enorme paraguas invisible que los cubría a todos: la oposición. Era la oposición conjugada en todos sus tiempos y variantes a lo largo de la avenida de Mayo hasta el Congreso. Era la dirigencia universitaria a viva voz, apurando las palabras antes de que llegaran las piedras para eclipsarlas.

Pero adentro del recinto la realidad fue otra. La oposición no consiguió el quórum para rechazar el DNU 70/23, el núcleo de las desregulaciones que postula Milei y que embandera uno de sus dilectos lugartenientes; el “coloso” Federico Sturzenegger.

Bastaron unas pocas ausencias calculadas, las de los diputados que responden a gobernadores dialoguistas.

Lo que es atronador en la calle no se traslada necesariamente al recinto. La acústica de la política tiene sus leyes. El grito se disipa a cielo abierto y el silencio de una banca vacía resuena como un trueno.

Afuera, la multitud. Adentro, la aritmética. Y la aritmética, en la Argentina de estos días, la escriben los gobernadores.

Y entonces, poco antes de las cuatro de la tarde, empezó la otra marcha. La que nadie convoca y todos conocen.

Rivadavia y Callao. Rostros cubiertos. Mochilas cargadas de piedras. Vallas embestidas. Las fuerzas federales respondieron con gases, balas de goma y el camión hidrante. Hubo decenas de detenidos. La lluvia y el humo terminaron de borrar el escenario.

Los anarcos de la violencia son la prueba contundente de un enigma que no se resuelve.

Llegan al final, cuando la multitud ya enunció su mensaje, y se quedan con la última palabra, que no es palabra sino piedra.

La columna pacífica que avanza, el grupo compacto que se desprende, la vidriera rota, la foto que recorre el mundo y reemplaza a todas las demás.

Una minoría ínfima se apropia de la imagen de una mayoría inmensa. Es el viejo truco de la sinécdoque perversa: la parte devora al todo.

La marcha se desplegó en Buenos Aires y en otras diez provincias, y no era un bloque homogéneo.

El conflicto con las universidades es amplio, es profundo y es innegable desde que el Gobierno se niega a cumplir con el mandato jurídico del financiamiento.

Son los que se treparon a la protesta con demandas múltiples y usan la causa ajena como trampolín.

Y están los que no reclaman nada. Los que sólo necesitan una multitud para emboscarse adentro.

La cobertura periodística quedó otra vez entre dos fuegos. De un lado, la iracundia de fanáticos cuya vocación de caminantes por una causa se transmutó en adicción a la agresión.

Un encapuchado golpeó en la cara al camarógrafo Charly Sjödin, de C5N, y lo dejó sangrando. A la cronista Carla Ricciotti, de LN+, le arrojaron objetos en plena transmisión, y tuvieron que resguardarla dirigentes de izquierda y sociales. Del otro lado de las vallas, el fotógrafo Guido Piotrkowski, de Página/12, denunció que un efectivo de la Policía Federal le disparó una bala de goma en el pecho. Laura Quispe, referente del medio indígena TeleSISA, recibió al menos siete impactos de balas de goma y debió ser atendida en el Hospital Ramos Mejía, según registró FOPEA que dio cuenta detallada de los hechos.

Se puede pensar lo que se quiera pensar de Lilia Lemoine y de su paso por la marcha. Pero el anillo de gritonas y vociferantes que la rodeó es una foto cruda de un clima fanático, desencajado.

Al día siguiente cada bando eligió su noticia deseada. Para el Gobierno, la marcha entera quedó reducida a los agitadores violentos de siempre, y el reclamo universitario a una maniobra opositora. Para buena parte de la oposición, las piedras fueron obra exclusiva de infiltrados, y la jornada, sólo una represión. Cada uno vio lo que necesitaba ver. Los hechos, mientras tanto, siguen ahí, tercos, esperando que alguien los diseccione completos.

Hay una anatomía patente del furioso indignado, dispersor de un odio a corazón batiente. Necesita un enemigo más que una causa.

La universidad, que había salido a la calle en nombre del pensamiento, quedó otra vez a la sombra de los que no piensan. Sólo arrojan.

Miguel Wiñazki

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