Nelson, el de la varita mágica
Hay gente que hace una sola cosa bien. Y eso ya es mucho en un mundo donde tantas veces apenas cumplimos. Por eso, a veces me emociona ver a Miguel, el verdulero de mi barrio, cuando levanta una palta del cajón, la gira entre los dedos y elige la que está justo a punto para mí. Parece poca cosa. Pero hay dedicación, conocimiento y pasión en ese gesto.
Después están los otros. Los que no se conforman con una sola pasión. Los que un día sorprenden con otra vida que también les pertenece.
Esta semana, en el Teatro Coliseo, me pasó algo de eso. Lo vi a Nelson Castro tomar la batuta frente a una orquesta de jóvenes músicos, en la gala solidaria de la Fundación SOIJAr. Y mientras lo veía dirigir, pensaba en el extraño privilegio de estar frente a alguien capaz de desplegar mundos tan distintos. Como si esa batuta tuviera algo de varita mágica.
Nelson es periodista. De los que se meten en las guerras. También es médico neurólogo, pianista y director de orquesta. Son profesiones que requieren tiempo, estudio, disciplina y curiosidad. Una vida no parece alcanzar para todo eso. Y, sin embargo, ahí estaba él, frente a los músicos, concentrado en la partitura y en cada movimiento de sus manos.
Lo más lindo era verlo dar pequeños saltitos en el escenario ante cada acorde bien ejecutado. Había algo de chico feliz en esos movimientos. Y me acordé de mi papá, que cuando escribía una buena frase en su libro, se emocionaba tanto que hasta se le salía una pantufla. Como si el cuerpo no le alcanzara para contener la alegría de haber encontrado las palabras justas.
Hay algo profundamente placentero en ver a alguien hacer lo que ama. Y algo todavía más conmovedor cuando se abre a otros mundos para seguir aprendiendo. Porque cada actividad tiene su lenguaje, sus secretos y su cuota de humildad.
Claro que no hace falta dirigir una orquesta después de cubrir una guerra, ni recibirse de médico además de ser periodista para merecer admiración. También está Miguel, que elige una palta como si en ese pequeño gesto se jugara todo su prestigio. O el protagonista de “Días perfectos”, la película de Wim Wenders, que encuentra una forma de felicidad en su trabajo cotidiano de limpiar baños públicos en Tokio. No se trata de hacer muchas cosas, sino de encontrar en alguna de ellas un motivo para levantarse cada día con ganas. Lo extraordinario es que alguien pueda contagiar ese entusiasmo.
En el Teatro Coliseo, las manos no alcanzaban para aplaudir. Quizá porque no estábamos aplaudiendo solamente a un director de orquesta y a esos chicos maravillosos. También celebrábamos esa obstinación tan humana de seguir una vocación, de no darla por perdida, de hacerle lugar a otra.
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